“A fuerza de palabras, un partido aburrido se puede convertir en la guerra de Troya”; “el futbol es la última zona de intransigencia emocional legítima en la que no puedes cambiar de opinión”; “esa reinvención de la realidad a fuerza de palabras me fue marcando de forma singular”.
Es un puñado de frases que el cronista, escritor y colegiado Juan Villoro, un referente de la literatura alrededor del futbol —entre otros de sus temas de dominio—, lanzó este miércoles en la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) a miembros y público en general, dentro de la conferencia “El teatro de los goles”.
Allí, Villoro propuso considerar al deporte más popular del mundo como el escenario donde suelen replicarse tragedias similares a las de Sófocles, Esquilo o Eurípides y donde, como decía el legendario cronista deportivo Ángel Fernández (1925–2006), el público es esa masa circular que encarna la voz de Atenas, empoderada para sancionar, al menos verbalmente, lo que dirimen los héroes en el campo.
Dedicó gran parte de su monólogo a la figura que representó en su vida el cronista deportivo citado arriba, como uno de los primeros ejemplos de lo sublime que pueden ser la retórica y la crónica para la vida misma.
“El espectáculo que mejor define al planeta Tierra es el futbol, con sus luces y con sus sombras”, resumió.
Un juego que perdió inocencia
Conforme avanzó la que en su segunda parte fue una prolongada conversación entre Juan Villoro con los presentes, el futbol pasó a convertirse en una vía para discutir desigualdad, violencia, género y mercantilización.
A un mes de la magna inauguración mundialista en Ciudad de México, el autor de Dios es redondo (2006) y Los héroes numerados (2016) dejó una lectura menos celebratoria que crítica del futbol contemporáneo. Lo hizo no desde el rechazo al deporte que ha acompañado buena parte de su obra, sino buscando preservar aquello que todavía considera valioso del juego.
Al ser consultada su opinión sobre el Mundial en puerta, Villoro rechazó la idea de asumir automáticamente el torneo como una celebración nacional. Recordó que México tendrá apenas una pequeña parte de los encuentros y leyó esa distribución como una metáfora política.
“Vamos a tener un mundial ahora en México que será parcialmente mexicano. Tenemos 13 partidos de 104 posibles; Estados Unidos tiene 78. Esto expresa bastante bien la relación que tenemos con ese país (…) Estados Unidos descubrió el gran negocio del futbol y México, como tantas veces, aceptó ser su comparsa”.
La crítica al modelo de la justa apareció también cuando Villoro respondió por qué, a diferencia de los torneos de México en 1970 y 1986, el ambiente alrededor del certamen que se avecina parece menos entusiasta dada la distancia social entre la población mexicana promedio y un puñado de partidos a precios exorbitantes.
“No tenemos muchas razones para celebrar el juego por la sencilla razón de lo que cuestan los boletos. ¿Quiénes pueden pagar 10 mil pesos por un boleto o mucho más?”.
También habló de un deterioro interno del juego masculino, donde el cálculo, el engaño y la teatralidad han desplazado otras formas de entender la competencia: “Por desgracia se ha convertido en una oportunidad de fingir y cometer faltas”.
Más adelante, al responder una pregunta sobre violencia en estadios y deterioro del ambiente familiar, Villoro volvió sobre otra idea que atravesó toda la charla: el futbol no crea los problemas sociales, los concentra. La salida que propuso fue cultural: “Tenemos que tener nosotros la decisión de no agredir, la decisión de no ser racistas”.
Fútbol femenil, posibilidad de futuro
El también integrante de El Colegio Nacional sugirió una posible salida para muchas de las deformaciones del deporte actual: el futbol desde el pensamiento femenino, no como una corrección política ni como una tendencia emergente, sino como una potencial transformación estructural del deporte.
Sostuvo que el futbol femenil conserva rasgos que el varonil fue perdiendo con la aceleración física, la presión comercial y la espectacularización del juego.
“(El femenil) es un futbol más honesto que depende más de la técnica porque es menos atlético (…) Yo creo que el futuro del futbol estará en que los hombres empiecen a jugar como mujeres”.
Senda reivindicación no fue solamente estética. Villoro situó el desarrollo desigual del futbol femenil dentro de una historia de exclusión institucional. Opinó que el Mundial disputado por mujeres en 1971, celebrado en México, aunque no reconocido oficialmente, fue una demostración temprana del potencial deportivo y social del deporte protagonizado por mujeres, sin embargo, más adelante señaló que “la FIFA se obstinó en vetar a las mujeres”.
Cuando el público preguntó si el próximo Mundial podría convertirse en un impulso para el futbol femenil mexicano, Villoro respondió con cautela y consideró que el tímido entusiasmo general no garantiza mejores condiciones para las jugadoras. Remarcó que hay brechas todavía insondables en los salarios y la falta de acceso a espacios de entrenamiento exclusivos para los equipos femeniles.
Hacia el final, el escritor volvió a la pregunta sobre qué país organizará realmente la fiesta futbolera. Concluyó con una frase donde cabían tanto la decepción como el diagnóstico de época: es una lástima, dijo, que está justa no sea completamente para nuestro país, sino un torneo de Estados Unidos con un pequeño apoyo mexicano.