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El Economista 03 Jun, 2026 01:02

El comercio abre puertas... la incertidumbre las cierra

México acaba de actualizar su tratado comercial con la Unión Europea. Y hay que decirlo con claridad: es un acierto. En un mundo cada vez más fragmentado geopolíticamente, con tensiones comerciales crecientes y cadenas globales de suministro reorganizándose, diversificar relaciones comerciales no solo es positivo; es una necesidad estratégica.

El comercio internacional, cuando se aprovecha correctamente, tiene enormes beneficios. Amplía mercados, genera inversión, impulsa productividad, mejora acceso a tecnología y permite elevar niveles de bienestar. Ningún país se desarrolla aislándose del mundo. El intercambio económico bien estructurado ayuda a elevar la calidad de vida de las personas y puede convertirse en motor de crecimiento y desarrollo económico.

Pero justo ahí aparece el problema mexicano: creemos que abrir puertas comerciales automáticamente garantiza desarrollo. Y no es así.

El comercio es una condición necesaria para crecer, pero de ninguna manera suficiente.

Porque para que un tratado comercial se convierta realmente en inversión, empleo bien pagado y desarrollo de largo plazo, se necesita algo mucho más complejo que una firma diplomática: se necesita confianza.

Y hoy México tiene un déficit enorme justamente en eso.

Sí, el acuerdo modernizado con Europa puede abrir oportunidades importantes para exportaciones, cadenas industriales y nuevos capitales. Sí, puede ayudar a reducir parcialmente la enorme dependencia comercial que tenemos con Estados Unidos. Pero también hay que entender la magnitud real del reto.

Hoy, alrededor del 80% de las exportaciones mexicanas siguen teniendo como destino Estados Unidos. La integración económica con ese país no es superficial; es estructural. Décadas de cadenas de valor compartidas, logística integrada, manufactura regional y cercanía geográfica hacen que diversificar comercio no sea un proceso rápido, sencillo ni automático.

Y además, hay una realidad todavía más incómoda: aunque logremos abrir nuevos mercados, México no está ofreciendo hoy el principal insumo que buscan los grandes capitales internacionales: certeza jurídica y económica.

Ese es el verdadero problema.

Porque los inversionistas no toman decisiones multimillonarias únicamente viendo mapas o tratados comerciales. Evalúan estabilidad institucional, seguridad, respeto al Estado de derecho, capacidad regulatoria, disponibilidad de capital humano y horizonte político.

Y en demasiados de esos indicadores México se ha deteriorado.

Los señalamientos recientes contra políticos presuntamente vinculados con el crimen organizado no son solo un escándalo político; son una señal de riesgo institucional. La destrucción y debilitamiento de organismos autónomos durante los últimos años tampoco son simples diferencias ideológicas; son mensajes negativos para quienes necesitan reglas claras y árbitros confiables.

Porque una empresa puede soportar costos altos. Lo que no puede soportar fácilmente es incertidumbre permanente.

Y ahí es donde la narrativa oficial empieza a chocar con la realidad.

Se presume nearshoring, relocalización y nuevas inversiones como si el simple hecho de estar junto a Estados Unidos garantizara prosperidad automática. Sí, la geografía importa. Muchísimo. Estar al lado de la principal potencia económica del planeta es una ventaja enorme que muchos países quisieran tener.

Pero la geografía por sí sola no construye desarrollo.

Si México no fortalece instituciones, no mejora seguridad, no genera energía suficiente, no garantiza reglas claras y no forma capital humano altamente especializado, entonces el riesgo es enorme: convertirnos únicamente en una puerta de entrada donde todo llega… pero nada realmente se queda.

Porque atraer inversión no es solo recibir fábricas. Es lograr que las empresas decidan permanecer, expandirse, desarrollar proveedores locales, transferir tecnología y generar ecosistemas productivos de largo plazo.

Y para eso se necesita algo que México tampoco ha construido suficientemente: capital humano especializado.

Mientras otros países aceleran programas de ingeniería, automatización, inteligencia artificial, semiconductores y manufactura avanzada, aquí seguimos atrapados en un sistema educativo que produce enormes brechas de formación y donde incluso se debate si reducir días de clase es buena idea.

* El autor es académico de la Escuela de Gobierno y Economía y de la Escuela de Comunicación de la Universidad Panamericana, consultor experto en temas económicos, financieros y de gobierno, director general y fundador del sitio El Comentario del Día y conductor titular del programa de análisis: Voces Universitarias.

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