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Radar Inteligente
Mundiario 08 Jun, 2026 07:04

Érase una vez en España

En plena epidemia nacional de ciencia ficción democrática, ya todo lo que parecía imposible se le va antojando a la opinión pública y publicada susceptible de hacerse realidad: políticos ejerciendo de jueces; jueces ejerciendo de políticos; Torquemadas tertulianos, de un lado y otro del MURO, enviándose mutuamente a la hoguera; brujos y brujas practicando alquimia argumental para convertir relatos en axiomas, en una nueva versión de la quimera medieval de transformar piedras en oro.  Mezclas todo eso con ramalazos de omertà siciliana, escenas gráficas y, a veces pornográficas, dignas de incorporarse a un hipotético guion de El Padrino IV parte o Érase una vez en América, y rebajas los intensos y renombrados largometrajes de Francis Ford Copola o Sergio Leone al nivel de travesuras circunscritas a grupúsculos de ovejas descarriadas.

Fue una vez en América aquella Ley Seca de alcohol, ¿recuerdas?, que impulsó el advenimiento de Eliot Ness y sus Intocables amargando los recurrentes espagueti a tantos Dones. Y está siendo ahora, en España, una era de ley seca de democracia, de maniobras orquestales en las oscuridades, de matones de prestigio a togados, de cierres de fila ante cualquier tipo de indicios que recaigan sobre uno de los nuestros, ya sabes, al más puro estilo del hampa genuinamente americana, y contempla uno con pesimismo que el personal, mi pueblo y mi gente, apenas pestañea, se pone en modo espectador y espera en la enorme sala de cine de España a que aparezca la palabra fin en la película. Y, claro, en casos como estos, como en casos como aquellos, no nos extraña que, por reacción, surja un Coronel Balas y sus alter egos de intocables de la UCO que, en ningún caso debería ocupar o preocupar a quienes no se hayan ensuciado las manos ni por acción, ni por omisión, ni por ese mal de altura, en las cimas del poder, que han incitado a reyes y divinos líderes a llegar a pensar que El Estado soy yo.

Teniendo en cuenta que hemos llegado hasta aquí, partiendo de aquel ya lejano día en el que pudimos darle de nuevo los buenos días a la democracia, tampoco es cuestión de dejar hacer, dejar pasar, como dicen los franceses, este nuevo e inesperado momento más oscuro en el que se dilucida si acaba saliendo el sol por Antequera y al final nos sale por donde quiera, que vaya usted a saber… Servidor ni quita ni pone rey, ni quita ni pone presidente, ni vislumbra en plena melé de progresistas y conservadores ningún camino que nos lleve de regreso al paraíso de la democracia que se va desvaneciendo en la historia. Ya solo nos queda el pueblo, su soberanía, sus dormidos millones de espíritus críticos, la quimérica rebelión de las masas con las que soñó Ortega, a la que estos días está apelando León XIV, para que el hombre, la mujer, la juventud-MASA, recuperen la convicción de que el bienestar, la igualdad, la libertad, la Justicia, la democracia, el Estado, ¡coño!, son ellos, somos nosotros y esas herramientas, en forma de  soberanas papeletas, a través de las cuales no se debe incurrir en el error de elegir mandarines, sino servidores.

Ahora mismo, y en el ámbito de la ciencia ficción, naturalmente, se puede imaginar uno un país en el que, si ha colado la pertinaz ausencia de presupuestos generales, el persistente desplante del Poder Ejecutivo al Poder Legislativo, el acoso e intento de derribo al Poder Judicial, el duelo del ying y el yang mediático y las aritméticas en modo mercado Persa, no parece imposible que se caiga en la tentación de gobernar, de seguir gobernando, o sin pasar de las urnas o pasando olímpicamente de ellas, a ver si me entiendes. Sobre todo, si se hace uno una pregunta extensible a la totalidad de la ciudadanía: ¿cuál sería el hipotético resultado si se intentase impedir? No es un mal guion para un remake  a este otro lado del charco: Érase una vez en España.

 

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