
Por Zaki Laïdi, Project Syndicate.
PARÍS- La tercera Guerra del Golfo, así como la perspectiva de una intervención estadounidense en Cuba, están a punto de convertir a un candidato improbable al Premio Nobel de la Paz en un candidato ideal al Premio Nobel de la Guerra. El presidente estadounidense Donald Trump, que se atribuye el mérito de haber puesto fin a ocho guerras, ha participado en nueve operaciones militares durante su segundo mandato, siendo la más importante la que se está llevando a cabo actualmente en Irán.
Todo ello confirma no solo la extraordinaria volatilidad del contexto internacional, sino también la total imprevisibilidad del presidente estadounidense. En este contexto, sigue siendo difícil analizar el sistema internacional de forma racional. Sin embargo, hay una idea que parece vincular los dispares acontecimientos que han definido la ruptura del orden internacional de la posguerra y la posguerra fría en los últimos años: que cualquier nuevo orden que surja se construirá en torno a esferas de influencia.
El principio organizativo dominante de las relaciones internacionales antes de la Segunda Guerra Mundial ha vuelto a ocupar un lugar destacado en la política mundial en los últimos años. La invasión de Ucrania por parte de Rusia, los esfuerzos de China por afirmar su dominio sobre Asia y las intervenciones de Estados Unidos en América Latina y sus planes sobre Groenlandia apuntan al resurgimiento de la competencia entre las grandes potencias por la primacía regional. Pero, aunque el modelo de esferas de influencia arroja luz sobre las ambiciones geopolíticas que configuran las políticas de China, Rusia y Estados Unidos, no es un medio viable ni deseable para producir un orden mundial estable.
ESFERAS Y BLOQUES
La esfera es un modelo de relaciones internacionales con raíces históricas antiguas. La idea griega de ecumene y los limes romanos representaron los primeros intentos de definir los límites de la autoridad imperial. En el siglo XV, el Tratado de Tordesillas llevó esta idea un paso más allá al dividir la parte del mundo recién descubierta (por Occidente) entre España y Portugal, y se hizo con la bendición del Papa. Las potencias europeas formalizaron posteriormente el concepto en la Conferencia de Berlín de 1884-85, organizada por Otto von Bismarck, empleando el término alemán Interessensphäre mientras se repartían África entre ellas.
En esencia, una esfera de influencia presupone la existencia de una potencia hegemónica que ejerce diversos grados de autoridad sobre actores subordinados dentro de un área definida mediante la soberanía, acuerdos de protectorado o dominación absoluta. El filósofo jurídico alemán y partidario del nazismo Carl Schmitt dotó a la idea de una dimensión política más marcada a finales de la década de 1930, transformándola de un concepto descriptivo a una doctrina estratégica.
Esta visión encontró su expresión más clara durante la Guerra Fría, cuando las fronteras geográficas y las alineaciones políticas se fusionaron en bloques rígidos. La Guerra de Corea ofrece un ejemplo llamativo: debido a que Estados Unidos no había incluido a Corea del Sur dentro de su perímetro de seguridad formal, el dictador soviético Joseph Stalin creyó que Corea del Norte podía arriesgarse a invadir el sur.