Mientras los directivos debaten si adoptar inteligencia artificial o resistirla, mientras los sindicatos piden que no los reemplacen y los gobiernos redactan marcos regulatorios que llegarán tarde, el Papa León XIV ya publicó su postura. Y lo hizo con una claridad que la mayoría de los tecnólogos del mundo no se ha atrevido a tener.
Magnifica Humanitas (la primera encíclica dedicada íntegramente a la inteligencia artificial) no es un documento anti-tecnológico. Es una advertencia sofisticada sobre lo que pasa cuando el poder se concentra sin contrapeso, cuando la eficiencia reemplaza a la dignidad, y cuando un algoritmo decide quién merece una oportunidad sin que nadie tenga que firmar esa decisión.
El pontífice lo dice sin rodeos: la IA ya está presente en procesos de decisión que afectan el trabajo, el acceso al crédito, la reputación y la libertad de las personas. Advierte que confiar esas decisiones a sistemas automatizados que desconocen “la compasión, la misericordia y el perdón” puede producir nuevas formas de descarte. No lo dice en abstracto: lo dice pensando en los próximos tres años, en la “cuarta revolución industrial” que ya comenzó y cuyas consecuencias en el empleo serán, en sus palabras, rápidas y significativas.
Lo que más debería inquietarnos no es el melodrama de la ciencia ficción (la máquina que nos domina), sino algo mucho más mundano: que los trabajadores se vean obligados a adaptarse a la velocidad y a las exigencias de las máquinas, en lugar de que estas estén diseñadas para ayudar a quienes trabajan. Esa inversión silenciosa de la lógica (el humano al servicio de la herramienta, no al revés) ya es una realidad en almacenes, call centers y plataformas de reparto. En los próximos tres años se extenderá a sectores que hoy se creen a salvo: contabilidad, análisis financiero, servicios legales, comunicación.
El Papa recupera una intuición de san Pablo VI que sigue siendo precisa: el progreso técnico, si avanza sin maduración ética y social, hace que se “tenga más” sin que se “sea más”. Ese es el diagnóstico de nuestra época.
León XIV también desmonta el argumento favorito de los optimistas tecnológicos: que el mercado generará nuevos empleos que compensarán los perdidos. La encíclica responde que esa armonía es abstracta, que la transición es desigual, fragmentaria y a veces conflictiva, y que vastas regiones del mundo (México podría ser una de ellas) se están convirtiendo en reservas de mano de obra precaria en medio de una automatización que las excluye sin integrarlas.
Lo más relevante del documento no es su diagnóstico, sino su propuesta de criterio. Frente a cada innovación, frente a cada sistema que procesa datos y toma decisiones, el Papa plantea una pregunta: ¿contribuye a hacer crecer a las personas en humanidad y fraternidad? No en productividad ni en eficiencia. En humanidad. No es un criterio romántico. Es el más exigente de todos.
En México, donde la conversación sobre IA sigue siendo mayoritariamente de élite (la debaten ejecutivos en foros, no los trabajadores que ya la padecen), leer Magnifica Humanitas produce una incomodidad útil. Porque León XIV no le habla solo a los fieles. Le habla a los empresarios que deciden automatizar sin plan de transición, a los gobiernos que delegan en el mercado lo que corresponde a la política, y a los ciudadanos que asumen que esto les pasa a otros.
La IA no espera a que nos pongamos de acuerdo. Un año en tecnología es una eternidad y un parpadeo al mismo tiempo. El Papa ya eligió un criterio. El de las personas.
En otras latitudes digitales…
La próxima semana empieza el Mundial y para nada estamos listos, es más, ¡ni siquiera estamos listos para improvisar algo! Esperemos que por lo menos no llueva monzónicamente el día de la inauguración…