Esta metáfora, recurrente en los mensajes de León XIV, es continuista de muchas otras como “Iglesia”, “comunidad” y “cuerpo místico” que, en el pasado, tuvieron sus propias connotaciones para el confesionalismo católico. El nuevo recurso alegórico tiene gran interés en la búsqueda y desarrollo de voluntades concordantes para crear condiciones para un mundo en el que todos tengan cabida. Este papa lo emplea 14 veces en su reciente encíclica para ensamblar su discurso en torno al “bien común”, la inmigración, la paz o los desheredados de la Tierra. Este espacio de la habitabilidad “común”, que la crisis climática hace indispensable, corre el riesgo de no ser habitable por ningún ser humano salvo que todos —incluidos los creyentes— arrimen el hombro. Esa perspectiva le permite llamar la atención sobre cuestiones relevantes como las que conlleva la IA en la vida diaria. Como res nova, no lo es tanto si se considera entre los determinantes de otra fase de la Revolución Industrial que James Watt inició en 1769 en torno a la máquina de vapor, pero es mayor su capacidad de acentuar las ventajas y riesgos que entonces supuso el cambio del sistema productivo.
La vinculación del valor simbólico de la “casa común” —muy en línea con pronunciamientos científicos y con los de expertos sobre el uso indiscriminado de prestaciones ajenas al “bien común” y a la justicia— tiene gran importancia como amplificador de su voz ante negacionistas diversos. De todos modos, puede quedarse en verbalismo ante el juego real en que anda la humanidad, siguiendo los pasos de quienes tienen el poder tecnocrático sobre esos medios. En 1891, su antecesor León XIII lanzó un mensaje similar señalando las res novae de su momento, sin que el núcleo causante de estas —la justicia distributiva de los beneficios de la economía capitalista— apenas se enterase. Hasta muy entrado el Estado del bienestar —después de la II Guerra Mundial— aquella doctrina valió, muchas veces, como excusa de un amarillismo del que los sindicatos obreros de clase fueron testigos y víctimas. El test de que la rauda atención de León XIV a los asuntos que arrastra esta nueva “cuestión social” supera aquel ambiguo lenguaje reside en si logra que “la caridad” de su Iglesia sea “justicia”, al menos en lo que está directamente en su mano. Sería su gran aportación a la “casa común”, aunque la historia no le sea favorable. Jean Delumeau, por ejemplo, da cuenta en El miedo en Occidente en los siglos XIV al XVIII (1978) de cómo el afán eclesiástico de “cristiandad” instrumentalizó medios para controlar la sociedad. Y en España —revisando simplemente desde Juan XXIII hasta el papa Francisco— actuaciones de un episcopado mimado por los gobiernos, antes y después de la CE78, facultan para desconfiar de que esta bonita metáfora cuente con lealtades suficientes para cooperar con “otros” y hacerla realidad.
¿Una gran “conversión”?
El humanismo de León XIV, asido a un punto de anclaje relevante, hace atractivo que quien se llamó Robert Francis Prevost Martínez cuando vivía entre gente humilde quiera liderar, como referente del catolicismo, una posición ética con voluntad de compartir con los seres humanos una historia en la que la naturaleza está harta de gestos despiadados. Su tirón concuerda con el mensaje cristiano original, pero no impide la desconfianza de quienes han sufrido, de diversos modos, un clericalismo autoritario y colaboracionista con explotadores de la Tierra y de cuantos seres humanos tuvieron a mano. De nada les sirvieron a los afectados las quejas que —entre otros— había vertido Mark Twain en Contra la religión (1904), por culpa del “cristianísimo” Leopoldo II de Bélgica —“el carnicero” del Congo—; del esclavismo inaugurado por Sir John Hawkins —que había puesto a su barco corsario el nombre de “Jesús” en 1564—, o de los progromos del “intensamente cristiano” zar Alejandro III en 1882. Las cazas de brujas, como la de Salem (Massachusetts) en 1692, también estaban entre sus denuncias, y Arthur Miller teatralizaría esta historia en 1952. Su estreno en España, a finales de 1956, no impidió que aquel sustrato siguiera vivo en el “púlpito” católico. Tantos partidarios tuvo, incluso después de 1975, que, como escribía en 2017 un colaborador de Mundiario, algún eximio representante decía que “hablaba con Dios”. Muchos otros, en silencio ante lo que no quisieron ver, todavía se creen inspirados dictadores del bien, que no diferencian entre “pecado” y “crimen” de lesa civilidad. Entretanto, la CEE, delegada operativa del Estado Vaticano en España —extensiva de su Nunciatura—, promueve movimientos contrarios a la “casa común” mediante entidades interpuestas como CONCAPA o Colegios Católicos. Los prolonga desde puntos emisores como la COPE o medios afines, y no le vale que los Acuerdos de 1979, la amplia presencia temporal lograda en el Registro de la Propiedad, ni los patrocinios y exenciones de sus fundaciones contradigan un sermoneo constante sobre la amplitud de “lo público” en educación. Su “aconfesionalismo”, pese a estar bien dotado, interfiere en debates democráticos, sobre todo si atañen a libertades y derechos de todos, como los que, por ejemplo, afectan más directamente a las mujeres.
El símbolo de la “casa común” —una crítica indirecta a la economía política vigente— ganaría mucho si, en este ruidoso viaje “apostólico” a España, las tendencias consentidas desde la CEE vieran rebajadas sus pretensiones neoliberales. La eficiencia empática que pueda tener fuera del círculo católico pasa, entre otras actuaciones, por su capacidad de cambiar conceptos y preceptos de la competitiva educación que, pretendiendo incluir al alumnado que acoge, excluye las necesidades de buena parte del alumnado. Esos dos mundos, desiguales para convivir, los viene creando desde antes de 1953 en su pelea por el presupuesto del Estado. La escuela privada concertada —en la que la Iglesia es gran tenedora— se ha fortalecido, la pública se ha ido haciendo “residual” y el sistema educativo resultante anima un selecto individualismo que desprotege a quienes no tienen recursos.
La teología política de León XIV plantea problemas, después de 2.000 años, a la ansiedad clerical por ensanchar el “ojo de la aguja” del que hablaba Mt. 19, 24. Los damnificados por el hierocratismo que soportaron entre los años cincuenta y ochenta no aguantan bien el exhibicionismo pop de este viaje. Con otra congruencia, esta “casa común” sería más ejemplar, particularmente para los docentes en huelga estos mismos días por viejas demandas de una “educación común” digna. @mundiario