
Vivimos en una época paradójica. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, sin embargo, jamás había sido tan difícil distinguir con claridad qué es verdadero y qué es falso. Las redes sociales, los portales digitales y los servicios de mensajería han democratizado la circulación de noticias, pero también han abierto la puerta a una forma de confusión colectiva donde los hechos pierden peso frente a las emociones, los prejuicios y las lealtades políticas.
El filósofo Byung-Chul Han ha descrito este fenómeno como una “crisis de sentido” y una “crisis de verdad”. Según su análisis, la sociedad contemporánea vive bajo el imperativo de la transparencia: todo debe mostrarse, difundirse y comentarse de inmediato. Claro está, no todo, sólo lo que convenga a nuestros intereses. El problema es que esta abundancia no produce comprensión, sino saturación. La información se multiplica a tal velocidad que ya no existe tiempo para contrastarla, interpretarla o darle contexto. En lugar de reflexión, predominan las reacciones instantáneas; en lugar de conocimiento, sobresale la impresión emocional.