Hay momentos donde la política deja de parecer estrategia y empieza a parecer pleito de mercado. Y Chihuahua está entrando peligrosamente en esa etapa.
La confrontación entre la gobernadora Maru Campos y figuras visibles de Morena como Andrea Chávez y Ariadna Montiel ya dejó de ser una diferencia ideológica. Escaló. Y cuando la política escala emocionalmente, normalmente deja de producir gobernabilidad y empieza a producir ruido.
Ruido mediático.
Ruido partidista.
Ruido digital.
Ruido electoral
Y en medio de ese ruido, Chihuahua se convirtió en un tablero nacional rumbo al 2027. No es casualidad. El estado es estratégico y simbólico. Aquí nació buena parte de la resistencia política del norte contra el centralismo federal.
Las declaraciones de Maru Campos en medios nacionales no fueron menores. Acusó públicamente presuntos vínculos entre personajes de Morena y grupos criminales en regiones de la Sierra Tarahumara. Morena respondió inmediatamente con la narrativa de persecución política y victimización electoral.
Es la lógica moderna de la política mexicana: nadie debate hechos; todos administran narrativas.
Mientras tanto, el caso de los presuntos agentes estadounidenses muertos en territorio chihuahuense sigue creciendo políticamente. La discusión ya no es únicamente si eran o no agentes de agencias norteamericanas. El verdadero problema es la percepción de descontrol institucional.
Porque cuando la ciudadanía escucha palabras como:
CIA, DEA, narcolaboratorios, operativos conjuntos, juicios políticos, y ruptura con Palacio Nacional… lo que interpreta no es diplomacia.
Interpreta caos.
Y en política, la percepción pesa más que los expedientes.
La propia gobernadora reconoció que actualmente no existe comunicación con Palacio Nacional. Eso ya representa un foco rojo serio para un estado fronterizo como Chihuahua.
Pero también hay que decir algo incómodo:
Morena encontró en esta crisis una oportunidad política extraordinaria.
El progresismo moderno necesita enemigos visibles permanentemente. Sin antagonista no hay narrativa. Sin polarización no hay cohesión política.
Eso explica por qué la discusión dejó rápidamente de ser jurídica para convertirse en espectáculo nacional.
¿Se equivocó Maru Campos en hacer una gira de medios como la que hizo por la Ciudad de México, donde visitó a casi todos los programas de comentarios políticos? ¿Qué necesidad tenía de exponerse como lo hizo a preguntas como las que le plantearon los entrevistadores? No todas las preguntas fueron “a modo”. Se notó dónde sí fueron y dónde no. Con uno de ellos inclusive, la tuvieron que corregir por el “regaño” que le propinó “en vivo”, a su ayudantía.
Opino que debió ser más estadista y menos partidista. Un video corto, cuidado, desde su oficina, bien preparada, donde le pudieran corregir y editar los posibles errores surgidos y enviado a los mismos medios a los que fue, le hubiera salido más conveniente y el resultado podría haber sido, hasta mejor. Además, no se hubiera expuesto a la crítica contraria y mordaz que ahora tiene y que circula en redes sociales, vía comunicadores “a modo” al régimen.
Pero, en fin, es sólo es mi opinión y lo que creo. Lo que hubiera recomendado.
Porque cuando un gobernante entra demasiado al terreno del comentario político diario, corre el riesgo de perder investidura. Ya lo he visto suceder.
Y la investidura importa.
Un gobernador no es panelista.
No es influencer.
No es activista digital.
Es jefe de Estado local. Y cuando la figura institucional baja demasiado al lodo partidista, el desgaste llega rápido.
Sobre todo porque las redes sociales no premian precisión; premian emocionalidad. Ahí gana el meme, el clip editado y la indignación instantánea.
Mientras tanto, el ciudadano común sigue enfrentando violencia, incertidumbre, desempleo y polarización política.
Y cuando los políticos viven pensando únicamente en la siguiente elección, dejan de pensar en el siguiente problema real de la población.
Ahí comienza el deterioro. Porque la política deja de gobernar y empieza solamente a competir. Y eso es, El Meollo del Asunto.