La cuarta alternativa es fortalecer la solidaridad democrática. Para Sandel, la meritocracia erosiona la cohesión social porque divide a la sociedad en triunfadores que se sienten superiores y en perdedores que se sienten despreciados. La alternativa es reconstruir un sentido de comunidad basado en la interdependencia, en la conciencia de que todos dependemos de todos y de que el bien común no es la suma de éxitos individuales, sino un proyecto compartido. Esto implica políticas públicas que reduzcan desigualdades, pero también un cambio cultural que valore la cooperación por encima de la competencia permanente.
La quinta alternativa es recuperar una noción de bien común que no se reduzca al crecimiento económico ni a la movilidad individual. Sandel sostiene que una sociedad justa no es aquella donde algunos pueden ascender, sino aquella donde nadie cae por debajo de un umbral de dignidad. El objetivo no es que todos compitan por los mismos puestos de prestigio, sino que todos puedan vivir con respeto, seguridad y reconocimiento. En conjunto, estas alternativas buscan reemplazar la tiranía del mérito por una ética de la humildad, la gratitud y la solidaridad. Sandel no propone un sistema que premie la mediocridad, sino uno que reconozca que el valor de una persona no depende de su posición en la jerarquía económica o educativa. Su propuesta es, en el fondo, una invitación a reconstruir una sociedad donde el éxito no autorice la soberbia y donde el fracaso no implique humillación, una sociedad donde la dignidad no sea un privilegio, sino un punto de partida compartido.
La crítica de Sandel a la meritocracia se enlaza de manera directa con los debates actuales sobre educación, trabajo y justicia social porque ilumina tensiones que hoy están en el centro de las discusiones públicas. En educación, su análisis cuestiona la idea de que la escuela y la universidad sean mecanismos neutrales de movilidad social. En un contexto donde el acceso a instituciones prestigiosas se ha convertido en un filtro que determina el futuro laboral y social, la meritocracia educativa funciona como una competencia feroz que favorece a quienes ya parten con ventajas: familias con recursos, entornos culturales estimulantes, redes de apoyo, tiempo libre para estudiar, acceso a tutorías y a actividades extracurriculares que adornan los currículos. Esto hace que el discurso de “si te esfuerzas, llegarás” resulte engañoso, porque oculta las desigualdades estructurales que condicionan el rendimiento académico.
El debate actual sobre la necesidad de democratizar el acceso, reducir la presión de los exámenes, valorar distintos tipos de inteligencia y dignificar la formación profesional encaja plenamente con la crítica de Sandel, que pide dejar de convertir la educación en una carrera moral donde unos son declarados “ganadores” y otros “perdedores”.
En el ámbito del trabajo, la reflexión de Sandel se cruza con la discusión contemporánea sobre la dignidad laboral, la precariedad y el reconocimiento. La pandemia, por ejemplo, puso en evidencia que muchos de los trabajos peor pagados —cuidadores, repartidores, personal de limpieza, trabajadores de supermercados— son esenciales para el funcionamiento de la sociedad. Sin embargo, la lógica meritocrática los ha tratado como empleos de “bajo valor”, como si quienes los desempeñan hubieran fallado en la carrera del mérito.
Sandel sostiene que esta jerarquía moral del trabajo es injusta y corrosiva, y que una sociedad sana debe valorar el aporte de todos, no solo de quienes ocupan puestos de prestigio o tienen títulos universitarios. Esto se relaciona con debates actuales sobre salarios dignos, derechos laborales, redistribución del reconocimiento social y la necesidad de reconstruir un contrato social que no humille a quienes realizan trabajos indispensables.
En cuanto a la justicia social, la crítica de Sandel se vuelve especialmente relevante porque cuestiona la idea de que la igualdad de oportunidades sea suficiente para construir una sociedad justa. En muchos debates contemporáneos, la justicia se reduce a garantizar que todos puedan competir en igualdad de condiciones, pero Sandel señala que incluso si esa igualdad fuera real —y no lo es— seguiría siendo problemático que el valor de una persona dependiera de su posición en la jerarquía del éxito.
La justicia social, desde su perspectiva, no puede limitarse a abrir puertas; debe asegurar que nadie quede relegado a una vida sin reconocimiento, sin estabilidad y sin dignidad. Esto conecta con discusiones actuales sobre redistribución, políticas fiscales, acceso a vivienda, salud pública, renta básica, desigualdad territorial y el papel del Estado en garantizar condiciones de vida que no dependan exclusivamente del mérito individual.
En conjunto, la crítica de Sandel se ha vuelto un punto de referencia en debates contemporáneos porque pone en cuestión la narrativa dominante que ha guiado las políticas educativas, laborales y sociales durante décadas. Su propuesta invita a repensar qué entendemos por éxito, qué valoramos como sociedad y cómo construimos instituciones que no reproduzcan la arrogancia de los ganadores ni la humillación de los perdedores. Frente a un mundo marcado por la polarización, la frustración y el resentimiento, su reflexión abre la posibilidad de un modelo más humano, donde la dignidad no sea un premio, sino un punto de partida compartido. @mundiario