La producción de cocaína aumentó 500% en los últimos diez años en América Latina, donde ahora supone 20% del consumo a nivel global, de acuerdo con estimaciones del Ministerio de Seguridad Nacional de Argentina y la ONU. Estos datos acaban con el mito de que Latinoamérica es sólo una víctima del degenerado mercado internacional —Europa y Estados Unidos componen 24% y 26% de la demanda— y se resumen en la situación de Durán, que pasó de ser un tranquilo y desapercibido poblado ecuatoriano a cargar con la infamia de una tasa de homicidios que empieza a recordar a la de Medellín durante la época de Pablo Escobar. En efecto, la reacción en Ecuador se manifestó con la reelección del candidato populista de derecha en los comicios del pasado abril, luego del magnicidio de Fernando Villavicencio en 2023. Este es un patrón que vemos repetirse en diversos países de la región en los que la derecha ha retomado el poder de los congresos, provincias y gobiernos centrales, preparando lo que se ha calificado como el “retorno de la derecha en AL”.
El año pasado, Bolivia terminó con 20 años de gobierno izquierdista con la victoria del centroderechista Rodrigo Paz; José Antonio Kast y su coalición desplazaron al progresismo de Gabriel Boric y Jeanette Lara en Chile y, tras el apoyo público de Donald Trump, la derecha ganó en Honduras y logró adueñarse del congreso argentino contra todo pronóstico. Además de la violencia, el otro factor determinante de estos cambios es económico y corresponde al creciente endeudamiento público, déficits fiscales e inflación rampante, fenómenos relacionados no solo con presiones internacionales, sino también con la percepción de corrupción e ineficiencia de los gobiernos. Este doble efecto ha provocado el fenómeno Bukele, el político más popular entre los ciudadanos del continente (solo Trump tiene más seguidores en TikTok), quien no solamente ejerce la fuerza impúdica del Estado contra el crimen, sino que también promueve los derechos de los animales y lucha contra los dinosaurios de la política en un videojuego creado como homenaje a su administración. A pesar del escándalo, el mandatario salvadorense proyecta una imagen que conecta con los más jóvenes, un relevo generacional que empuja programas similares en África y Asia, mientras que políticos como Maduro y Correa ocupan los últimos puestos de popularidad en nuestro continente.
Pero hay un aspecto que no se toma en cuenta al hablar de este supuesto regreso de la derecha, y es el desdibujamiento de lo que significa ser de una y otra ideología. Durante la pandemia por Covid, fue el gobierno de Bolsonaro el que destinó mayores recursos a los programas de transferencias y apoyos sociales, así como el libertario de Milei duplicó los subsidios a la canasta básica. En México, nuestro gobierno reevalúa el fracking como una alternativa para terminar con la dependencia energética, mientras que la presencia del Ejército crece y se diversifica ocupando posiciones que van desde la policial hasta la industrial. Cuando los subsidios y las transferencias, comúnmente asociadas con el progresismo, y el militarismo y la flexibilidad ecológica, acumen del conservadurismo, se vuelven indiferentes a la ideología, ¿qué es entonces lo que distingue a ambas plataformas? La ¨teoría de la herradura¨ establece una correspondencia entre los extremos del espectro, algo que podemos confirmar hoy en todo el mundo. Es en este contexto que surgen actores privilegiados, habilitados para proponer una orientación que pueda dar sentido al compromiso que tiene a los partidos tradicionales confundidos. Analizaremos quiénes son la próxima semana.