Amo las plantas. Con los años, y después de un largo recorrido por la psiquiatría integrativa, he aprendido a comprender un poco mejor su lenguaje. Confieso que uno de mis planes favoritos es perderme en un mercado de plantas: olerlas, observar sus formas caprichosas, preguntar por sus usos y escuchar las historias que las acompañan. Y aunque hoy muchos tienen la mirada puesta en el futbol, decidí dedicarles esta columna.
México es el segundo país del mundo en número de plantas medicinales registradas, con aproximadamente 4,500 especies. Este dato es el resultado de milenios de observación, experimentación y transmisión de conocimiento. Mucho antes de que existiera el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales y de que la serotonina tuviera nombre, los títici —los médicos nahuas— ya contaban con una compleja farmacopea. Cultivaban plantas en jardines botánicos imperiales, como el de Texcoco; las preparaban mediante rituales precisos y las administraban en infusiones, baños de vapor o emplastos. Para ellos, la salud era un equilibrio entre el cuerpo, la comunidad, la naturaleza y el cosmos; la enfermedad significaba una ruptura de ese orden. Era una forma de entender al ser humano como parte de un sistema vivo e interdependiente, una intuición ancestral que la neurociencia y la medicina contemporáneas apenas comienzan a validar.
En 1552, dos curanderos tlatelolcas —Martín de la Cruz y Juan Badiano— redactaron el Códice de la Cruz-Badiano, el tratado médico más antiguo de América, con 227 plantas nativas ilustradas. El documento sobrevivió siglos de invisibilización y hoy reposa en el Fondo Reservado de la Biblioteca del Museo Nacional de Antropología.
La Conquista fracturó ese saber de manera violenta: los rituales se prohibieron y la herbolaria fue rechazada por considerarse demasiado ligada a la religión indígena. Pero el conocimiento no desapareció; se refugió en las manos de las mujeres, en los mercados, en los curanderos que siguieron atendiendo a las comunidades cuando no había otra opción. El tianguis fue —y sigue siendo— un archivo vivo.
Lo que las plantas le hacen al cerebro
Cuando un paciente me dice que toma tila para la ansiedad, no lo considero un remedio fantasioso o poco serio. Está recurriendo a un conocimiento que la evidencia científica ha tardado siglos en alcanzar. La neurociencia actual nos dice que varios de los compuestos presentes en plantas de uso tradicional mexicano actúan directamente sobre los sistemas de neurotransmisión involucrados en el estado de ánimo. Vale la pena conocerlas:
Tila. Sus flavonoides modulan el sistema GABAérgico, el principal sistema inhibitorio del sistema nervioso central. O sea, le bajan el volumen al cerebro ansioso. Estudios del Instituto Nacional de Psiquiatría han documentado su actividad ansiolítica y anticonvulsiva.
Pasiflora. Como la tila, sus flavonoides interactúan con el sistema GABAérgico. De uso tradicional para el nerviosismo, el insomnio leve y la tensión de origen emocional.
Muicle. Arbusto de flores anaranjadas, omnipresente en los mercados mexicanos. Su compuesto principal, la kaempferitrina, ha mostrado actividad ansiolítica en investigaciones de la UNAM. Además, estudios conjuntos de la UNAM y el Instituto Nacional de Cancerología le han documentado propiedades anticancerígenas.
Valeriana. La valeriana mexicana tiene sus propios valepotriatos, con efecto sedante y ansiolítico documentado. Útil para el insomnio de origen ansioso. Su uso requiere dosis adecuadas y periodos acotados.
Pericón y cempasúchil. Dos flores que forman parte de nuestra identidad cultural y que, además, tienen mecanismos de acción documentados: mientras que el pericón actúa sobre receptores GABA, el cempasúchil actúa sobre receptores serotoninérgicos 5-HT1A. Es decir: una planta para la ansiedad; la otra, más cercana a los antidepresivos.
Un estudio realizado con pacientes mexicanos encontró que el 82% había utilizado plantas medicinales para manejar síntomas de ansiedad y que el 68% de esas plantas tenía respaldo en estudios preclínicos.
Pero la herbolaria no es solo qué planta se usa, sino cómo se usa. Las comunidades indígenas desarrollaron formas de preparación diferenciadas según la planta, la parte que se aprovecha y el efecto que se busca. Ese conocimiento técnico —que podría parecer menor— es, en realidad, una sabia farmacología empírica de siglos:
Infusiones: agua caliente sobre hojas, flores o tallos. La forma más común y accesible. Ideal para plantas delicadas cuyas moléculas activas se degradan con el hervor, como la tila o la manzanilla.
Decocciones: hervir partes duras —raíces, cortezas, tallos leñosos— durante un período prolongado. Para extraer compuestos que el agua tibia no alcanza. La valeriana y el muicle se preparan así.
Tinturas: maceración de la planta en alcohol durante semanas. Concentran los principios activos y los preservan. Unas pocas gotas equivalen a varias tazas de infusión. El alcohol extrae compuestos que el agua no alcanza, lo que explica por qué ciertas plantas son más potentes en tintura que en té.
Baños herbales, limpias y rituales de preparación: en comunidades de Oaxaca y Guerrero, las plantas trascienden lo físico. El susto, el mal aire y el coraje son categorías diagnósticas que la psiquiatría transcultural reconoce como equivalentes funcionales de lo que en otro consultorio llamaríamos estrés postraumático, síndrome de activación crónica o desregulación del eje HPA. El ritual también es terapéutico.
El regreso no es nostalgia?
El mercado global de adaptógenos alcanzó los 10,300 millones de dólares en 2024, con una proyección de crecimiento anual del 7% hasta 2028. El mercado global de suplementos a base de plantas se valoró en 48,100 millones de dólares ese mismo año.
Cuando millones de personas eligen ashwagandha, pasiflora o melena de león sobre —o además de— una receta convencional, están comunicando algo que los sistemas de salud deberían escuchar: quieren ser tratados de manera más completa, con menos efectos secundarios y con más agencia sobre su propio proceso. Es una demanda legítima a un modelo de atención que con frecuencia ofrece un solo tipo de respuesta para una gama muy amplia de sufrimientos.
El 56% de los pacientes que toman antidepresivos experimenta síntomas de abstinencia al intentar discontinuarlos; casi la mitad los describe como graves. No es que los antidepresivos sean malos, sino que la prescripción farmacológica como única respuesta disponible falla para una proporción importante de personas que llegan a consulta con sufrimiento real y que podrían beneficiarse de una intervención más matizada. La herbolaria debe ser complementaria a la psicofarmacología.
En 2025, la Organización Mundial de la Salud aprobó la Estrategia Global de Medicina Tradicional 2025-2034, que establece la hoja de ruta para integrar los saberes ancestrales en los sistemas sanitarios nacionales. México cuenta ya con el reconocimiento constitucional de la medicina indígena y, desde 1997, la Ley General de Salud incluye los medicamentos herbolarios. Lo que falta es voluntad institucional y formación clínica. Falta que los médicos aprendamos a preguntar: ¿Qué toma usted en casa? Y a escuchar la respuesta con el corazón y la mente abiertos.
Lo que aprendí en el tianguis
En mi práctica integrativa, he incorporado la pregunta sobre plantas como parte rutinaria de la entrevista clínica. Me sorprende la frecuencia con que los pacientes llegan ya con un botiquín herbal propio —construido por las abuelas, por Instagram o por el mercado— y la vergüenza con la que a veces lo mencionan. Mi trabajo, en esos momentos, es tender el puente entre ese saber y el diagnóstico, entre la tintura y el mecanismo de acción, entre la experiencia del cuerpo y la evidencia del laboratorio.
Las plantas son parte de la medicina, especialmente en México. Nuestro país tiene el segundo mayor catálogo de plantas medicinales del mundo, una tradición de 4,500 años de etnobotánica sistematizada y un códice del siglo XVI que todavía tiene cosas que enseñarnos.
Así que la próxima vez que alguien le ofrezca una taza de tila, acéptela; considérela parte de una conversación que lleva siglos sin resolverse y que vale la pena seguir teniendo.
Sigamos dialogando: puede escribirme a [email protected] o contactarme en Instagram, en @dra.carmenamezcua.
Dra. Carmen Amezcua Psiquiatra y médico integrativo
Este texto continúa la exploración de la medicina integrativa que desarrollo en Tu Viaje de Sanación Psicodélica, disponible en formato impreso, digital y audiolibro.
