El relevo en Endesa no es un simple cambio de nombres. Es una fotografía bastante precisa del país que estamos construyendo. Sale José Bogas. Entra Gianni Vittorio Armani. Nueva cúpula, nuevos perfiles y un mensaje claro: hace tiempo que el centro de decisión dejó de estar aquí.
Durante años, al menos, se cuidaban las formas. Un rostro español al frente de una gran compañía nacida en España, aunque el poder real ya respondiese fuera. Ahora ni eso. Cuando el control es absoluto, la estética deja de importar. Pero Endesa no es el problema. Endesa es el síntoma.
Hace unos días circulaba por la AP-9 con mi coche eléctrico. Necesitaba recargar. En una de las principales arterias del noroeste, en plena transición energética, uno espera eficiencia, facilidad, estándares a la altura del precio que paga. La experiencia dista bastante de eso. Y entonces surge la pregunta: ¿de quién es realmente el mando? Porque también ahí, en un servicio vinculado a movilidad, energía e infraestructura estratégica, aparecen operadores con centros de decisión fuera de España.
No va de banderas. Va de poder. El caso Endesa tampoco es una cuestión de nacionalidades. Va de decisiones. De decisiones tomadas hace años, mal resueltas, cuyas consecuencias seguimos pagando.
La batalla por Endesa no fue una operación corporativa más. Fue un punto de inflexión. Allí empezó a asumirse con naturalidad algo muy serio: perder capacidad de decisión sobre sectores estratégicos.
Con el tiempo, el resultado está a la vista. Una gran energética española deja de decidir desde España. Activos internacionales desaparecen del perímetro propio.
El mando se desplaza. Y el ciudadano lo normaliza. Lo inquietante es que el patrón se repite. Energía. Infraestructuras. Movilidad. Servicios esenciales. Incluso influencia mediática.
Mientras tanto, aquí seguimos ocupados en nuestra especialidad nacional: fragmentación, polarización y cortoplacismo. Mientras discutimos entre nosotros, otros ejecutan. Con método. Con estrategia. Sin complejos.
La inversión extranjera no es el problema. El problema aparece cuando un país deja de preguntarse quién decide sobre lo esencial, qué condiciones exige y qué intereses protege. Porque atraer capital es sano. Resignarse a ser solo mercado no. Consumimos. Pagamos. Usamos. Pero decidimos cada vez menos. Y quizá uno de nuestros grandes males no esté solo en lo que ocurre hoy, sino en seguir soportando con absoluta normalidad las consecuencias de decisiones estratégicas profundamente equivocadas tomadas hace demasiado tiempo. @mundiario
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