¿Estamos solos en el universo? Es, probablemente, la pregunta más antigua de la humanidad, y durante siglos solo admitió respuestas de fe o de imaginación. Ya no. En el podcast de MUNDIARIO, la astrofísica Minia Manteiga, presidenta de la Sociedad Española de Astronomía, la planteó sin rodeos: la búsqueda de vida fuera de la Tierra es hoy "una de las fronteras de la astronomía moderna". Y el telescopio espacial James Webb es la herramienta que la ha vuelto transitable.
K2-18b, el exoplaneta que encendió la mecha
El caso que ha llevado el debate a las portadas tiene un nombre poco poético: K2-18b. Es un exoplaneta situado a unos 124 años luz de la Tierra, en la constelación de Leo, que orbita una estrella enana roja dentro de la zona habitable, la franja templada donde el agua podría mantenerse líquida. En abril de 2025, un equipo de la Universidad de Cambridge anunció que el James Webb había detectado en su atmósfera indicios de dimetilsulfuro y disulfuro de dimetilo.
El detalle que disparó la expectación es químico. En la Tierra, esas dos moléculas las produce casi en exclusiva la vida, en especial el fitoplancton marino. Hallarlas en otro mundo sería la evidencia más sólida hasta la fecha de una biofirma fuera del sistema solar, y el estudio se publicó en The Astrophysical Journal Letters. Pero, como toda buena noticia científica, venía con una letra pequeña que los titulares pasaron por alto.
La distancia entre un indicio y un descubrimiento
Manteiga lo había advertido en la conversación: "Constatar eso, tener pruebas, es algo difícil". La ciencia mide su certeza en sigmas. Para hablar de un descubrimiento se exige un nivel de cinco sigma, una seguridad superior al 99,9999 %; el hallazgo de K2-18b se quedó en tres sigma, en torno al 99,7 %. Puede parecer mucho, pero en astrofísica es apenas un indicio prometedor, nunca una conclusión.
Lo que vino después merece celebrarse antes que lamentarse. Varios equipos independientes —de Oxford, de Chicago, de la Universidad Johns Hopkins— reanalizaron los mismos datos: confirmaron el metano, pero no encontraron pruebas concluyentes del dimetilsulfuro. No es un fracaso, es el método científico operando a plena luz y corrigiéndose en público. Ya ocurrió en 2020 con la fosfina de Venus, anunciada como posible señal de vida y después puesta en duda.
Cómo se busca vida en un planeta a cien años luz
¿Y cómo se rastrea vida a semejante distancia? Manteiga lo explicó con una claridad poco habitual: el James Webb observa en luz infrarroja, lo que le permite atravesar el polvo cósmico y leer la composición de atmósferas lejanas. Los astrónomos buscan en ellas indicadores combinados —rastros de fotosíntesis o clorofila, gases imprescindibles para la vida como el ozono, el agua o el metano— hasta dar con candidatos plausibles. Conviene subrayar un matiz que la propia científica reivindica: el Webb no es solo de la NASA. Es una misión conjunta con la Agencia Espacial Europea, y grupos españoles participaron en el desarrollo de sus instrumentos.
Al final de la entrevista, la pregunta era inevitable: ¿cree que hay vida fuera de la Tierra? La respuesta fue inmediata: "Sí, en una palabra, sí". Y su argumento no era un acto de fe, sino de estadística: "No encuentro ningún motivo para pensar que nosotros seamos una singularidad tan grande". España, quinta potencia europea en astronomía, está en primera línea de esa búsqueda. El James Webb aún no ha respondido a la gran pregunta. Pero que hoy podamos formularla con datos, y escuchar a quien la investiga, ya es un logro de la civilización. El resto, como recuerda la ciencia, es cuestión de pruebas. Y de paciencia. @mundiario