Es muy reveladora la forma en que las autoridades sanitarias mexicanas responden frente a amenazas epidemiológicas potencialmente complejas. Porque si bien apenas aparece un brote relevante en alguna parte del mundo y todos están buscando respuestas, en México aparecen inmediatamente los comunicados tranquilizadores: “Estamos preparados para actuar”, “contamos con protocolos”, “tenemos laboratorios especializados”, “mantenemos vigilancia activa” y “estamos trabajando coordinadamente”. Todas frases impecables en el papel. El problema es que para cualquiera que conozca mínimamente la realidad cotidiana del diagnóstico en México, el discurso suena más a un acto de fe administrativa, que a certidumbre técnica.
Una cosa es tener comunicados oficiales optimistas y otra muy distinta el tener capacidad operativa real. Justamente ahí empieza el problema, pues el sistema diagnóstico mexicano lleva años arrastrando deficiencias estructurales inocultables para quienes trabajamos dentro del sector: desabastos recurrentes, equipos obsoletos o en mal estado, procesos logísticos rotos, redes de referencia fragmentadas, tiempos de respuesta prolongados y calidad analítica tremendamente heterogénea. Pero, aun así, frente a amenazas extraordinarias como el Hantavirus o el Ébola (o cualquier otro evento emergente) súbitamente aparece esa narrativa de una “red preparada” que está lista para entrar en acción. Francamente, estimado lector, me cuesta no reaccionar con cierto sarcasmo.
Hemos sido testigos de que las enfermedades de alto impacto no responden a conferencias de prensa o frases esperanzadoras. Se controlan con tiempos de respuesta reales, diagnóstico rápido y confiable, descentralización funcional, bioseguridad cabal, transporte adecuado y personal entrenado. El control es con sistemas coordinados que funcionen más allá de un protocolo genérico redactado en un escritorio institucional.
Lo peor y más preocupante es que no hablamos exclusivamente de Ébola. Este padecimiento es apenas el símbolo más reciente de algo mucho más denso: la fragilidad estructural de nuestro sistema de salud que opera siempre al límite incluso en condiciones “ordinarias”.
Cualquier enfermedad transmisible relevante (respiratoria, gastrointestinal, vectorial o emergente) tiene el potencial de tronar las costuras rotas del sistema.
Hay un contexto peculiar que se avecina con el mundial de fútbol que no ayuda precisamente a tranquilizar, pues habrá movilidad internacional masiva, ajetreo aeroportuario, desplazamiento de miles de personas entre ciudades, hospitales tensionados y servicios de salud ya operando bajo presión. Es más, las propias autoridades han emitido alertas por altas temperaturas (otra variable adversa más), pero parece que seguimos abordando los riesgos sanitarios como eventos aislados y no como sistemas complejos donde las vulnerabilidades múltiples se amplifican en simultáneo.
En este tenor, por citar ejemplo, el calor no significa solo personas deshidratadas, sino hospitales más saturados, más enfermedades gastrointestinales, agotamiento de personal, estrés logístico y mayor presión sobre los sistemas diagnósticos que de por sí difícilmente logran mantenerse estables en tiempos normales. Súmele a esto un potencial brote transmisible relevante y el resultado podría ser un problema mucho más grande de lo que los comunicados oficiales podrían imaginar.
Ahora bien, aquí aparece un elemento incómodo: la dependencia institucional de “la inocurrencia de lo improbable”, en otras palabras, el sistema parece sostenerse no por fortaleza estructural, sino porque afortunadamente muchas veces el “peor escenario” simplemente no ocurre. Lo preocupante es que cuando en efecto “no pasa nada”, las autoridades lo interpretan como una evidencia retrospectiva de éxito y para ellos “todo estuvo bajo control”, como si la no materialización de la catástrofe fuera una prueba inequívoca de preparación y no el simple resultado de probabilidades que jugaron a favor.
Este es el peligro de la gestión sanitaria reactiva, el de confundir desenlaces afortunados con sistemas resilientes. Porque un sistema fuerte no depende de la suerte, de que un virus no llegue, de que el brote no escale o de que la logística milagrosamente no colapse. Un sistema fuerte se construye con inversión sostenida, descentralización diagnóstica, calidad analítica verificable, logística robusta y capacidad de atender presión extraordinaria.
Las soluciones las conocemos, pero también sabemos (con el realismo brutal con el que vemos operar diariamente el sistema) que probablemente no ocurrirán ni en la magnitud o tiempo necesarias. Es de anticipar que seguiremos dependiendo de lo que históricamente parece no escasear en el sistema de salud mexicano: los comunicados optimistas.
Ahora bien, mientras la suerte siga acompañando al sistema, seguiremos escuchando que “todo estuvo siempre bajo control”, cuando en realidad, quizá lo único que ocurrió fue que una vez más, el azar decidió ponerse del lado de la gente.
*Dr. Juan Manuel Cisneros Carrasco, Médico Patólogo Clínico. Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor universitario y promotor de la donación voluntaria de sangre.