Ismael Garcia Delgado
Ismael Garcia Delgado
Editor JrComunicólogo y Periodista por la UNAM. Redactor, locutor, guionista y creador de contenido. Apasionado por la música ochentera, el cine de acción/sci-fi, series dramáticas y la literatura hispana. Fiel defensor del séptimo arte mexicano.
Durante los preparativos de la misión Apollo 14 en 1971, la NASA aprobó una carga insólita que nada tenía que ver con instrumental geológico ni sensores de última tecnología: cientos de semillas forestales viajaron al espacio. Aquel cargamento dio 34 giros a la Luna y sobrevivió a un percance que estuvo a punto de arruinarlo todo tras regresar a la Tierra. Hoy, más de 50 años después, ese puñado vegetal dio origen a monumentales ejemplares distribuidos en distintos rincones del planeta.
Un tributo forestal en órbita lunar. El experimento surgió de un acuerdo de colaboración entre la agencia espacial estadounidense y el Servicio Forestal de Estados Unidos (USFS). La clave estuvo en el astronauta Stuart Roosa, asignado como piloto del módulo de mando del Apollo 14. En sus años de juventud, Roosa había sido smokejumper, combatiente forestal que saltaba en paracaídas directamente en zonas remotas bajo fuego. Por esa trayectoria, el USFS vio la oportunidad perfecta para enviar semillas botánicas más allá de la órbita terrestre.
Para la misión se seleccionaron cinco especies distintas: pino taeda, sicómoro americano, liquidámbar, secuoya de la costa y abeto de Douglas. A la par, los científicos conservaron en tierra muestras idénticas de cada variedad para estudiar comparativamente su desarrollo posterior.
34 órbitas con un bosque en miniatura. El despegue se dio el 31 de enero de 1971. El cargamento viajó resguardado dentro de un contenedor cilíndrico de metal empacado en el equipaje personal de Roosa. Días más tarde, Alan Shepard y Edgar Mitchell bajaron a la superficie en el módulo lunar Antares, mientras Roosa permaneció solo a bordo del módulo de mando Kitty Hawk. Desde esa posición completó 34 órbitas lunares con el futuro bosque en su compartimento.
Aunque nunca tocaron el suelo selenita, las semillas experimentaron la ingravidez y la radiación del entorno lunar antes de emprender el viaje de regreso a casa.
El incidente tras la caída al mar. Curiosamente, la mayor amenaza para el proyecto no ocurrió en el espacio profundo, sino al volver. Durante la fase de descontaminación tras el amerizaje, un cambio repentino de presión rompió los empaques, provocando que las semillas quedaran regadas y expuestas al vacío. El susto fue mayúsculo y en un primer momento el equipo dio la investigación por perdida.
Sin embargo, el genetista del Servicio Forestal a cargo de la misión, Stanley Krugman, logró recolectarlas con minuciosidad. De inmediato las canalizó a viveros especializados en Mississippi y California, donde para sorpresa de todos brotaron sin inconvenientes.
De pequeños brotes a árboles gigantescos. Hacia mediados de la década de 1970, los plantones comenzaron a distribuirse por toda la Unión Americana, sobre todo para conmemorar el bicentenario de la independencia estadounidense en 1976. Se sembraron en instalaciones de la NASA, plazas públicas, campus universitarios y reservas naturales.
Un ejemplar se plantó en los jardines de la Casa Blanca, mientras que otros viajaron al extranjero como obsequios diplomáticos a naciones como Suiza y Brasil, e incluso se entregó uno al emperador de Japón. Los análisis botánicos confirmaron que el viaje fuera de la Tierra no provocó mutaciones ni anomalías visibles frente a los ejemplares de control: crecieron como cualquier árbol ordinario, con la salvedad de su increíble odisea previa.
El misterio de los árboles extraviados. Con el paso del tiempo surgió un detalle imprevisto: nadie se ocupó de armar un registro sistemático del destino final de cada uno de estos "Moon Trees". Varias placas conmemorativas se extraviaron, algunos árboles murieron por causas naturales y la anécdota fue quedando en el olvido, al grado de que muchos integrantes de la propia NASA desconocían su existencia.
El rescate histórico comenzó en 1996, cuando Joan Goble, una maestra de primaria en Indiana, tropezó con un ejemplar rotulado como "Moon Tree" en una excursión escolar y escribió a la agencia para indagar de qué se trataba. Su consulta impulsó al científico David Williams a emprender una minuciosa pesquisa a través de hemerotecas, expedientes olvidados y reportes ciudadanos, logrando catalogar decenas de estos ejemplares por todo el mundo.
La nueva generación lunar. Los especímenes que siguen en pie funcionan como auténticos monumentos vivientes de la era Apollo, e incluso han producido retoños y plántulas de segunda generación. El legado cobró nueva fuerza en 2022, cuando la NASA repitió el experimento al mandar más semillas a la órbita lunar en la misión Artemis I, cuyos brotes han comenzado a repartirse entre centros de divulgación, escuelas y universidades.
Cinco décadas después, la iniciativa cerró un círculo extraordinario: aquel puñado de semillas que viajó en el bolsillo de un astronauta dio paso a grandes árboles maduros en nuestro planeta, al tiempo que una nueva generación de semillas espaciales vuelve a recorrer el mismo camino hacia las estrellas.
Imágenes | NASA
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