La muerte de Josefina Molina este sábado en Madrid a los 89 años no es solo la despedida de una directora, sino el cierre de una etapa decisiva en la historia cultural de España. Con ella desaparece una de las voces que, desde dentro de la industria, cuestionó las estructuras de poder, desmontó estereotipos y abrió una grieta irreversible para las mujeres en el audiovisual.
Nacida en Córdoba en 1936, en plena Guerra Civil, Molina creció en un país donde las mujeres estaban condenadas a ocupar papeles secundarios, también en el relato cinematográfico. Pero su vocación —despertada tras ver El río, de Jean Renoir— no se conformó con la contemplación: quiso dirigir, escribir, narrar desde su propia mirada. Y lo hizo.
En 1969 se convirtió en la primera mujer en graduarse en dirección en la Escuela Oficial de Cine, un hito que, leído hoy, sigue teniendo algo de anomalía histórica. No era solo una conquista personal, sino un acto de resistencia en una industria diseñada por y para hombres.
Su entrada en Televisión Española marcó el inicio de una carrera sólida como realizadora. Desde allí, Molina comenzó a demostrar que otra narrativa era posible. Su adaptación de La metamorfosis, de Franz Kafka, o la serie Teresa de Jesús, protagonizada por Concha Velasco, evidenciaron una sensibilidad distinta: personajes femeninos complejos, lejos de los moldes tradicionales. Pero fue en el cine donde su voz alcanzó una dimensión más radical.
La revolución íntima de contar desde dentro
En 1981, Molina firmó Función de noche, una obra que desbordó cualquier etiqueta. A medio camino entre documental y ficción, la película retrataba la relación real entre Lola Herrera y Daniel Dicenta tras su ruptura. Lo que podría haber sido un ejercicio de voyeurismo se convirtió en una exploración descarnada de las emociones, el fracaso y los roles de género.
Era, en esencia, una revolución silenciosa: poner en primer plano lo íntimo como campo político. Mostrar lo que el cine tradicional había ocultado. Dar voz a lo que no se decía.
Ese gesto resume buena parte de su obra: una insistencia en que las mujeres no solo debían aparecer en pantalla, sino contar sus propias historias.
Más allá del cine: una militancia cultural
El compromiso de Molina no se limitó a sus películas. En 2006 impulsó la creación de la CIMA, una plataforma clave en la lucha por la igualdad en el sector audiovisual. Su papel fue fundamental para visibilizar una brecha estructural que durante décadas había sido normalizada.
A través de su activismo, Molina ayudó a transformar una reivindicación individual en una causa colectiva. Su legado, en este sentido, trasciende su filmografía: está en cada directora que hoy encuentra menos obstáculos para levantar un proyecto.
El reconocimiento a una trayectoria irrepetible
Los premios que recibió —el Goya de Honor en 2012, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes o el Premio Nacional de Cinematografía— no fueron concesiones simbólicas, sino el reconocimiento tardío a una figura imprescindible.
Sin embargo, su verdadera importancia no radica en los galardones, sino en el cambio de paradigma que ayudó a impulsar. Molina no solo hizo cine: transformó la forma de entender quién puede hacerlo y desde dónde.
Con su muerte, España pierde a una creadora fundamental, pero su influencia permanece. Porque cada historia contada por una mujer en el cine español lleva, en alguna medida, la huella de Josefina Molina. @mundiario