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AM 22 Mar, 2026 06:00

Vicente González del Castillo, símbolo del carácter laborioso leonés

Paulino 1

Ahora que los amables lectores y su servidor estamos celebrando el 450 aniversario de fundación de nuestra ciudad quiero resaltar la figura del Maestro, escritor, historiador y poeta Don Vicente González del Castillo y valga para ello tomar como base la publicación de uno de sus textos que recientemente llegó a mis manos y que se intitula “Leyendas y Sucedidos Leoneses”.

Esta obra del ilustre leonés consta de 340 páginas y fue impresa en 1963 por el Gobierno del Estado de Guanajuato, a modo de homenaje para el gran Maestro de la Escuela Preparatoria de León, en ocasión de su cumpleaños número 75 y de sus 47 años de labor magisterial.

En el texto abarca relatos desde el origen del nombre de León a nuestra ciudad y describe cómo fue evolucionando desde el año 1552 en que hubo una referencia a la incipiente población de entonces de estos lares y señala como “infundio” de que Nuño de Guzmán hubiere bautizado a esta localidad con el nombre de Valle de León, sino que aclara que primeramente fue denominada “Villa de León”; y por ahí va refiriendo todos los nombres atribuidos a esta región abajeña hasta culminar con el mandamiento expedido el 12 de diciembre de 1575 para denominar finalmente a esta villa “Ciudad de León” de ahí que en enero del siguiente año, 1576, haya quedado históricamente el de la elevación a categoría de Ciudad.

También incluye una alegoría poética sobre el entonces denominado “Ojo de Agua del Fraile” en donde para ubicar el sitio hizo alusión al Camino de San Juan y a la avenida Guatemala, así como también a la cercanía del Parque Miguel Hidalgo, atravesando un pobre aroyuelo conocido como “Mariches”, pero describió la leyenda consistente en el asesinato del Padre Cuenca, un fraile, quien fue flechado primero por los indios, al realizar su labor misionera, y luego uno de los asesinos con sangre fria fue hasta el cuerpo inerte del fraile para rematarlo enterrándole en el pecho un cuchillo de obsidiana y después de ello, solo por humillación y marcado desprecio, con el mismo cuchillo le sacó ambos ojos, por cierto de color claro, y días después, como lo hacen muchos delincuentes, el indio regresó por curiosidad al lugar del crimen y donde había aventado los ojos del clérigo halló dos hilos de agua y escarbó con las uñas hasta sangrar sus dedos, y cada vez salía más agua pura y, más agua, en cada agujero, de tal manera que de la misma roca surgieron dos veneros de agua zarca. Durante años y quizá siglos León entero y los nuevos hogares de aquella barriada consumieron el agua de esos depósitos que cada día el pueblo extendió hasta hacerlos muy grandes, incluyendo el detalle de Don Vicente González del Castillo que señaló a la calle del Viejo Camino a San Juan y esquina con avenida Guatemala como una calle muy fea y empedrada rústicamente. Ahí siguen esos pozos actualmente y los amables lectores pueden pasar a ver esos testigos mudos de nuestra ciudad desde hace algunos años ya conocidos como “Los Pozos del Fraile”.

En este texto incluye lo que para muchos ahora ha resultado novedoso, el que en el Barrio Arriba se hubiesen concentrado los asentamientos de negros mulatos de nuestra ciudad. Bueno, pues Don Vicente González del Castillo en este texto aclara porqué se le denominó “Barrio de Arriba” y también el porqué se asentaron ahí los negros mulatos de nuestra ciudad. Con ello podemos conocer en este texto que antes de que fuera denominado “Barrio Arriba” se le llegó a conocer como “Barrio de la Canal” “Barrio del Santo Cristo de la Salud”, “Colonia Iturbide”, “Colonia Obregón” y “Barrio de Arriba”, ironizando el Maestro González del Castillo que “mañana o pasado podrían llamarle Colonia Kruschev o Colonia Kennedy, “según sople en definitiva el viento””.

Pero la verdad sobre el Barrio Arriba fue que en 1597 el Capitán Juan Alonso de Torres (un bulevar lleva su nombre), uno de los primeros fundadores, solicitó otro solar para la ciudad e identificó uno que era propiedad de Francisco Hernández, quien era un mulato y entonces soltero y allí ya tenía unas casas edificadas por lo que con un mandamiento de su Señoría Ilustrísima el Conde de Monterrey, nuevo Virrey de la Nueva España, manda que los mulatos salgan fuera de entre los españoles haciendo un barrio para ellos. Así fue como se denominó a ese barrio como “De la Canal” por muchos años y después por ubicarse en un plano más alto que el resto de la villa se le denominó “De Arriba”.

Como última parte y corolario de esta zona de la ciudad nos detalla que en 1921 cierto presidente municipal como una verdadera ocurrencia para conmemorar la consumación de la Independencia, la llamó “Colonia Iturbide”, pero nadie acató dicha disposición y quedó en el olvido años después. Ahora oficialmente se le ha denominado “Colonia Obregón”, según se anota en los nombres de carácter postal, pero los leoneses la identificamos todos como “El Barrio Arriba”.

Finalmente valga comentar que el texto original cuenta con algunas ilustraciones que según los editores corresponden a la autoría de J. Jesús Gallardo.

Por último remata Don Vicente con un relato sobre el ilustre científico inglés avecindado en nuestra ciudad desde 1870 para sembrar en la ciudad diversas obras de su autoría; me refiero a Don Luis Long. Y comenta que después de haber instalado el reloj en lo que ahora es el Palacio Municipal, al escuchar por primera vez las campanadas a partir del 29 de mayo de 1885, al toque de las campanas de ese reloj al dar el cuarto de hora, la media de hora y los tres cuartos de hora, cada quince minutos, repite tres notas musicales que la gente al escucharlas siente o las identifica con tres palabras: “Don… Luis… Long…”.

Serán estas ¿fantasías de Don Vicente González del Castillo o verdaderas leyendas de León, Guanajuato?.

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