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El Financiero 20 Mar, 2026 03:46

Cuando el apoyo baja el reflejo es torcer la elección

Hay un momento en toda deriva autoritaria en el que el guion se vuelve predecible. No es cuando el líder gana; es cuando empieza a perder. Cuando se rompe el apoyo electoral, el reflejo instintivo no es corregir el rumbo, sino torcer las condiciones de la competencia para que la elección se adapte al gobernante, y no al revés.

En México ya vimos esa pulsión: el intento de reescribir reglas para favorecer al “carro completo” y empujar un partido casi único. No pasó, pero la tentación no desaparece: se reacomoda, se disfraza, regresa en “planes” y “ajustes” con narrativa de orden, austeridad o “limpieza”. La lógica es la misma: si el respaldo se afloja, toca, como dirían en Big Brother, ¡las reglas cambian!

Donald Trump es consistente con la fórmula que ya conocemos: audacia cínica, previsible imprevisibilidad, enemigos múltiples, miedo como combustible.

Al mismo tiempo, su negativo saldo de gestión se acumula y es difícil de maquillar: confusión, escándalos, división interna, corrupción evidente, crisis de costo de vida, disrupción del comercio global y una política exterior que mezcla prepotencia con improvisación.

El rechazo a su gestión ronda el 60% y, cuando se pregunta a la gente por el tema que más pega en su día a día —el costo de vida—, el castigo es todavía más severo: una encuesta Yahoo/YouGov citada por CNN mostró 67% de desaprobación frente a 26% de aprobación en ese rubro.

Mala noticia para quien llegó con la promesa de aliviar los aprietos económicos de las familias tras los años de inflación y tensiones durante la administración Biden.

Quien prometía abandonar las forever wars abrió un boquete con su guerra contra Irán. El conflicto elevó la volatilidad energética y reintrodujo presiones inflacionarias justo cuando la economía pedía calma.

La estrategia del caos permanente no cierra conflictos, sino que los multiplica o los oculta. Por ejemplo, Ucrania —la prueba moral y estratégica de Occidente— quedó en “pausa situacional” porque Washington se distrajo con otra guerra, mientras juega a fintar y presionar en otros tableros. El Kremlin no puede ocultar esa sonrisa que aparece cuando el rival se autoboicotea.

Es difícil imaginar mejor regalo para China que su rival por la supremacía mundial se desgaste por dentro: polariza, improvisa, pelea con aliados, abre frentes simultáneos, confunde y normaliza la idea de que la fuerza puede sustituir a las reglas.

Ante ese desgaste, Trump no corrige: dobla la apuesta. Como mago de lo inesperado, siempre puede sacar conejos de la chistera. Uno que ya está telegrafiando es claro: demonizar a los demócratas, azuzar odio y polarización, y convertir la próxima elección en un plebiscito emocional donde cualquier límite institucional se presenta como “enemigo del pueblo”.

Es llevar a los votantes no a que evalúen racionalmente su gestión, sino a jugar con sus odios y resentimientos.

A lo que hay que sumar el reflejo autoritario en su forma más útil para el poder: la trampa electoral como instinto. Cuando el respaldo se cae, el objetivo no es mejorar resultados, sino asegurar condiciones.

Esa es la lógica de endurecer el voto, complicarlo, judicializarlo, ponerle candados “técnicos” y fórmulas sesgadas que podrían incluir la frase “y quítale el número que pensaste”… Prestidigitación pura.

La señal más transparente es el empuje de un paquete electoral para “garantizar” la elección desde el diseño. El Senado abrió debate al SAVE America Act, impulsado por Trump: prueba de ciudadanía para registrarse, requisitos estrictos de identificación y castigos a funcionarios electorales, entre otras medidas.

Aunque hoy no tenga los votos para superar el filibuster, la jugada política es otra: instalar la narrativa “fraude”, endurecer barreras, presionar a su partido (“no firmo nada si no pasan mi ley”) y dejar lista la coartada: si pierden, fue “robado”; si ganan, fue “salvado”. Es el manual: primero dudas, luego restricciones, después litigio y, al final, deslegitimación preventiva.

Esto ocurre mientras se escuchan crujidos dentro del propio universo MAGA porque la guerra con Irán profundiza fracturas y amplía la grieta en el ecosistema de influenciadores conservadores: Tucker Carlson, Megyn Kelly, Candace Owens y otros han cuestionado la intervención; Steve Bannon y Marjorie Taylor Greene también han alimentado críticas.

La primera grieta se abrió con el manejo turbio de los Epstein files. Cuando el relato empieza a romperse desde dentro, el líder acelera el recurso que mejor domina: enemigos, miedo y reglas a modo.

Recordemos la ironía: Trump ha ganado dos veces la posición más poderosa del planeta gracias a ese ecosistema de propaganda, furia y simplificación que convierte problemas complejos en villanos fáciles.

Sin embargo, el miedo es un pegamento inestable: exige dosis crecientes y siempre pide un nuevo adversario. Cuando se rompe el apoyo, el líder autoritario no busca resultados; busca culpables. No busca consenso; busca sumisión. No busca legitimidad; busca control.

Por eso, al mismo tiempo que la economía aprieta y el mundo se complica, el reflejo de todo líder autoritario es redoblar la narrativa de enemigos internos, al mismo tiempo que empuja reglas electorales a modo.

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