El mercado laboral español llevaba décadas atrapado en una paradoja: millones de contratos firmados cada año y, sin embargo, una sensación persistente de fragilidad. La reforma laboral de 2021 prometía cambiar esa dinámica, pero el debate pronto se polarizó: ¿se trataba de una mejora real o de un simple maquillaje estadístico? Ahora, un nuevo análisis introduce un giro relevante en esa discusión.
El estudio del centro de investigación Iseak aporta una conclusión clara y, a la vez, incómoda para quienes defendían que nada había cambiado en esencia: los contratos duran más. Es decir, la estabilidad no solo ha mejorado sobre el papel —con más indefinidos—, sino también en la práctica, con relaciones laborales menos efímeras.
El hallazgo no es menor. En un país donde la temporalidad ha sido durante años una de las principales fuentes de desigualdad, cualquier indicio de consolidación merece atención. Pero el propio estudio introduce un matiz clave: este avance no puede explicarse únicamente por la reforma. El contexto económico expansivo también empuja en la misma dirección.
En otras palabras, España está viviendo una coincidencia poco habitual: cambios normativos y viento económico a favor. Y distinguir cuánto corresponde a cada factor es, por ahora, una tarea pendiente.
La duración como nueva medida de calidad
Durante años, el debate laboral se centró en el tipo de contrato. Temporal o indefinido. Precario o estable. Pero el análisis de Iseak cambia el foco: lo importante no es solo cómo se llama el contrato, sino cuánto dura realmente.
A través de un análisis de supervivencia —una herramienta estadística que mide la probabilidad de que un contrato siga activo con el paso del tiempo—, los investigadores detectan una mejora consistente desde la entrada en vigor de la reforma. Los contratos iniciados tras 2021 tienen menos probabilidades de extinguirse en sus primeros meses de vida.
Este dato, aparentemente técnico, tiene implicaciones profundas. La estabilidad laboral no es solo una cuestión contractual: condiciona decisiones vitales, desde independizarse hasta formar una familia o invertir en formación. Un contrato que dura más es, en términos sociales, un ancla.
Menos temporalidad, pero no sin sombras
La reforma logró uno de sus objetivos más visibles: reducir el peso de la temporalidad. En apenas unos años, el porcentaje de asalariados con contratos temporales cayó de forma significativa. Pero el estudio advierte de que la precariedad no ha desaparecido, sino que en parte se ha transformado.
Los contratos fijos discontinuos, por ejemplo, han ganado protagonismo. Y aunque formalmente son indefinidos, su estabilidad real puede ser limitada en función de la actividad. Algo similar ocurre con ciertos contratos temporales, cuya corta duración apenas ha variado.
El resultado es un mercado laboral más complejo, donde las etiquetas tradicionales ya no bastan para entender la calidad del empleo.
El cambio silencioso en los indefinidos
Uno de los hallazgos más provocadores del informe es que los contratos indefinidos duran ahora menos que antes de la reforma. A primera vista, parece una contradicción. Pero la explicación apunta a un cambio estructural.
Antes de 2021, acceder a un contrato indefinido era casi un privilegio reservado a perfiles más consolidados. Hoy, ese tipo de contrato se ha democratizado. Personas que antes encadenaban temporales ahora firman indefinidos desde el inicio.
Esto amplía el acceso, pero también introduce más heterogeneidad. No todos los contratos indefinidos son igual de sólidos, y eso reduce su duración media sin implicar necesariamente un empeoramiento individual.
Los colectivos que más ganan
El estudio señala que la mejora en la estabilidad no se reparte de forma uniforme. Los mayores beneficiados son precisamente los colectivos que históricamente han sufrido más precariedad: jóvenes, mujeres y trabajadores extranjeros.
En el caso de las mujeres, por ejemplo, la probabilidad de que sus contratos se mantengan activos ha aumentado más que en los hombres. Sin embargo, la brecha de género persiste, recordando que los avances, aunque reales, siguen siendo insuficientes.
También sectores tradicionalmente volátiles, como la hostelería, muestran mejoras destacables. Es una señal de que la reforma ha tenido impacto incluso en los segmentos más frágiles del mercado laboral.
Entre la reforma y el ciclo económico
El propio estudio evita caer en triunfalismos. La mejora en la duración de los contratos coincide con un periodo de fuerte crecimiento del empleo en España. Y eso introduce una duda razonable: ¿qué parte del avance se debe a la reforma y cuál al contexto?
Sin un análisis contrafactual —es decir, sin poder comparar con un escenario donde la reforma no hubiera existido—, la respuesta sigue abierta. Pero lo que sí parece claro es que ambos factores están operando al mismo tiempo. Esta ambigüedad no resta valor al resultado, pero sí obliga a interpretarlo con cautela.
Lo que aún queda por resolver
Pese a los avances, el mercado laboral español sigue mostrando signos de fragilidad. Muchos contratos continúan extinguiéndose en sus primeros meses, y el uso del tiempo parcial sigue siendo una fuente de inestabilidad.
El estudio apunta, además, a la necesidad de orientar las políticas públicas hacia los sectores donde los contratos tienen mayor supervivencia. No basta con crear empleo: importa —y mucho— cuánto dura.
La reforma laboral ha cambiado las reglas del juego. Pero el partido, lejos de terminar, apenas ha entrado en una nueva fase. @mundiario