
Por Yi Fuxian, Project Syndicate.
MADISON- Desde hace varios años, una parte importante de los jóvenes chinos, desilusionados con sus perspectivas económicas, ha adoptado la postura de “hacer la plancha”, una reticencia tácita a avanzar en una carrera profesional (la proverbial “carrera de ratas”). Dado que esta actitud no augura nada bueno para el futuro económico del país, las autoridades chinas han respondido retratando al movimiento como un esfuerzo respaldado desde el exterior para socavar el desarrollo y la moral del país.
Esta no es una táctica nueva. Cuando encabecé la oposición a la política del hijo único de China, se me acusó de conspirar con intereses extranjeros hostiles para debilitar al país mediante la superpoblación. Ahora que la caída demográfica china es innegable, se me acusa de exagerar la crisis y de criticar duramente a China.
Por cierto, la postura de “hacer la plancha” es una consecuencia directa de la política del hijo único. Al igual que la homeostasis biológica -evitar desviaciones en la presión arterial o el nivel de azúcar en sangre, por ejemplo- es necesaria para prevenir enfermedades o la muerte, la homeostasis económica requiere mantener un equilibrio adecuado entre consumo y producción. Introducida en 1980 con la creencia de que una población más reducida mejoraría el empleo, la política del hijo único produjo el resultado contrario. Al reducir el número de hijos, consabidos “superconsumidores”, debilitó el poder de negociación de los hogares, lo que hizo que la participación de la renta disponible de los hogares en el PIB pasara de aproximadamente dos tercios en la década de 1980 (en línea, en términos generales, con economías similares) a solo el 44% en la actualidad.
Por eso el consumo interno y la creación de empleo en China siguen siendo moderados. Ante la disminución de los ingresos de los hogares y una red de seguridad social débil, muchos trabajadores se ven obligados a trabajar más horas para llegar a fin de mes. Y la competencia por el empleo es tan intensa que quienes tienen un trabajo sienten la presión de hacer horas extras solo para conservarlo. Como resultado de ello, la semana laboral promedio en China ha aumentado hasta unas 49 horas -y hasta 60 horas en algunos casos-, en comparación con 38 horas de Estados Unidos, 33 de Alemania, 37 de Japón y 42 de Vietnam.
Asimismo, el desempleo juvenil en China (entre 16 y 24 años) es especialmente elevado, lo que refleja un desajuste entre el creciente nivel de estudios superiores y un sector de servicios poco desarrollado. Las políticas que promueven el “dividendo del talento” y las “nuevas fuerzas productivas”, junto con las presiones familiares, han incrementado el número de graduados anuales de 1.01 millones en 2000 a 12.22 millones en 2025. Sin embargo, el consumo débil sigue limitando el crecimiento del sector de los servicios, el principal empleador de los recién graduados, a tan solo el 47% de los puestos de trabajo, muy por debajo del 70-80% habitual en las economías avanzadas con niveles similares de educación superior.
Después de que la tasa de desempleo juvenil de China alcanzara el 21.3% en junio de 2023, el gobierno suspendió la publicación de datos durante meses antes de publicar cifras revisadas a la baja. Pero, obviamente, esto no cambió la cruda realidad subyacente. Durante los exámenes para empleos en la función pública del año pasado, 2.8 millones de aspirantes compitieron por apenas 38,100 puestos. Con un mercado laboral tan desolador, algunas universidades están adoptando una “desaceleración educativa”, ofreciendo formación profesional a los estudiantes universitarios y animando a los doctorandos a cursar másteres con mayor inserción laboral. No es de extrañar que los graduados que pueden contar con el apoyo financiero de sus familias de un solo hijo estén “haciendo la plancha”.