Lejos de la imagen ruda y confrontativa que proyecta sobre el escenario como Amandititita, Amanda Lalena Escalante se mostró como una mujer cercana, reflexiva y profundamente espiritual durante su reciente visita a Mérida, donde presentó su libro “Un día contaré esta historia” en la Feria Internacional de la Lectura Yucatán (Filey).
Cuando el público la observa interpretar sus canciones, es común asociarla con una personalidad fuerte; sin embargo, en el encuentro con lectores la autora dejó ver una faceta distinta: la de una mujer humilde, comprensiva y en constante búsqueda espiritual.
Arriba y a la derecha, la escritora y cantante Amanda Lalena Escalante durante la entrevista que otorgó al Diario
Amanda Lalena Escalante en su presentación en la Filey, flanqueada por Libdem Ojeda y Andrés Ramírez, el domingo 15
Previamente a su presentación, la escritora concedió una entrevista a Diario de Yucatán en la que profundizó sobre el proceso detrás de su obra, así como el papel fundamental que ha tenido la fe en su construcción personal y creativa.
Con una voz serena, honesta y profundamente humana, la escritora y cantante abrió su intimidad en una conversación en la que reflexionó sobre el libro en que recorre su vida, atravesado por la memoria, el dolor, el aprendizaje y, sobre todo, el perdón.
La autora explicó que escribir su historia desde la distancia del tiempo le permitió mirar su pasado con otros ojos. “Pues siento que me dio la oportunidad de ser compasiva con los adultos de mi infancia, conmigo misma”, expresó, al tiempo que reconoció que la edad le ha dado herramientas para comprender mejor las circunstancias que marcaron su vida.
En ese proceso, la empatía se convirtió en un eje fundamental. “Cuando eres joven puedes ser muy sentencioso con los adultos o con la vida”, dijo.
Desde esa mirada, su relato no se construye desde el juicio, sino desde la comprensión. “Eso es lo que siento, sobre todo compasión por mi pasado, por mis errores, por los errores de mis padres, por los errores en general de la humanidad”, compartió.
Sanar con la escritura
Al abordar el carácter sanador del libro, la autora hizo una distinción importante entre escribir y publicar. “Yo siempre digo que la sanación debe de ocurrir antes de la escritura”, afirmó, subrayando que, aunque escribir puede ser un acto catártico, la publicación requiere un proceso previo de reflexión profunda.
En ese sentido, advirtió sobre la vulnerabilidad que implica compartir una historia personal. “En el momento que tú públicas, tu historia ya no es tuya”, explicó, al señalar que el relato queda expuesto a interpretaciones diversas, incluso a la incomprensión.
Por ello, reconoció que decidió publicar el libro únicamente cuando se sintió preparada. “Yo ya me sentía bien como para compartir esta historia… una opinión no me va a tumbar el progreso”, aseguró. Uno de los retos más importantes al escribir fue encontrar el equilibrio entre la verdad personal y el respeto hacia quienes forman parte de su historia. Ante ello, “la compasión”, respondió al ser cuestionada sobre cómo logró ese balance.
La autora enfatizó que su intención nunca fue construir un relato desde el rencor. “Yo no quería que esto fuera un libro de venganza”, dijo, explicando que incluso editó pasajes que pudieran lastimar a otras personas.
Esa decisión estuvo guiada por una idea central: el perdón. “Si tuviera que definir mi libro con una palabra sería el perdón”, afirmó, y añadió que este debía reflejarse no solo en el mensaje, sino en la forma de narrar.
“En el libro lo digo: no todo está dicho, pero está dicho lo suficiente”, puntualizó, dejando ver que la omisión también puede ser un acto de cuidado.
En la conversación también surgió la figura de su padre, Rockdrigo González, cuya ausencia marcó profundamente su vida. Relató que su muerte, cuando ella tenía apenas seis años, la llevó a enfrentarse desde muy pequeña a reflexiones complejas sobre la vida y muerte.
“Ha sido entender que la muerte, el amor, la vida, fueron lecciones muy difíciles”, comentó, al explicar que estas experiencias suelen llegar en la adultez, pero en su caso se presentaron desde la infancia.
Asimismo, compartió la dualidad entre la figura pública de su padre y su experiencia personal. “Para la gente era un artista más, pero para mí era mi papá”.
Con el paso del tiempo, su relación con él ha evolucionado de una forma particular. “Entre más tiempo pasa, yo quiero más a mi papá”, reveló, destacando que los vínculos afectivos pueden seguir construyéndose incluso después de la muerte.
En cuanto a su proceso creativo, la autora explicó las diferencias entre su faceta musical y su trabajo literario. “En la música, para empezar, casi todo es ficción”, señaló, al describir a Amandititita como un personaje construido.
“Amandititita es un personaje 100% de ficción… de todas mis personalidades es la que menos me gusta”, confesó, dejando ver la distancia entre su identidad artística y su yo personal.
En contraste, la escritura le ha permitido mostrarse con mayor profundidad. “En la escritura tienes la oportunidad de ser tú mismo y de contar todo”, declaró.
Al mirar hacia su pasado, reconoció tanto sus errores como sus aciertos. “Me veo a mí misma como una persona muy equivocada”, aunque también destacó su fidelidad hacia las personas y hacia su vocación.
“Siempre tuve un objetivo muy claro”, añadió, al recordar su deseo de convertirse en escritora y construir una vida en calma.
Ese anhelo, aseguró, se ha cumplido en gran medida. “Aspiraba a una vida pacífica… creo que lo he conseguido porque siempre elijo la paz.
Sin embargo, al ser cuestionada sobre si se siente plena, su respuesta fue matizada. “Creo que yo solo me he sentido plena cuando estoy muy cerca de Dios”, indicó con honestidad.
Su espiritualidad
Para ella, la plenitud no está ligada únicamente al éxito profesional o personal, sino a una dimensión espiritual. “La plenitud para mí sí tiene que ver mucho con una espiritualidad muy trabajada”, manifestó. En ese sentido, reconoció que el ritmo de trabajo puede alejarla de esos espacios de introspección.
“Cuando tengo mucho trabajo, me cuesta mucho encontrar estos espacios para mí”, comentó.
Aun así, tiene claro que su equilibrio depende de esa conexión. “Soy plena en medida que tengo tiempo para estar sola y orar”.
La espiritualidad ha sido una guía en la construcción de su libro. “100%”, respondió al ser cuestionada sobre si buscó dirección divina para escribir.
La autora relató experiencias difíciles de su vida que fortalecieron su fe. “A mí me salvó Dios de unas cosas que era casi imposible que una niña sobreviviera”.
Asimismo, recordó que hubo un período en el que se alejó de su fe, el cual describió como uno de los más difíciles. “Fue el peor momento de mi vida, una soledad, una confusión”, confesó.
En su camino espiritual ha encontrado apoyo en lecturas como “Un curso de milagros”, texto que ha estudiado durante años e influyó en su manera de comprender el amor, la espiritualidad.
Finalmente, señaló que concibió su libro como una entrega. “Yo se lo entregué (a Dios); esta historia me pasó para que la contara”, aseguró, mostrando una visión trascendente de su obra.
Al cerrar la conversación, envió un mensaje directo a quienes atraviesan momentos difíciles. “Todo lo que nos han dicho que es la felicidad, no lo es”, cuestionando las ideas tradicionales sobre el bienestar.
Para la autora, la clave está en la búsqueda espiritual. “Lo único que te va a salvar… es Dios”, sostuvo, invitando a buscarlo de manera constante. También destacó la importancia de la lectura como herramienta de libertad. “En la literatura está la libertad”, manifestó, al explicar que los libros permiten construir pensamientos propios, lejos de las imposiciones externas.
En sus palabras finales, su mensaje fue claro y contundente: “Busca a Dios, búscalo insaciablemente”, una invitación que resume la esencia de su experiencia.
La conversación deja ver que, más allá de una narración autobiográfica, su obra es un ejercicio de reconciliación interna, en el cual el perdón, la compasión y la fe se entrelazan como pilares fundamentales. La autora no solo reconstruye su historia, sino que la resignifica desde una mirada más consciente y serena.
Así, su testimonio se presenta como un puente entre el dolor y la esperanza, en que la espiritualidad ocupa un lugar central. En su visión, la plenitud no es un estado permanente, sino un camino que se construye día a día, en la medida en que se cultiva la relación con Dios, se practica la introspección y se elige, una y otra vez, la paz interior.— Alejandra Cruz