Por antonomasia, el Museo Dolores Olmedo es un espacio vivo o, mejor dicho, en movimiento, de manera mitológica y también literal.
Este conjunto de edificios que comprenden la Antigua Hacienda de La Noria —uno de los traslapes arquitectónicos de Xochimilco, nacido en el siglo XVI como una construcción de frailes para sus labores de evangelización, pero con añadiduras posteriores, sobre todo de los siglos XVIII y XX— está asentado en las faldas del Cerro Tzomolco, donde la cultura xochimilca realizaba sus rituales del Fuego Nuevo, la ceremonia prehispánica más importante del Valle de México, efectuada cada 52 años y no exenta de sacrificios humanos.
En náhuatl, Tzomolco significa “cerro que se desgaja”. Y efectivamente, allí el terreno está en constante degradación. La tierra se desplaza paulatinamente, imperceptible pero inevitable, hacia abajo y en diagonal, provocando que el conjunto tenga hoy patios con distintos niveles, cuando hace menos de un siglo estaban a la misma altura.
Así lo relata el propio museo con las decenas de fotografías exhibidas en su interior, tomadas en distintos periodos y donde es fácil comprobar que el recinto no solamente amaga, sino que se mueve realmente.
Esta cualidad también fue corroborada durante el recorrido previo a la reapertura del Museo Dolores Olmedo, efectuada el sábado tras mantener cerradas sus puertas por prácticamente seis años y después de un intento fallido para trasladar el acervo a una nueva sede en Aztlán, en Chapultepec; un acervo iniciado por la mecenas María de los Dolores Olmedo Patiño y Suárez (1908–2002), artífice de la colección más importante de obras de Frida Kahlo y Diego Rivera, integrada tanto por piezas emblemáticas como por otras poco conocidas de ambos artistas.
Si el terreno se desplaza, la colección a veces parece hacer lo propio.
La construcción de un proyecto
La reapertura del museo devuelve al público no solamente un conjunto excepcional de pinturas y dibujos, sino también la historia de la relación personal que Dolores Olmedo construyó con Rivera durante más de tres décadas.
El recorrido por las salas restauradas inicia precisamente con esa cercanía: la casa que Olmedo habitó por décadas, cartas enviadas por el muralista durante sus estancias en Acapulco y Rusia, dibujos dedicados a quien llamaba cariñosamente “Linda” y documentos que muestran cómo el propio artista impulsó a la coleccionista a recuperar obras dispersas entre particulares para incorporarlas a lo que terminaría convirtiéndose en uno de los acervos más importantes del arte mexicano.
La correspondencia exhibida también deja ver hasta qué punto Rivera participó activamente en la construcción de la colección. En una de las cartas mostradas durante el recorrido, el pintor elaboró para Dolores Olmedo una lista detallada de obras que habían sido vendidas a otros coleccionistas y que, a su juicio, debían volver a reunirse. “Aquí aparece el nombre de la obra y el coleccionista que la tenía, porque quería que ella la tuviera en su colección y que de esa manera incrementara la importancia, no el número de obras”, explicó la guía. Olmedo logró recuperar 12 de las piezas señaladas por el artista, una muestra de la confianza mutua.
Acervo y museo son un vínculo
La presencia de la coleccionista atraviesa todo el museo. Retratos familiares, objetos personales y testimonios de una mujer que se abrió paso en mundos dominados por hombres, desde la construcción hasta el coleccionismo. Más que una mecenas, el museo la presenta como una figura decisiva para la conservación de una parte sustancial de la obra de Rivera y, posteriormente, de Frida Kahlo.
Esa historia desemboca en las salas dedicadas a ambos artistas. Allí aparecen desde obras tempranas de Rivera realizadas durante su formación en Europa hasta algunos de los retratos más emblemáticos de Kahlo, acompañados por relatos que ayudan a comprender la dimensión íntima de las piezas.
La amistad juvenil entre Frida y Dolores aparece una y otra vez. También el vínculo compartido con personajes como Alejandro Gómez Arias, líder estudiantil y primer novio de Kahlo. “¿Qué hace una fotografía suya aquí? Pues también fue el primer novio de Dolores Olmedo. Pero lo fue posteriormente al accidente de Frida. Lo mandaron a Alemania. Su familia quería separarlo de Frida. Cuando regresó simplemente se convirtió en el novio de Dolores”, relata la guía. Ambas mujeres se conocieron en la Escuela Nacional Preparatoria, donde formaban parte de una matrícula integrada por 35 alumnas.
Este tipo de historias se escabullen entre dibujos, cuadros, libros y piezas arqueológicas; en la antigua capilla convertida en sala de exhibición y en los jardines habitados por los únicos residentes permanentes del Olmedo: los pavorreales y los xoloitzcuintles.
Quizá por eso la reapertura del Museo Dolores Olmedo tiene una resonancia que va más allá de la recuperación física de un museo. Ocurre en un momento en que la obra de Frida Kahlo vuelve a situarse en el centro de debates sobre conservación, propiedad y acceso público.
A Frida la demanda el mercado
En los últimos años, la presencia de Frida Kahlo en el mercado internacional ha alcanzado niveles históricos: en 2021, el autorretrato “Diego y yo” se vendió por 34.9 millones de dólares y, en 2025, “El sueño (La cama)” elevó el récord a 54.7 millones de dólares, convirtiéndose en la obra más cara jamás subastada de una artista mujer.
Museo Dolores Olmedo
- 148 obras de Diego Rivera
- 800 objetos prehispánicos integran el acervo de distintas culturas mesoamericanas
- 25 obras de Frida Kahlo
- Av. México 5843, La Noria, Xochimilco
- Horarios: Martes a Domingo 10:00 a 18:00 horas
- Entrada general: 432 pesos
- Nacionales: 162 pesos
- Estudiantes, profesores y menores de 12 años: 70 pesos
- Vecinos de Xochimilco: 70 pesos
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