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El Financiero 28 May, 2026 01:36

La ética de la Conquista

En la defensa de la Conquista y los conquistadores se argumenta que las críticas a los actos de violencia de entonces se juzgan con los valores éticos de hoy. Se sostiene, por ejemplo, que las prácticas tributarias de España sobre los indígenas no eran fundamentalmente distintas a las de los aztecas sobre otros pueblos americanos.

En la ocupación del actual México, los conquistadores mataban y esclavizaban como formas básicas de dominio, al tiempo que violaban y robaban bienes materiales de todo tipo. Sin duda, estas prácticas no se utilizaron por primera vez en este proceso. Sin ir más lejos, recién los reyes católicos las habían desplegado a plenitud durante la toma de Granada, concluida en 1492, y ocho siglos antes, el conquistador árabe había hecho lo mismo al ocupar casi todo el territorio de la actual España. Sin embargo, en ninguno de los tres casos estos actos fueron considerados éticamente neutros, y mucho menos virtuosos, en los tiempos en que ocurrieron. Así lo exhiben los relatos de los peninsulares sometidos a dominio musulmán, desde los mozárabes; de los musulmanes expulsados durante la reconquista; de los indígenas invadidos, e incluso de españoles críticos de las prácticas de los conquistadores. Reprobar esos actos de violencia no es un anacronismo, no es juzgar lo pasado con concepciones contemporáneas; es tomar partido con los que desde entonces y hasta ahora, han rechazado el ejercicio de la violencia como instrumento de dominación social.

Hugo García Valencia, mi gran maestro de antropología y un tanto de la vida, dice que tal vez los españoles defensores de los conquistadores de América defiendan también a los conquistadores árabes y, con la ironía que le es propia, propone que México levante un monumento a éstos, por sus méritos al civilizar a los bárbaros ibéricos del siglo VIII.

Su reflexión me parece esclarecedora. Argumentos idénticos a los españolistas, que exculpan cualquier atrocidad de la conquista en virtud de que de ella derivó el México que vivimos, se pueden presentar en favor de la ocupación musulmana de la Península Ibérica. A la presencia lingüística del árabe en el español, los topónimos y la gastronomía, se pueden agregar las matemáticas y la arquitectura. Pero a nadie, o tal vez a casi nadie, en España se le ocurre reivindicar el mérito de la violencia de la conquista árabe por esos legados, ni se le ocurre que se deba reconocimiento o agradecimiento a aquellos invasores. Y esto es así justamente porque las atrocidades de las conquistas nunca han sido consideradas como parte normal de la vida y exentas de calificación moral ni por quienes las sufrieron ni, en realidad, por quienes las practicaron: cuando al desplazar a un pueblo indígena, en una larguísima y demoledora caminata, un español mataba a un niño con una puntilla, para que no atrasara el paso, el asesino no consideraba que su acto fuera correcto, simplemente no le importaba actuar de una manera que sabía inhumana y repugnante, y tenía clara conciencia de su absoluta impunidad.

Que las esas cosas se hayan hecho recurrentemente no las hace ni debidas ni exentas de ser juzgadas. Que algo se pueda hacer no significa que esté bien hacerlo, solo significa eso, que puede hacerse (ya nos lo explicaban los Beatles una y otra vez, No hay nada que puedas hacer/que no pueda ser hecho). Rociar personas con armas químicas, incendiar poblados, bombardear, torturar, matar, desterrar, son prácticas generales de abuso de gobiernos sobre pueblos que ocurren en el siglo XXI. Eso no significa ni que hoy estén bien, ni que hoy sean aprobadas, ni que dentro de tres, cinco u ocho siglos no puedan ser juzgadas como atrocidades.

Infligir dolor humano como estrategia de dominación era inaceptable ayer, lo es hoy y lo será mañana. Acá o allende los mares.

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