Que unas 400.000 mujeres en España lleven más de un año encontrándose con las farmacias vacías cuando buscan su tratamiento hormonal para la menopausia no es un fallo logístico aislado. Es el síntoma más visible de un problema más antiguo, que no empieza en la estantería del desabastecimiento, sino en la consulta y en el laboratorio.
Lo ha resumido el cardiólogo José Ramón González Juanatey en el pódcast de MUNDIARIO: las mujeres se diagnostican más tarde y reciben un seguimiento menos afinado, y no solo en cardiología, sino en el conjunto de la medicina. La raíz es comprobable: la mayor parte de la investigación clínica se construyó sobre pacientes varones. El sistema acaba midiendo la salud de las mujeres con una vara calibrada sobre otro cuerpo.
El corazón, el caso más documentado
La enfermedad cardiovascular es la primera causa de muerte entre las mujeres, aunque durante décadas el infarto se asoció, también en lo clínico, al hombre. Ellas tardan de media más minutos en reconocer que lo están sufriendo, porque los síntomas divulgados responden al patrón masculino. Y, una vez en el sistema, los estudios documentan que reciben menos pruebas diagnósticas invasivas, menos derivaciones a cardiología y tratamientos menos intensivos ante cuadros equivalentes. El sesgo llega hasta las herramientas: una de las escalas internacionales que estiman el riesgo tras un episodio coronario, derivada de muestras masculinas, lo infravalora en las mujeres. La causa de fondo está en la investigación: en los ensayos cardiovasculares la participación femenina no alcanza el 30%. Si la evidencia es parcial, las guías y las dosis heredan esa parcialidad.
Un patrón que se repite
El retraso diagnóstico atraviesa otras áreas con la misma lógica. La endometriosis, que afecta a una de cada diez mujeres en edad fértil, tarda de media entre ocho y diez años en diagnosticarse en Europa; en España, la mitad de las pacientes espera más de cuatro años, según el reciente Informe TABOO. Durante ese tiempo, un dolor invalidante se normaliza como parte del hecho de ser mujer. Juanatey añade un matiz decisivo: la desigualdad golpea con más fuerza a las mujeres de los niveles socioeconómicos más bajos, con menos margen para insistir o desplazarse. La brecha de género se cruza con la de clase.
El desabastecimiento como síntoma del presente
Ese es el marco que devuelve al desabastecimiento su dimensión real. Desde finales de julio, los preparados de estradiol bioidéntico se alternan en las farmacias sin que ninguno esté disponible de forma estable, y la escasez se ha contagiado a la progesterona. El contraste con otras crisis de suministro es elocuente: cuando faltó el Ozempic, Sanidad reguló la prescripción y priorizó en pocos meses; cuando escasearon los fármacos para el TDAH, el asunto saltó con rapidez a la agenda. Un tratamiento que solo toman mujeres acumula más de un año de desabastecimiento a la espera de esa misma diligencia.
El hilo que une todos estos datos es uno: cuando la salud es «de mujeres», el sistema investiga menos, mide peor y reacciona más tarde. La corrección que propone Juanatey no es un lema, es un método: medir con perspectiva de género, revisar las escalas y los protocolos heredados y garantizar que un tratamiento indicado no dependa del código postal.
La conversación sobre la salud de las mujeres ha salido, por fin, del silencio. El reto pendiente es que la medicina la acompañe con la misma decisión, y deje de diagnosticarlas tarde. @mundiario