
En plena era de la hiperconectividad, el acto de resistencia más radical de la generación Z no ocurre en las calles, sino detrás de la puerta de su propia casa. Atrás quedaron las ganas de estar siempre disponibles; ahora, la prioridad es desconectar, dejando de lado al algoritmo para refugiarse en lo que ellos mismos llaman la estética “cozy” (acogedora).
Porque, en lugar de vivir obsesionados por un flujo infinito de notificaciones, muchos jóvenes están cambiando el ritmo: encienden velas artesanales para reducir el estrés, ponen de fondo listas de “lo-fi beats” para buscar un ambiente tranquilo y controlado y se dedican al autocuidado recuperando lo tradicional.