
A estas alturas ya debería quedar claro que Vladimir Putin es un psicópata. La noche del sábado, mientras buena parte del mundo dormía, Rusia hizo de Kiev un infierno. Con noventa misiles y cientos de drones, las fuerzas rusas atacaron objetivos civiles: escuelas, estaciones de metro, mercados. La histórica oficina de correos en el Maidán, la plaza donde los ucranianos defendieron su democracia, quedó reducida a escombros.
Lo más ominoso fueron los métodos. Por tercera vez en la guerra larga, brutal e injustificable que comenzó contra Ucrania hace cuatro años, Putin recurrió al Oreshnik, un misil hipersónico que, según el propio Putin, se desplaza “como un meteorito” y puede penetrar con una fuerza comparable a la de un arma nuclear convencional.