
Las experiencias vividas a lo largo de mi existencia me han dado una perspectiva muy amplia. Estudié en una universidad donde convivían estudiantes de todo el mundo —más de 100 países—, lo que me abrió la mente a realidades que ningún libro de texto podría haber enseñado. En particular tuve amigos de Irán, Turquía, de Egipto, Marruecos, África y otros, así como varios judíos.
Escuchar de primera mano las historias de quienes venían de países bajo regímenes autoritarios, de quienes habían huido de guerras o de la pobreza extrema provocada por políticas externas, me enseñó algo que no se aprende en los salones de clase: que el mundo no se divide en buenos y malos, sino en poderosos y despojados, y que el idioma del poder es siempre el mismo sin importar la bandera que lo cubra.