El terremoto político que sacude al laborismo británico tras el hundimiento electoral del 7 de mayo ha abierto oficialmente la carrera por el relevo de Keir Starmer. El alcalde de Mánchester, Andy Burnham, conocido como el “Rey del Norte”, ha dado el paso decisivo para regresar a Westminster y posicionarse como alternativa de liderazgo. Pero antes de aspirar a Downing Street deberá superar una batalla crucial, impedir que la ultraderecha de Nigel Farage convierta la elección parcial de Makerfield en una humillación histórica para el Partido Laborista.
En medio de ese escenario emerge Burnham, quizá el dirigente laborista con mayor capital político propio fuera de Westminster. Su figura trasciende desde hace tiempo el ámbito municipal. Como alcalde del Gran Mánchester ha logrado construir una imagen de gestor eficaz, político cercano y defensor de las regiones del norte inglés históricamente olvidadas por Londres. Esa combinación le ha permitido convertirse en una rara avis dentro de la política británica contemporánea, como un dirigente con índices de popularidad positivos en un clima generalizado de desafección.
El movimiento que acaba de protagonizar no deja lugar a dudas. Burnham quiere disputar el liderazgo del laborismo y, potencialmente, convertirse en primer ministro. Para ello necesita volver a la Cámara de los Comunes, condición indispensable para participar en unas futuras primarias internas contra el exministro de Sanidad Wes Streeting. La renuncia del diputado laborista Josh Simons en Makerfield le abre esa puerta, aunque también le obliga a asumir un enorme riesgo político.
La elección parcial en esa circunscripción del norte de Inglaterra, a celebrarse 21 días después de que Simons entregue el acta, no será un trámite parlamentario. Se ha convertido en un referéndum anticipado sobre el futuro del laborismo y sobre la capacidad de la izquierda británica para contener el ascenso de Reform UK, el partido del arquitecto del Brexit que está capitalizando buena parte del descontento social y político en antiguos bastiones obreros laboristas.
Ahí reside la verdadera dimensión de esta batalla. Burnham se juega demostrar que todavía existe una vía capaz de reconectar al laborismo con sectores populares que han comenzado a abandonar masivamente al partido. Si fracasa y el populismo de derechas logra imponerse o incluso acercarse peligrosamente, la narrativa política sería devastadora. Entonces el dirigente llamado a salvar al laborismo habría sido derrotado precisamente en el territorio donde supuestamente debía ser más fuerte.
Farage amenaza los feudos laboristas
El ascenso de Reform UK explica gran parte de la ansiedad que atraviesa actualmente al Partido Laborista. Farage ha conseguido aprovechar el desgaste simultáneo de conservadores y laboristas para construir un discurso populista centrado en inmigración, soberanía nacional y desconfianza hacia las élites políticas tradicionales. En muchas zonas del norte industrial inglés comienza a consolidarse como una fuerza estructuralmente competitiva.
Eso altera por completo el tablero político británico. Durante décadas, regiones como el Gran Mánchester, Lancashire o Yorkshire funcionaron como el corazón electoral laborista. Ahora, parte de ese electorado tradicional se siente desconectado de un partido percibido como excesivamente tecnocrático, londinense y ambiguo en cuestiones culturales y nacionales.
Burnham entiende perfectamente ese problema. Buena parte de su éxito político local se ha basado precisamente en construir una identidad territorial fuerte, reivindicando el orgullo del norte inglés frente al centralismo político y económico de Westminster. Su perfil mezcla elementos clásicos de la izquierda socialdemócrata con una narrativa regionalista y popular que conecta con votantes obreros desencantados.
Por eso su figura genera tantas expectativas dentro del laborismo. Mientras Starmer representa para muchos diputados una dirección excesivamente burocrática, cautelosa y carente de relato emocional, Burnham proyecta una imagen mucho más combativa y arraigada socialmente. Su trayectoria como alcalde le ha permitido, además, desarrollar un perfil más autónomo respecto al aparato central del partido.
Starmer se rehúsa a dimitir
Sin embargo, su candidatura también genera inquietud. Los mercados financieros ya han reaccionado con nerviosismo ante la posibilidad de un liderazgo más escorado hacia posiciones intervencionistas o alejadas del centrismo económico tradicional. Además, dentro del propio laborismo existen sectores que temen que una guerra interna prolongada termine debilitando aún más al Gobierno y facilitando el crecimiento tanto de Reform UK como de los conservadores.
Mientras tanto, Starmer intenta resistir. El primer ministro se niega a aceptar que su liderazgo está políticamente herido y trata de proyectar una imagen de control institucional y firmeza frente a la extrema derecha. Su estrategia consiste en presentar la disputa interna como una irresponsabilidad que solo beneficiaría a los populismos.
Pero el problema para Starmer es que la crisis ya parece irreversible. Hasta 80 de sus diputados han cuestionado públicamente su autoridad, varios ministros han abandonado el Ejecutivo y las conversaciones sobre una transición ordenada han dejado de ser un rumor para convertirse en una hipótesis plenamente instalada en Westminster. @mundiario