La reunión de este jueves entre la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y el secretario de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Markwayne Mullin, llega en uno de los momentos más delicados de la relación bilateral. Las redadas migratorias, las muertes de mexicanos bajo custodia del ICE y el endurecimiento del discurso estadounidense han comenzado a tensar nuevamente una relación que históricamente suele caminar entre la cooperación y la presión silenciosa.
Por eso la expectativa alrededor del encuentro crece. Porque así como la presidenta ha hablado con firmeza en las mañaneras sobre soberanía e injerencismo, también está obligada a sostener esa postura frente a los funcionarios estadounidenses. No se trata de romper relaciones ni de convertir la diplomacia en espectáculo político, pero tampoco puede existir un discurso fuerte hacia adentro y una actitud distinta en privado.
Estados Unidos insiste cada vez más en intervenir en asuntos vinculados con seguridad, migración y combate al crimen, mientras el Gobierno mexicano enfrenta el reto de cooperar sin permitir que Washington termine dictando prioridades dentro del territorio nacional. Ahí se encuentra el verdadero debate de fondo.
Sheinbaum adelantó que durante la reunión se hablará sobre seguridad y sobre la defensa de los derechos humanos de los mexicanos detenidos en Estados Unidos. Y tendría que ser un reclamo firme. Al menos 16 connacionales han muerto este año bajo custodia migratoria estadounidense. Frente a eso, los comunicados diplomáticos y las notas de protesta comienzan a sentirse insuficientes.
El injerencismo moderno ya no necesita discursos de guerra ni intervenciones militares. Ahora llega en reuniones privadas, operativos migratorios y presiones políticas disfrazadas de cooperación. Y aunque México necesita mantener una relación estable con Estados Unidos, también necesita dejar claro que la soberanía no puede convertirse únicamente en un recurso retórico de conferencia mañanera.
Porque si el discurso cambia cuando se cierran las puertas de Palacio Nacional, entonces la narrativa de defensa nacional termina pareciendo más un acto político que una postura de Estado.