Veo mucha falta de agradecimiento. No hemos dedicado la humildad y el tiempo suficiente para que nuestra ciudad se desarrolle. Hola, mis queridos lectores. Pues resulta que aquí estamos de nuevo, como cada quince días, compartiendo un espacio para la reflexión y el encuentro. Hoy me dio por hurgar entre mis cosas y saqué un lápiz que me encontré por ahí tirado. Al intentar usarlo, me di cuenta de que requería punta, así que busqué un sacapuntas y comencé a detallarlo. Al primer trazo sobre el papel, descubrí que no era un lápiz común de oficina; era un lápiz de carbón puro, de esos que utilizan los artistas en los mercados de turistas para dibujar caricaturas singulares, esas donde te exageran los rasgos y te ponen unos dientotes, u orejotas, o cachetotes. Me puse a escribir de inmediato pero por accidente tallé con mi mano las líneas escritas y lo que quedó fue un horrible borrón oscuro en el que ya no podía leerse nada. El resultado de este ejercicio me transportó directo a la memoria de una palabra que, lamentablemente, pocos reconocen hoy en día como un defecto: la ingratitud.
¿Qué sucede con la ingratitud en nuestros tiempos? Como siempre les platico en estas líneas, me gusta evocar las anécdotas que viví con un abuelo mío. En aquellos años de mi infancia, yo solía acompañarlo fielmente a hacer sus compras a El Otro Lado. Aunque las filas del puente internacional en esa época no eran, ni de cerca, las aglomeraciones monumentales que sufrimos hoy en día, el trayecto siempre nos alcanzaba perfectamente para entablar una charla constructiva, de esas que te marcan para siempre. Mi abuelo se detenía, me miraba fijamente y me decía con total seriedad: "Mira, Marcelo, en la vida nunca hay que ser ingratos. Nunca debes olvidar quién te apoya en los momentos difíciles o en los momentos que necesitas para consumar un acto; siempre tienes que apoyar firmemente a tus padres, a tus hermanos y a toda tu familia, porque la ingratitud es la actitud más terrible y baja que puede expresar una persona".
Si lo analizamos en términos estrictamente humanos, la ingratitud es la falta absoluta de reconocimiento, aprecio o reciprocidad por un beneficio, favor o acto de bondad recibido de corazón. Implica olvidar de manera deliberada o menospreciar el esfuerzo y la ayuda de los demás, siendo considerada socialmente como una de las posturas más hirientes y destructivas dentro de las relaciones humanas. Incluso, si acudimos a las Sagradas Escrituras, la Biblia define la ingratitud como un pecado de orgullo, olvido y rebeldía que consiste en negarse a reconocer la soberanía, la bondad y las bendiciones constantes de Dios. No se trata de un simple descuido de buenos modales o de etiqueta social, sino de una actitud espiritual verdaderamente peligrosa que va endureciendo el corazón y aleja irremediablemente al ser humano de su Creador. Ya lo advertía con claridad el pasaje de Deuteronomio 8:11-17, señalando el peligro de que, una vez saciados, con casas cómodas, riquezas multiplicadas y abundancia de plata y oro, el hombre se vuelva orgulloso y olvide al Señor su Dios y el origen de sus bendiciones.
A veces, el ser humano pierde la memoria con una facilidad pasmosa; olvida por completo de dónde viene o cómo empezó su camino desde abajo. Esta semana en particular, he tenido la fortuna de asistir a una serie de convivios y reuniones sociales en los cuales me he reencontrado con amigos de muchos años, entrañables camaradas desde la infancia, así como con nuevos amigos de apenas días y meses de trato. Bueno, yo no soy quién para juzgar a nadie, ni vengo aquí a revisar meticulosamente qué hace cada quien o cómo decide ser, porque no debemos olvidar que la humanidad es un abanico inmenso de pensamientos y cada persona es un universo. Les platico esto porque en estas reuniones recientes me he topado de frente con ese abanico de posturas encontradas. El punto central aquí no es que uno vaya por el mundo exigiendo agradecimientos o aplausos, sino observar con detenimiento las actitudes reales de las personas.
Mientras estas ideas daban vueltas en mi mente, yo seguía escribiendo con fuerza sobre la hoja, guiando mi puño con ese lápiz de carbón que me encontré. Y me dije a mí mismo: mira qué casualidad, destino o cuestión de la vida. Así como a muchas de las personas que me encontré en estos días se les olvidan por completo los hechos sucedidos en el corto plazo, de la misma manera se venía desvaneciendo el texto bajo mi propio puño. Al arrastrar la mano sobre la hoja de papel, iba borrando las letras de lo que venía escribiendo con tanto esmero, y en su lugar solamente venía quedando una enorme mancha oscura. Yo supongo que exactamente así les queda a las personas ingratas, dentro de su propio razonamiento y conciencia, una mancha oscura y densa, ya que en la profunda oscuridad no hay mucho que ver, y mucho menos se alcanza a comprender la luz de la nobleza. Me dio un tanto de tristeza confirmar las palabras que, en algún momento hace ya cincuenta años, me recomendó y me confirmó ese abuelo sabio, quien hablaba por pura experiencia, solvencia moral y madurez espiritual. A pesar de todo, tenemos que continuar el camino sin endurecer las formas ni los modos; hay que echar atrás y superar todo detalle adverso que sucede en el día a día de la vida, aunque este nos traiga ingratitudes.
Llevando este tema de la gratitud e ingratitud al plano de nuestro entorno actual, me puse a pensar profundamente en los empresarios de Juárez y en lo ingratos que hemos sido colectivamente con esta noble tierra de enorme riqueza y oportunidades sin fin. Hemos permitido, con una ingratitud pasmosa, que la ciudad crezca de forma desordenada y caótica, sin dedicarle una parte justa de “nuestro valioso tiempo” a la tarea de crear, conciliar y ejecutar un plan estratégico para un sano crecimiento de Juárez.
Soy un convencido absoluto de que una forma genuina de mostrar verdadera gratitud a nuestra querida ciudad sería consolidar un sector empresarial unido, fuerte, situado mucho más allá de los egos personales o corporativos. Si logramos esa unión, juntos podríamos pugnar con firmeza por tantas y tantas cosas que nos han ido robando con los años, como esa facilidad y certeza para hacer negocios lícitos que mi abuelo siempre disfrutó en su época.