Un video de un jarabe de tos desató lo que ningún análisis político habría logrado: revelar, con una claridad incómoda, cómo opera cierta parte del ecosistema mediático opositor frente a nuestro gobierno.
El video era sencillo. Encontré en la farmacia un jarabe que se llama Ajolotius -una marca mexicana, familia de Iztapalapa, cuatro décadas en el mercado-, y lo recomendé con humor a quienes llevan semanas armándola de tos porque la ciudad se pinta de morado y lleva ajolotes por bandera. Nada más. Un juego de palabras, una respuesta desenfadada a una polémica que, honestamente, ya merecía quitarle un poco de seriedad.
La reacción fue desproporcionada. Medios nacionales, comentaristas de televisión, columnas de opinión, hasta corresponsales internacionales tomaron el clip y lo convirtieron en prueba de frivolidad, en evidencia de un gobierno distraído, en síntoma de colapso institucional. Joaquín López-Dóriga desbordado en insultos. Excélsior en sus Frentes Políticos. El eco llegó hasta el diario español, El País. Todo eso, por recomendar un jarabe con nombre de ajolote.
Algo ahí no cuadra, por lo que vale la pena nombrarlo con claridad.
En realidad, a nuestros adversarios no les molesta que se les responda con ironía. Lo que no les gusta es que nos defendamos. Hay una narrativa construida con muchos recursos: la ciudad está peor que nunca, no se hace nada, el gobierno no tiene rumbo, todo es caos. Esa narrativa requiere, para funcionar, que nosotros guardemos silencio. Que recibamos cada crítica como si fuera una sentencia y nos limitemos a pedir disculpas. Que no respondamos. Que no les disputemos la cancha.
Pero no. No vamos a hacer eso.
Y hay que distinguir. Las quejas ciudadanas son otra cosa. Cuando hay inundaciones, cuando una obra genera caos vial, cuando el Metro falla, cuando una familia en Iztapalapa o en Gustavo A. Madero tiene un problema real con un servicio real, eso se atiende. Eso se escucha. Nadie en nuestro gobierno le da vuelta a una queja legítima, y no es poca la capacidad de autocrítica cuando hay razones concretas para ejercerla.
Pero la crítica apocalíptica es distinta. La que no parte de un problema específico sino de una visión catastrófica instalada de antemano. La que lee cada contratiempo como prueba de un desastre inevitable. La que mezcla el plantón de la CNTE, que es un conflicto real, con consecuencias reales, que el gobierno está atendiendo, con la pintura morada de un puente peatonal, como si todo confirmara la misma catástrofe inventada. Esa crítica no busca mejorar nada. Busca acorralarnos.
Acorralarnos en una narrativa donde todo lo que haga este gobierno está mal de entrada. Donde cualquier logro se minimiza, cualquier respuesta se criminaliza y cualquier señal de vida institucional se convierte en prueba adicional del problema. Es un ataque, no un debate.
Y frente a eso, sí tenemos todo el derecho a responder. No por capricho ni por soberbia. Sino porque hay una mayoría de gente en esta ciudad que ve y reconoce los avances. Que viaja en un Tren Ligero modernizado que ahora mueve el doble de personas en el sur de la ciudad. Que usa una Línea 2 del Metro renovada de punta a punta, de Tasqueña a Cuatro Caminos. Que va a caminar por el Parque Elevado de Calzada de Tlalpan, casi dos kilómetros de espacio público ganado con ciclovía, elevadores y conexión directa al transporte. Que tiene una red hidráulica reforzada, pozos modernizados, colectores rehabilitados. Que sabe que las obras no se construyeron para el Mundial sino para quedarse, para la ciudad de todos los días, para el vecino de Iztapalapa, de Xochimilco, de Azcapotzalco. Para todos los ciudadanos de esta gran ciudad capital. Esa mayoría también tiene derecho a que se diga la verdad.
El video del jarabe no era un acto de gobierno. Pero lo que reveló la reacción de nuestros adversarios, fue algo más serio: el malestar de quienes quieren el monopolio de la narrativa.
Que quede claro: seguiremos respondiendo con datos cuando haga falta, con argumentos cuando sea necesario, y con un jarabe de ajolote cuando la ocasión lo amerite.