HUB
Publicidad Responsiva - Banner Superior
Radar Inteligente
AM 19 Mar, 2026 06:02

El barrio de la muerte

Columna de Héctor de Mauleón

La temible calle de Tenochtitlan, en esa zona difusa donde se funden Peralvillo y Tepito. Aquí se libra desde hace años una guerra a muerte por el control territorial del narcomenudeo. En el sótano de un edificio ubicado en esta calle ejecutaron en noviembre pasado a “La Plástico”, operadora de la venta de droga para uno de los grupos de la Unión Tepito.

Un mes antes, frente al número 14 de Tenochtitlan fueron acribillados Joshua y Edi Marco, dos jóvenes de 20 y 22 años, por un sujeto que portaba un chaleco de la alcaldía Cuauhtémoc y que huyó en motocicleta por Jesús Carranza hacia el norte.
Ahí mismo, en la esquina con el Eje 1 Norte, fueron rafagueados otros dos en los últimos días del año pasado.

Un hombre con la cabeza cubierta con una capucha preguntó en un edificio de Tenochtitlan y Granaditas dónde vivía una joven llamada Cassandra. Le señalaron un departamento. Regresó al poco tiempo acompañado por un motociclista y vació la carga de una .9 mm. sobre Cassandra y su hermana Suzuki. Once personas fueron detenidas en Tenochtitlan en diciembre de 2024 con cápsulas de cocaína, vitroleros con marihuana y básculas grameras. Uno de estas contaba con seis ingresos al sistema penitenciario.

Asesinatos de “dealers”, santeros, líderes de comerciantes, mujeres y adolescentes. Balaceras que cobran la vida de gente que nomás iba pasando. Hallazgo de restos óseos en una vecindad de la calle. En 2019, en la esquina de Tenochtitlan y Rivero, cinco personas caen bajo las balas disparadas por dos hombres.

Todas estas muertes ocurrieron en las inmediaciones de la antigua parroquia de la Concepción Tequipeuhcan, en donde una vieja placa indica que en ese sitio fue apresado, el 13 de agosto de 1521, el último tlatoani de los mexicas: Cuauhtémoc.

Esa tarde, el conquistador García Olguín divisó una canoa que intentaba alejarse de Tlatelolco. Por su toldo y sus insignias supo que en esa canoa intentaba escapar Cuauhtémoc, cuando ya todo estaba perdido.

A pocos metros de la parroquia, en la esquina de Constancia y Santa Lucía, donde hoy se encuentra el taller de cigüeñales “El Pareja”, hay una placa que fue colocada en los días en que José Vasconcelos era el flamante secretario de Educación de Álvaro Obregón. Más o menos en esa esquina, según las crónicas, debió estar la casa donde Hernán Cortés, en una azotea y bajo un doselete de varios colores observaba el asalto final contra Tlatelolco.
Hasta ese sitio García Olguín y Gonzalo de Sandoval le llevaron a Cuauhtémoc. Se lee en la placa, fechada en agosto de 1921 y grabada con la hermosa tipografía de entonces: “Consagró Cuauhtémoc este lugar diciendo a Hernán Cortés: Quítame la vida con tu puñal pues no pude perderla al defender mi reino”.

Es por eso que la parroquia de la Concepción lleva el nombre náhuatl de Tequipeuhcan, que significa “lugar donde comenzó la esclavitud”.

Impresiona que sea precisamente en este sitio, “donde comenzó la esclavitud”, donde la muerte y la violencia se estén ensañando ahora en la ciudad.

La avenida que hoy llamamos Peralvillo era la calle que unía Tenochtitlan con el reino de Tlatelolco. Se hallaba en el extremo norte de la isla donde se fundó el imperio mexica.
Durante los tres siglos de la dominación española, los virreyes que habían atravesado el mar en un viaje de tres o cuatro meses, y recorrían unas 20 poblaciones desde Veracruz hasta las puertas de la capital de Nueva España, eran recibidos justamente en Peralvillo, a un lado del templo de Santa Ana Atenantitech, que aún se conserva y en donde se dice que fue bautizado Juan Diego.

En ese sitio eran aguardados por la Audiencia, en medio de arcos triunfales e indígenas vestidos con “disfraces alegres”. Ahí les entregaban un caballo y un quitasol –ocurrió a la entrada del marqués de Villena en 1640–, para que de ese modo, bajo ventanas, balcones y azoteas saturadas, llevaran a cabo su entrada triunfal.

A un lado de ese templo hay una estatua dedicada al gran campeón del boxeo Raúl El Ratón Macías, originario del rumbo y quien nació en una vecindad de Granaditas. Unos pasos hacia el norte estuvo el cine Granat, “el más hermoso teatro-cine que existe en la América Latina”, diseñado por Carlos Crombé: una magna sala cinematográfica que se inauguró en mayo de 1926 con la película “Camino de sombras” y que iba a convertirse en el cine favorito de otro gran campeón oriundo del barrio: Luis Villanueva, mejor conocido como Kid Azteca.

En su extraordinaria crónica sobre la Ciudad de México, escrita en 1881 (“México pintoresco, artístico y monumental”), Manuel Rivera Cambas cuenta que en Peralvillo estaban las casas de vecindad “con la última capa de la población más pobre”. Se trataba de los descendientes de indígenas y mestizos que fueron expulsados de la traza española (nuestro Centro Histórico) y se asentaron a las puertas mismas de la ciudad.
Ahí, escribió Rivera Cambas, “se fermenta la levadura de todos los vicios y de todas las miserias que se encubren en esta capital”.

Desde 1521 hasta 1881 el barrio careció de agua. En ese último año se comenzó a pavimentar la calle Peralvillo. La cercana garita, donde se cobraban impuestos para permitir la entrada del pulque que venía del Valle de Apan, entre otros productos, hizo que el barrio que se llenara de pulquerías que, según Rivera Cambas, estaban atestadas desde las doce del día. Peralvillo era desde entonces un lugar de excepción.

Hoy, entre los comercios donde se venden refacciones y cigüeñales para auto, los negocios de comida, las vecindades que han resistido los siglos, la gente que vive y duerme en la calle, el tráfico de vehículos, el grito de los vendedores, el paso constante de motonetas, la catedral del cabrito que es “El Correo Español”, Peralvillo es uno de los rumbos más vivos de la capital.

“Las Glorias de Peralvillo”, tituló alguna vez Ángeles González Gamio una de sus crónicas. Y sin embargo, es ahí donde más golpea la violencia, donde más pega la muerte.

Contenido Patrocinado