La campaña presidencial peruana entró en su recta final con el debate entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, organizado por el Jurado Nacional de Elecciones en el Centro de Convenciones de Lima. A una semana de la segunda vuelta, el encuentro se convirtió en mucho más que un intercambio de propuestas: fue una demostración de la profunda división política que atraviesa al país.
Desde horas antes del inicio del debate, grupos de simpatizantes de Fuerza Popular y Juntos por el Perú se concentraron en los alrededores del recinto con banderas, pancartas y consignas de apoyo a sus candidatos. El despliegue policial evitó incidentes mayores y mantuvo separados a ambos sectores, reflejando una tensión política que se ha convertido en una constante en los últimos procesos electorales.
El debate llega en un contexto especialmente sensible para la democracia peruana. Tras años marcados por crisis institucionales, cambios de gobierno, enfrentamientos entre poderes del Estado y una creciente desconfianza ciudadana hacia la clase política, muchos electores observan la campaña con una mezcla de expectativa y cansancio.
En este escenario, el efecto del debate podría ir más allá de la intención de voto. Para los seguidores más convencidos, es probable que refuerce posiciones ya definidas. Sin embargo, para el segmento de votantes indecisos, la capacidad de los candidatos para transmitir solvencia, moderación y credibilidad puede resultar tan importante como las propias propuestas programáticas.
También está en juego la percepción de legitimidad del resultado electoral. En sociedades polarizadas, los debates públicos cumplen una función democrática esencial: permiten confrontar ideas dentro de un marco institucional y reducen el riesgo de que la disputa política se traslade a otros terrenos más conflictivos. Cuando la competencia se desarrolla en espacios regulados y transparentes, se fortalece la confianza en el proceso electoral.
El desafío para quien resulte elegido el próximo 7 de junio será especialmente complejo. Más allá de las diferencias ideológicas entre Fujimori y Sánchez, el próximo presidente deberá gobernar un país dividido, con demandas económicas urgentes y una ciudadanía que reclama estabilidad política después de años de incertidumbre.
La imagen de miles de simpatizantes defendiendo posiciones opuestas frente al recinto del debate ilustra una realidad que trasciende esta elección. Perú no solo vota por un nuevo mandatario; también enfrenta el reto de recuperar consensos mínimos que permitan fortalecer sus instituciones y reducir la confrontación permanente que ha marcado buena parte de su vida política reciente. @mundiario