
Cierto señor de aquí solía decir:
–Soy hombre de una sola palabra: rájome.
Tengo un amigo que en sus días de juventud fue vendedor de autos usados. Le ofrecieron en venta uno muy bueno, y él a su vez se lo ofreció a un comerciante cuyo nombre no diré, pues vive todavía y es conocido por quienes lo conocen, y apreciado por quienes no lo conocen bien. El tal comerciante vio el automóvil; le gustó y dijo que lo compraría. Le pidió a mi amigo que se lo llevara al día siguiente, y le aseguró que se lo pagaría de contado y en efevo, vale decir, en efectivo. Fiado en esa promesa, mi amigo compró el coche, cuyo valor cubrió de su bolsillo; al fin y al cabo, al día siguiente recobraría la suma, y con ganancia. Grande fue su sorpresa, por lo tanto, y aún mayor su enojo, cuando al siguiente día el hombre le salió con la embajada de que siempre no le compraba el coche.