Estamos asistiendo a un cambio de paradigma socioeconómico de tal magnitud que resulta difícil proyectar sus consecuencias con una mínima fidelidad. Este “Nuevo Mundo” no se está gestando de forma gradual, sino que se implanta a una velocidad disruptiva, configurando un modelo social inédito. Como en toda transición sistémica, el horizonte es incierto, pero es innegable que, para una gran parte de la población, este proceso se percibe ya como un cataclismo en sus estructuras de vida concebidas.
El espejismo de los indicadores macroeconómicos
La brecha de desigualdad actual está invalidando las métricas con las que tradicionalmente medimos la salud de un país. Hoy, el Producto Interior Bruto (PIB) se ha convertido en un indicador distorsionado y, a menudo, espurio.
La falacia del promedio: si el PIB crece un 3%, pero ese beneficio se concentra exclusivamente en el 10% más rico de la población, mientras el 90% restante se estanca o empobrece, el dato macroeconómico oculta una realidad crítica por su falta de idoneidad.
La obsolescencia de la Ley de Okun: concebida como una regla que correlacionaba el crecimiento del PIB (en torno al 2,5%) con la creación de empleo neto, hoy carece de validez precisamente por dicha causa. El modelo econométrico, por lo tanto, está viciado, pues la riqueza generada ya no se traduce en puestos de trabajo.
Se debe señalar que el “maquinismo” y la espiral deflacionaria del empleo son fenómenos ligados a esta nueva etapa. La automatización avanzada, los drones, los androides y la inteligencia artificial están redefiniendo el factor trabajo de manera radical. A diferencia de revoluciones industriales previas, la actual transición apunta a una prescindibilidad de la mano de obra sin precedentes.
El riesgo sistémico de la sustitución del trabajador por las máquinas no solo genera desempleo, sino que empuja los salarios hacia una espiral descendente. Y, aun así, no va a paliar el desempleo.
Esta erosión de las rentas del trabajo conlleva una consecuencia inevitable: la contracción de la demanda. Si la base de la pirámide pierde poder adquisitivo, el sistema entero puede llegar a colapsar, afectando finalmente incluso a las élites económicas que hoy parecen beneficiarse de la eficiencia tecnológica.
Por lo tanto, surge la necesidad de una nueva contabilidad nacional para observar con mayor claridad este escenario. Resulta imperativo reformular de manera urgente la Contabilidad Nacional, modificando las ponderaciones en el cálculo de las tasas móviles del PIB para reflejar y comprender la realidad distributiva.
Es preciso integrar variables que midan la concentración de la riqueza, para que los análisis derivados no partan de premisas falsas.
En definitiva, nos enfrentamos a un escenario donde la falta de necesidad de mano de obra y la desigualdad extrema podrían abocar al PIB a un estancamiento estructural. Sin una intervención profunda en las reglas del juego económico, el progreso tecnológico, lejos de ser una bendición, podría convertirse en el motor de una pobreza de niveles sistémicos jamás conocidos.
Esto podría derivar en sociedades distópicas en las que unos pocos acaparen todo lo existente mientras el resto viva en condiciones indeseables, abocando a comunidades destruidas. Lo cual deja abierta la incógnita de si todo esto no responde a un proceso previamente objetivado y perseguido desde hace tiempo. @mundiario