El miedo a la automatización industrial desmesurada tiene una larga historia e implica un problema constante y debatible sobre la existencia de evidencias, tanto a favor o en contra. Los países más robotizados del mundo no son los que más desempleo padecen. Son exactamente los contrarios. Y el episodio actual de despidos, la frase “por culpa de la Inteligencia Artificial” repite el mismo error de lectura, incluso en voces de muchos y advenedizos “Expertos en Tecnología”
La historia del miedo a las máquinas no tiene una fecha y un nombre precisos. En 1589, el clérigo e inventor inglés William Lee presentó ante la Reina Isabel I el primer telar mecánico de la historia, capaz de tejer calcetines a una velocidad que ningún artesano podía igualar. La reina le negó la patente. Según documentación histórica que alguna vez leí en Oxford, las palabras que se le atribuyen a Isabel I fueron directas: “Thou aimest high, Master Lee. Consider thou what the invention could do to my poor subjects. It would assuredly bring to them ruin by depriving them of employment, thus making them beggars.” (“Apuntas alto, maestro Lee. Considere Ud lo que este invento podría hacer a mis pobres súbditos. Sin duda les traería la ruina al privarlos de empleo y convertirlos en mendigos.”) Lee tuvo que exiliarse a Francia, donde el Rey Enrique IV sí le dio su apoyo y fundó una fábrica exitosa de medias.
La reina más poderosa de su época se equivocó. La máquina no arruinó a los artesanos ingleses: transformó una industria artesanal en una cadena productiva que empleó a muchas más personas de las que alguna vez tejieron a mano. Cinco siglos después, el argumento de Isabel I sigue circulando, con diferente vocabulario pero con idéntica lógica, cada vez que una planta automotriz instala un brazo robótico o una empresa tecnológica anuncia que la IA reorganizará su plantilla. En resumen de su mismo argumento: todo esto dejaría sin trabajo a sus súbditos.
Es comprensible. Es incluso intuitivo. Y los datos lo desmienten con una consistencia que merece atención. La Federación Internacional de Robótica (IFR) publicó en abril de 2026 su reporte World Robotics 2025, el más completo hasta la fecha. La densidad robótica en Europa Occidental alcanzó un récord de 267 robots por cada 10,000 empleados en la industria manufacturera en 2024, por delante de América del Norte con 204 unidades y Asia con 131. Los países que lideran este ranking no son precisamente economías con crisis de desempleo.
Corea del Sur registra la densidad robótica más alta del mundo, con 1,220 robots por cada 10,000 empleados, con un crecimiento promedio anual del 7% desde 2019. Su tasa de desempleo ronda el 2.5%. Alemania, tercer lugar mundial en densidad robótica, opera con pleno empleo estructural. Japón, segunda potencia en stock operativo de robots industriales, lleva décadas con una de las tasas de desempleo más bajas entre los países desarrollados. Países altamente robotizados como Japón, Corea del Sur y Alemania mantienen tasas de desempleo relativamente bajas.
La narrativa de la IA o el robot que desplaza trabajadores comete un error de contabilidad: suma los empleos que desaparecen y olvida los que se crean. En 1843, Marc Brunel introdujo una máquina que fabricaba bloques con 10 personas en lugar de 110. Una caída del 91% en el empleo directo. Sin embargo, en la fabricación de dicha máquina se emplearon 410 personas, lo que supone un aumento del 373%. La automatización generó más trabajos de los que había anteriormente.
El patrón se repite hoy. Países con mayor densidad de robots por trabajador suelen tener tasas de desempleo más bajas, ya que la implementación de robots crea nuevas oportunidades laborales. Los robots requieren ingenieros de programación, técnicos de mantenimiento, especialistas en integración, perfiles de supervisión digital y toda una cadena de proveeduría que no existía antes. El número total de robots industriales en operación llegó a 4,664,000 unidades en 2024, un incremento del 9% respecto al año anterior, y con ello una demanda creciente de talento humano especializado que el mercado laboral global no alcanza a satisfacer.
Aquí entra el fenómeno que Cassie Kozyrkov, primera Chief Decision Scientist de Google, describió recientemente con una frase directa: “huele una trampa”. Los despidos atribuidos a inteligencia artificial pasaron del 4.5% del total de recortes laborales en Estados Unidos al 25-26% en cuestión de meses. Un salto demasiado brusco para reflejar un cambio tecnológico real, y demasiado conveniente para ser coincidencia.
En 2025, hubo 69,840 despidos en el sector tecnológico, el 28.5% del total, fueron directamente “vinculados” a IA. La diferencia crítica está en los perfiles: las empresas están reduciendo necesidades en desarrollo de software tradicional, atención al cliente, marketing operativo y análisis de datos rutinarios, mientras contratan expertos en IA generativa, infraestructura de centros de datos, chips y supercomputación.
No es destrucción de empleo. Es, digamos de forma real, reasignación. Y los datos de retorno de inversión (ROI) lo confirman con dureza: Gartner encuestó grandes empresas y no encontró ninguna correlación entre despidos y retorno de inversión en IA. Las empresas que reportan mayor ROI en automatización despidieron trabajadores al mismo ritmo que las que reportan ROI modesto o negativo. Despedir no genera ventaja competitiva en IA. Solo genera titulares en algunos medios.
Todas las grandes transformaciones tecnológicas del pasado han creado más empleo del que han destruido, señalan los economistas del empleo con cada vez mayor consistencia. El problema real no es la tecnología, son ciertamente, las malas decisiones operativas ante la velocidad de la transición y ciertamente, de cierta incapacidad de algunos sistemas educativos y la ausencia de políticas públicas para acompañar dichas - y deseables - transformaciones.
El caso mexicano ilustra tanto la oportunidad como el riesgo de no aprovechar dicha transformación. México superó las 11,400 nuevas instalaciones de robots industriales durante 2023-2024. Solo el 0.3% de las empresas mexicanas emplean robótica avanzada, lo que indica un amplio potencial de crecimiento. El mercado mexicano de robótica proyecta ingresos por más de 834 millones de dólares en 2025, con una tasa de crecimiento anual estimada de 13.7% entre 2025 y 2029. El nearshoring está acelerando ese proceso: empresas que relocalizan producción desde Asia necesitan plantas competitivas en calidad y precio, y la automatización es la única forma de serlo sin depender exclusivamente del diferencial salarial, que se erosiona con el tiempo.
Más del 20% de las empresas manufactureras en México ya utiliza robótica avanzada, mientras que muchas pequeñas y medianas empresas apenas siguen en la versión anterior del modelo productivo. Esa brecha es el verdadero riesgo laboral: no los robots, sino la distancia entre las empresas que ya los usan y las que aún no pueden o no saben cómo hacerlo.
Sería deshonesto presentar esta evidencia sin su matiz. La correlación entre alta densidad robótica y bajo desempleo existe, pero no opera automáticamente. Opera cuando hay políticas activas de reconversión laboral, sistemas educativos que forman técnicos en automatización, y distribución razonablemente equitativa de los beneficios de la productividad. El efecto de la robotización en las sociedades dependerá de qué tan equitativa sea la distribución del incremento del crecimiento económico.
El horizonte global da señales alentadoras para quien quiera leerlas con honestidad. El Foro Económico Mundial proyecta 92 millones de empleos desplazados hacia 2030, pero también la creación de 170 millones de nuevos roles, proyectando así un balance neto positivo. La pregunta no es si habrá trabajo. La pregunta es si México estará preparado para el trabajo que habrá.
Corea del Sur no tiene pleno empleo simplemente porque tenga robots. Tiene pleno empleo porque combinó, durante décadas, una automatización agresiva con una inversión masiva y sostenida en capital humano. Esa es la ecuación completa. El error que las empresas mexicanas no pueden permitirse es caer en el extremo opuesto: frenar la incorporación de la inteligencia artificial y la automatización por temor al desempleo, para terminar siendo desplazadas por empresas y economías de escala con mayor arrojo tecnológico.
En la manufactura global, las empresas que se quedan atrás en productividad no preservan empleos. Los pierden. Pero no a manos de sus propios robots, sino a manos de competidores más eficientes.