Ciudad Juárez.- Durante nueve años, Cristina Coronado Flores no solo ha atestiguado el dolor y las necesidades de miles de personas que han llegado a la frontera desde diversas partes del mundo, también ha significado un apoyo a sus diversas necesidades y se ha convertido en una voz contra las políticas migratorias de México y Estados Unidos.
Por ello, la coordinadora del Ministerio para Migrantes de la Sociedad Misionera de San Columbano en Ciudad Juárez fue homenajeada ayer por la organización estadounidense Casa Anunciación, como “Testigo de la Frontera”, durante el evento “La voz de los sin voz”, en una cena en la que se reconoció a las personas defensoras de los derechos humanos y recaudó fondos, a la vez, para los programas de ayuda a migrantes y refugiados.
Después de haberse suspendido durante la pandemia y debido a las represiones del gobierno de Texas en contra de Casa Anunciación, este sábado la congresista Verónica Escobar recibió el galardón “La voz de los sin voz”, mientras que el obispo de El Paso, Mark Seitz, fue reconocido como “Maestro de la Justicia” y Cristina Coronado Flores como “Testigo de la Frontera”.
De acuerdo con Casa Anunciación, el premio anual, que comenzó en 2003, es un reconocimiento a las personas valientes que aceptan el llamado a trabajar, luchar y testificar en nombre de los más vulnerables, quienes “a través de su trabajo y acciones, estas personas dan voz a los pobres y a su profundo anhelo de ser escuchados y liberados”.
Aunque su colaboración con las personas migrantes comenzó hace 16 años en El Paso, hace nueve años Cristina se unió al ministerio católico en Ciudad Juárez y, en octubre de 2022, abrió las puertas de “El comedor de la Catedral”, el cual desde entonces se ha convertido en un espacio seguro y con distintos servicios para quienes han llegado a la frontera, la mayoría con la esperanza de llegar a Estados Unidos, aunque cientos buscan actualmente refugio en México.
Su atención, interés y calidez han propiciado que, aunque es una persona laica, muchos migrantes le llamen “madre”, le confíen sus historias de vida, sus miedos y vean en ella una esperanza frente a las dificultades que representa la migración.
“Para mí, más que un reconocimiento al trabajo, porque el trabajo es de mucha gente, yo lo veo como una responsabilidad mayor todavía. El ser premiada, ser visibilizada, implica más responsabilidad, porque yo estoy, en algún sentido, invisible y luego alguien viene y pone mi trabajo público, y eso es más responsabilidad”, confesó la activista.
Destacó que el premio que se le entregó en el salón Amistad de la iglesia católica San Juan Pablo II, ubicada en el número 518 de la calle Gallagher, en El Paso, reconoce el trabajo de mucha gente y les ayuda a sentir que están haciendo las cosas bien.
“Nos empuja a estar más presentes y más atentos en todo lo que está pasando”, compartió la mujer que, con apoyo de un grupo de voluntarios, personas migrantes a las que ha empleado y organizaciones no gubernamentales, ha podido ofrecer un plato de comida caliente, despensa, asesoría legal, atención médica y psicológica, apoyos educativos y laborales, canalizaciones a dependencias oficiales e incluso apoyo para el pago de una noche de hotel o de la renta mensual a familias en severa vulnerabilidad.
En 2022, el ministerio tenía un programa de apoyo con despensas y hospedaje temporal para personas de Haití en la ciudad, pero en octubre de ese mismo año Estados Unidos comenzó a expulsar a cientos de venezolanos bajo el Título 42, y se dio cuenta de una necesidad básica que tenían: la alimentación, por lo que comenzó a apoyarlos con 30 a 40 burritos o sándwiches diarios.
“Había personas en la calle, y ella le pide al padre (Eduardo) Hayen (párroco de la Catedral) si nos puede prestar este espacio, y esto evolucionó. Los primeros meses aquí no era comedor; eran abogados de Estados Unidos y de México que ayudaban a la gente en sus trámites para poder cruzar o poder seguir aquí en México. Luego los haitianos querían aprender español y Cris se comunicó con la UACJ, y luego llegó el tiempo de los venezolanos”, relató el sacerdote misionero de San Columbano de origen estadounidense, Guillermo Morton, párroco de la iglesia Corpus Christi en Anapra.
Un mes después ya eran 100 las personas que acudían a comer diariamente a las oficinas de la Catedral de Nuestra Señora de Guadalupe; en diciembre ya eran 300 personas y, en 2023, el comedor llegó a dar alimento hasta a más de mil personas cada día.
Miles de personas de Venezuela que llegaban a bordo del tren de carga conocido como “La Bestia”, mexicanos desplazados por la violencia y miles más provenientes de países como Guatemala, El Salvador, Honduras, Ecuador, Nicaragua, Haití, Cuba, Perú, Colombia, Brasil, e incluso de lugares de África, de India y alguna persona de Afganistán, han caminado por las calles de Juárez para llegar hasta el comedor que se convirtió en su lugar seguro.
“Llegaban de los trenes, sucios, con hambre, y siempre la filosofía de Cristina, su espiritualidad, fue nunca imponer nada, solo lo que necesitaban los migrantes; entonces, poco a poco, fue comida, albergues, hubo trabajo con Inami (Instituto Nacional de Migración), con OIM (Organización Internacional para las Migraciones), colaborando con nosotros para el transporte a los albergues”, recordó el religioso.
Luego, “la gente comenzó a quedarse más tiempo y necesitaba despensas para llevar a su casa; después, cosas de educación, uniformes, mochilas, inscribir a sus niños. Hasta que el 20 de enero de 2025, cuando comenzó la administración de Trump, la gente tuvo que decidir quedarse aquí o regresar a su propio país”, agregó.
Frente a los cambios de gobiernos y las distintas políticas migratorias de Estados Unidos y México, la activista tuvo que levantar la voz, pero también extender sus alianzas para poder ofrecer apoyo integral a las personas migrantes, como ocurre con quienes decidieron quedarse tras el cierre de la frontera de Estados Unidos a los solicitantes de asilo.
“De verdad que estoy muy agradecida, primeramente con Dios y con doña Cristina, porque nos ha dado mucho apoyo en alimentación, pañales para la bebé, pude entrar al bordado y estoy en una casa de acogida”, compartió la venezolana Lesbia Hernández, quien hace más de un año llegó a Ciudad Juárez con sus hijas de uno, 10 y 20 años, y desde entonces acude al comedor de la Catedral.
Desde hace nueve meses, Lesbia también forma parte del programa de bordado, con lo que ha podido apoyarse económicamente, ya que se les enseña a bordar mientras comparten sus sueños y posibles caminos para seguir adelante, y luego se les compra cada pieza para crear bolsas y monederos.
El sacerdote estima que el equipo al frente de Cristina actualmente apoya a alrededor de mil personas, desde recién nacidos hasta adultos mayores, con el fin de apoyar su integración en la ciudad.
“Cristina siempre hace todo lo posible para apoyar su bienestar y vincular a las personas, para integrarlas en una sociedad con bastante violencia… Este es un lugar seguro para ellas, y Cristina es una voz profética. Si está la policía agrediendo a los migrantes, ni por un momento ella va a esperar; ella va a intervenir para defender los derechos de los migrantes. Por eso ella es ‘Testigo de la Frontera’”, destacó Morton.
Para ella, “es un reconocimiento que es para mucha gente; esto no existiría si no hubiera mucha gente apoyando de muchas maneras, han sido miles, miles. Yo puedo contar que han sido arriba de 12 mil personas atendidas, y esto no se puede hacer más que con un equipo así; es un equipo de Dios”.