Es la leche la cantidad de Pedros Sánchez, allende nuestras fronteras, que durante estos recientes años han ido pronunciado, en diversos idiomas: alemán, inglés, portugués, etc., esa palabra tabú en castellano que ahora cría telarañas en el trastero de la RAE. Hay generaciones de españolas y españoles, de esos que vinieron al mundo cinco años después de que, un tal Franco, se fuese con los Principios Fundamentales del Movimiento a inaugurar pantanos y firmar penas de muerte en el más allá, que se perdieron la primera y última ocasión en la que un Presidente del Gobierno, electo e investido ortodoxamente, por primera y última vez desde 1981 hasta la fecha pronunció la palabra dimisión ante Dios, la historia y el pueblo que le había abierto las puertas de La Moncloa en unas urnas. Se llamaba Adolfo Suárez; no había metido la mano en la caja; había cumplido la totalidad de los compromisos en un icónico alegato: puedo prometer y prometo! que, casualmente, se cumplió prácticamente en todos sus apartados y, aseguran fuentes generalmente bien informadas que, en cuanto afloró una pistola humeante sobre la mesa de otro Palacio (de cuyo nombre no quiero acordarme), apuntando a la recién renacida democracia española, regresó a su palacio en La Moncloa, le invadió el melancólico espíritu de Hamlet e inició paseos por los corredores intentando despejar una cuestión: ¡ser o no ser?, ¿dimitir o no dimitir?
Se alegra uno, estos días en los que La Moncloa está convirtiendo el asedio de Stalingrado en una mera anécdota de capacidad de resistencia humana, de no contar entre sus muchos pecados capitales con ese de la envidia, ni siquiera la envidia sana de no ser alemán, británico, yanqui, portugués y ciudadanos de países de esos en los que, por un plagio de tesis doctoral, tráfico de influencias, saltarse el decreto de reclusión durante el COVID, incluso un primer indicio de incurrir en corrupción (descartado posteriormente por una confusión en el sumario), sus presidentes o presidentas, primeros ministros o primeras ministras, por convicción o por presión, se han auto-cesado, han dimitido, vamos, sin que a la República de Alemania, el Reino Unido, La República Portuguesa y así, hayan quedado a la deriva. Ni Chistian Wulff, Presidente de Alemania, por corrupción; ni Liz Truss, primera ministra británica, por incompetencia e intransigencia fiscal; ni Boris Jhonson, Premier de Reino Unido, por transgresor del COVID; ni Antonio Costa, ante la presunción de corrupción en la que no había incurrido, ni por un momento se aferraron a su Manual de resistencia o se dejaron llevar por el delirio de creerse imprescindibles.
Solo Pedro Sánchez no hace otra cosa que pensar en él y no tiene un solo momento, en su megalomanía, para pensar en España, en el PSOE, en la izquierda indispensable para una alternancia serena y una rivalidad, con fair play democrático, naturalmente, con una derecha como sutil muro de contención de otra ultraderecha, ¡miradla!, que progresa adecuadamente hacia el triste pasado pre-blefitico.
Es preciso que PSOE y PP se pongan de acuerdo para que este país no siga retrocediendo hacia infaustos tiempos pasados de aquellos que, si la política no lo remedia, la Justicia no lo impide y Europa no se resigna a ponerse de perfil, pueden acabar inspirando a un alter ego de Hemingway a volver a hacerse, en este turbulento presente de descontentos de tantos, aquella vieja desoladora pregunta que se hizo el genuino Tio Hem en versión actualizada: ¿Por quién pueden acabar doblando las campanas?