"La tarde se funde mansamente en gris sobre la acera y las tapias del cementerio parroquial. Una muchedumbre vaporosa se ha ido congregando al borde de la carretera, y colma con su estupor la soledad del paraje. Levantan el puño y la cantan". (pág. 169)
Comenzar el Olvido (Reino de Cordelia), la nueva novela de Pepo Paz, penetra en los entresijos de una zona límbica de nuestra memoria democrática, esa que queda al margen de los episodios históricos emblemáticos, los más manidos como material literario para toda clase de épicas. Sabedor de esto, Pepo hace otra cosa, indagar en los años de la Transición donde la desigualdad económica, el chabolismo, la lucha de clases, el ostracismo y la violencia como única estrategia de persuasión construyen el horizonte en el que anidan unos personajes, los suyos, a los que la vida no empuja hacia adelante a la velocidad que querrían, sino que los retiene en esa especie de espera o impasse: "La memoria de Manu empieza a despejar la bruma que separa los recuerdos de infancia de la vida adulta a la velocidad con la que un avión atraviesa, en su ascenso, la capa de nubes tras despegar del suelo. Se le viene a la cabeza la evocación del revuelo que generó el crimen y, también, el misterio que envolvía el caso; igual que un olor añejo que se filtra desde una estancia clausurada largo tiempo, rememora que, semanas después del suceso, (...)". (pág. 223).
El hallazgo de un cadáver en Hortaleza y la muerte de una manifestante años después a causa de una carga policial imponen la intrahistoria como forma de categorizar la Transición, su marchamo, la raigambre también, esa España que, abocada a un exilio interior durante tanto tiempo, parece despertar con el convencimiento de que no se puede normalizar la represión dentro de un espacio público en el que los seres humanos han de participar para precisamente ser eso: humanos. Las dos muertes permiten a Pepo hacer una revisión histórica a través de un costumbrismo exquisito que entra en las casas, en los talleres y en los dormitorios para ofrecernos dos tipos de conducta colectiva que representan personajes como Manu o Mónica: seguir la bonhomía del carpe diem o asumir la resignación, el hecho de no rebelarse, de aguantar el tipo, ver simplemente la vida pasar: "Manu mastica mientras reflexiona en silencio, como si estuvieran hablando de otro. Vivir la vida. Carpe diem". (pág. 131)
En la novela de Pepo, se describe con meticulosidad la inercia de unos tiempos que no renuncian a ser virulentos en ocasiones y ahí radica desgraciadamente el empuje de cada personaje hacia una historia personal que se va pergeñando desde la incertidumbre.. Nada está a merced de la solidez, de la protección, de la seguridad de que todo puede evolucionar hacia las libertades. La muerte de dos mujeres tiene culpables, culpables amparados en el poder y anclados en un sistema policial que no tiene tan claro las ventajas de la democracia: "La pasma no tiene mucho prestigio intelectual. Aunque también eso pudiera ser una equivocación, infravalorar al enemigo, sus capacidades, sopesa.(...)Una ráfaga de aire fresco que auguraba un inequívoco signo de apertura, aunque la realidad del día a día en las calles, en la cárcel y las fábricas se encargase luego de desmentir el espejismo. La represión, dura. El ogro, debilitándose". (págs. 95-96).
Pepo comunica perfectamente el miedo interiorizado, la autocensura incluso, la perplejidad de una sociedad civil que quiere buscar nuevos asideros para prosperar, pero que el terrorismo y esa autocracia atravesada todavía por fuerzas del orden y judicatura hacen que cualquier atisbo de mejora sea quimérico. En la tesitura de este escenario, arraiga un lenguaje que recuerda la narrativa de posguerra. Hay un mimo en el adjetivo y en frases que hilvanan detalles profusos de acciones cotidianas que van redefiniendo la conducta de los actores. No hay complacencia en ofrecer un texto que sencillamente fluya sin ninguna clase de reparo. Pepo sabe que algo así no deja huella cuando se trata de reivindicar el precio de la libertad conseguida después de una dictadura tan duradera como acomodaticia. Por esta razón, recurre a modelos narrativos que cultivan Ayala, Delibes o Guelbenzu: "Pedro olió el tufo a lejía en tierra humedecida y vio, en un rincón, un cubo vacío a cuyo alrededor iba a remansarse una ola minúscula de espuma blanca, con las pompas de arcoíris que crecían y explotaban a voleo". (pág. 49).
Ese extrañamiento a través de un lenguaje elaborado, que no prescinde del barroquismo, incrementa la dosis de deshumanización en la que se sumen los personajes, como si fuesen objetos, enseres, partes que construyen el paisaje demoledor del abandono y la confusión. En una entrevista a Culturamas con Sonia Aldama, Pepo es claro en las convicciones que lo han llevado a escribir esta novela. Responde así a una de las preguntas: "A Mariluz Nájera la conocí en el banquete de una primera comunión en el año 76. Era una joven vitalista, alegre, con la cabeza repleta de proyectos. Media año después nos sacudió la noticia de su muerte por el impacto de un bote de humo disparado por la policía armada en la (entonces) Avenida de José Antonio, junto al cine Rialto y la calle Libreros. Estaba claro que la voz de Manu era la herramienta narrativa para encajar ambos sucesos en el mecanismo de Comenzar el olvido".
Es valiente este ejercicio narrativo que penetra en el guerracivilismo encubierto de unos tiempos en los que la política empieza a olvidar a los cadáveres, los expolios, los ajustes de cuentas, las masacres. Porque la democracia debía asentarse en una especie de vaguedad donde no era preciso distinguir entre víctimas y verdugos. Demasiados años de dictadura para no pasar página cuanto antes. Qué injusto. Comenzar el olvido es la oportunidad de no escatimar que, en ocasiones, la memoria a través de la escritura puede paliar los efectos traumáticos de un duelo que no termina de abandonarnos. Enhorabuena, Pepo. @mundiario