Esta columna ha insistido en que Morena ha agotado su tiempo, y que las contradicciones propias del movimiento (excluyente, indisciplinado, voraz e incompetente) le harán imposible mantener su hegemonía.
Por un lado, el uso de recursos públicos para comprar votos ha puesto las finanzas públicas en grave riesgo, y no podrán mantener el valor real de las entregas de efectivo por mucho tiempo; por otro, su voracidad y la entrega a grupos criminales ya es percibida por la población, según las encuestas (el artículo de ayer de Salvador Camarena da algunos ejemplos); en tercer lugar, su indisciplina, ya convertida en disputa interna, le impedirá tener candidatos de consenso. En consecuencia, así como Morena se tragó al PRI en pocos años, así esos grupos buscarán otra opción política.
Aunque hay señales de que la elección de 2027 se les complica, es posible que aún logren mantener una posición mayoritaria en el Congreso y mantener buena parte de las gubernaturas en juego. Rumbo a 2030, eso parece imposible.
Pero lo que ocurra en esos procesos electorales, que ya no serán equitativos, es decir, democráticos, depende ahora más de lo que haga la oposición. Si bien las encuestas indican que el apoyo a Morena ronda un tercio de los votantes, y con sus aliados tal vez llega a 40%, eso no implica que el resto, una franca mayoría, tenga una opción clara. Sin ella, muchos optarán por no votar, otros dispersarán el voto, y pocos estarán dispuestos a vigilar y documentar esas elecciones, algo indispensable para enfrentar un aparato autoritario, como lo han demostrado Venezuela y Hungría.
El discurso confrontativo (y mentiroso) de López Obrador y sus empleados logró colocar en la mente de muchos mexicanos un enemigo imaginario, el PRIAN, que junto con Masiosare puebla las pesadillas de muchos. Remontar eso requiere un trabajo de campo de ambos partidos, que además esté respaldado por dirigencias más atractivas para la población. Movimiento Ciudadano, después de ocho años de actuar como esquirol, no es confiable. Los nuevos partidos tienen la dificultad de no poder celebrar alianzas. En principio, parecería muy claro que esa mayoría que ya no quiere a Morena se dividirá en 2027.
La campaña de Morena, en consecuencia, se centrará en repetir el cuento de un país maravilloso que está amenazado por PRIAN y Masiosare. Eso hizo Sheinbaum el domingo pasado, y eso harán todos los candidatos del movimiento. Por esa razón, una alianza opositora nacional no sería conveniente en este momento: facilitaría el cuento del lobo.
Es por eso que muchas personas, a pesar de coincidir, al menos en parte, en el deterioro del movimiento, están convencidos de que no es posible derrotarlo. Por un lado, porque no están convencidos del tamaño del derrumbe; por otro, porque no puede tenerse una oposición unida; finalmente, porque las elecciones las controlarán ellos.
Lo primero es un asunto de información y percepción. Yo veo un derrumbe espectacular en un tiempo relativamente breve, pero no le puedo asegurar cuánto haya avanzado en el año que falta para la elección. Lo segundo es un tema de imaginación: ciertamente una alianza tradicional sería suicida, pero abundan opciones de coordinación. Finalmente, se puede derrotar a un sistema autoritario, aunque controle las elecciones, como ha ocurrido en los ejemplos ya mencionados: Venezuela y Hungría. Si quiere ejemplos en contra, Turquía viene a la mente. Es decir, no es seguro.
Si bien no puede asegurarse que en 2027 el movimiento pierda el control, sí es perfectamente posible debilitarlo lo suficiente, en dirección a 2030, cuando el descontento será la base ciudadana sobre la que sí se podrá construir unidad. Si usted no forma parte de los negativos que ven iguales a todos e insisten en que nunca pasa nada, creo que ya estará viendo un poco de luz.