En unas semanas comenzará la Copa del Mundo, la fiesta deportiva más vista y esperada del planeta. Por primera vez, Estados Unidos, Canadá y México albergarán conjuntamente un torneo que, más allá del deporte, funciona como una gigantesca operación de imagen internacional. Los mundiales nunca son solamente futbol. Son brochazos de geopolítica, exhibición de modernidad, organización e infraestructura.
Dentro del trío de países norteamericanos hay una paradoja incómoda: México es, por mucho, el país con mayor tradición futbolera. Es el único que vive el futbol con una intensidad cultural, emocional y simbólica que los otros dos no comparten. En nuestro país el futbol no es entretenimiento manufacturado ni moda. Es lenguaje común e identidad popular. Además, México carga con el peso histórico de ser el único país en ser sede de tres Copas del Mundo, después de los mundiales 1970 y 1986.
Por otro lado, es el que más tiene que perder. Los tres países son (todavía) socios comerciales bajo el paraguas del T-MEC; tres economías profundamente integradas y presentadas como una región altamente competitiva. Sin embargo, pocas veces quedará tan de manifiesto la asimetría entre ellos. Mientras Estados Unidos y Canadá muy probablemente exhibirán estadios impecables, aeropuertos funcionales y capacidad logística industrial, México corre el riesgo de exhibir improvisación, fragilidad y desgaste institucional.
Esto no es una preocupación abstracta. Basta observar elementos básicos de infraestructura como el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, que opera desde hace años al límite de sus capacidades, con problemas estructurales, saturación y una imagen que dista mucho de representar a una potencia regional moderna. Las vías de acceso hacia los estadios, los servicios y la movilidad urbana siguen siendo vulnerables incluso en condiciones normales. Además, el Mundial ocurrirá en plena temporada de lluvias, cuando la capital mexicana suele colapsar entre inundaciones, tráfico y parálisis de servicios. La pregunta es inevitable: ¿qué versión de México verá el mundo?
Es ocioso preguntarse hoy qué hubiera pasado si la Cuarta Transformación no hubiera llegado al poder. Sin embargo, es innegable que, para los dos gobiernos emanados de este movimiento, este evento y la imagen que proyectará el país durante el certamen nunca fueron, ni de lejos, una prioridad estratégica. El gobierno tuvo ocho años para modernizar infraestructura, fortalecer capacidades urbanas y presentar al país acorde con lo que debería representar una de las quince economías más grandes del mundo.
Esto resulta especialmente grave para un país cuya proyección internacional depende enormemente del turismo. Se debería aprovechar el Mundial para reafirmarse como un polo turístico confiable, moderno y referente global, capaz de competir no solo por su riqueza cultural o natural, sino por su infraestructura, seguridad, conectividad y calidad de sus servicios. El riesgo es exactamente el inverso: que millones de visitantes y espectadores terminen asociando al país con precariedad, inseguridad, deterioro y una sensación permanente de desorden.
No porque México carezca de grandeza cultural o capacidad humana, sino porque existe una creciente distancia entre el potencial del país y el estado real de sus instituciones e infraestructura. El visitante extranjero probablemente encontrará la hospitalidad mexicana de siempre, pasión incomparable en las calles y una energía social difícil de replicar en la región norteamericana. Pero también podría encontrarse con un país donde la modernización parece incompleta, desigual y constantemente improvisada.
En los tiempos del neoliberalismo, México se esforzó por presentarse como una nación emergente, moderna y confiable. El Mundial debía ser la confirmación de esa aspiración. Hoy, en cambio, parece amenazar con convertirse en un espejo incómodo que exhiba carencias acumuladas y ausencia de planeación de largo plazo.
*Director de IE University School of Politics Economics and Global Affairs