El calendario económico del Gobierno empieza a coger forma en medio de un contexto internacional volátil. El vicepresidente primero y ministro de Economía, Carlos Cuerpo, anunció este miércoles en el Congreso que el Ejecutivo presentará el próximo 23 de junio el cuadro macroeconómico que servirá de base para los Presupuestos Generales del Estado. Un movimiento que, más que técnico, tiene un profundo significado político: es el primer paso real hacia unas cuentas que llevan dos años encalladas.
La decisión llega apenas una semana después de que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, confirmara su intención de iniciar la tramitación de los Presupuestos de 2027. De lograrse, supondría romper una anomalía institucional que ha marcado la legislatura: la prórroga sistemática de las cuentas de 2023 ante la falta de apoyos parlamentarios.
En ese contexto, el anuncio de Cuerpo no es solo una fecha en la agenda económica, sino una declaración de intenciones. El cuadro macro —que recoge previsiones de crecimiento, empleo e inflación— es la piedra angular sobre la que se construyen los Presupuestos. Sin él, no hay relato económico posible; con él, el Gobierno fija el marco sobre el que negociará cada cifra.
Pero ese relato está lejos de ser estable. Las previsiones actuales del Ejecutivo, que sitúan el crecimiento del PIB en el 2,2% para 2026, fueron elaboradas antes de la escalada de tensiones en Oriente Próximo. Desde entonces, la incertidumbre energética y geopolítica ha introducido nuevas variables que podrían alterar significativamente el escenario.
El termómetro de la economía
El propio Cuerpo ya había advertido el pasado 28 de abril de que el conflicto internacional podría restar hasta cuatro décimas al crecimiento y elevar la inflación en torno a un punto. Sin embargo, los datos recientes muestran una economía que resiste mejor de lo esperado, impulsada por la fortaleza del mercado laboral y el consumo interno.
Organismos internacionales como el FMI o la OCDE mantienen previsiones alineadas con las del Gobierno, lo que refuerza la narrativa de resiliencia económica. Pero esa resistencia tiene un coste: la inflación sigue siendo el punto débil. En mayo alcanzó el 3,2%, una cifra contenida en parte gracias a las rebajas fiscales, pero que evidencia que la presión de los precios sigue viva.
Un pulso político con final incierto
Más allá de los números, la clave está en el Parlamento. La presentación del cuadro macro abre la puerta a la negociación presupuestaria, pero no garantiza su éxito. El Ejecutivo se enfrenta a un escenario fragmentado donde cada voto cuenta y donde las alianzas son cada vez más volátiles.
El 23 de junio será, por tanto, algo más que una fecha técnica: será el inicio de un nuevo pulso político. Uno en el que el Gobierno no solo deberá convencer con cifras, sino también con credibilidad. Porque en tiempos de incertidumbre, los Presupuestos no son solo una herramienta económica: son una prueba de poder. @mundiario