Los registros y récords en el ámbito deportivo nacen con la condición intrínseca de ser superados tarde o temprano por las nuevas generaciones. No importa el grado de velocidad, la exigencia física o la precisión técnica que requieran; incluso las marcas en apariencia más inalcanzables terminan siendo batidas por nuevos atletas. Sin embargo, existen contadas y gloriosas excepciones en la historia del deporte que permanecen completamente imperturbables al paso del tiempo. Una de las más destacadas lleva la firma del ariete Just Fontaine, cuya gesta en una única cita mundialista constituye un hito que, 68 años después, nadie ha logrado emular.
El delantero franco-marroquí inscribió su nombre con letras de oro en los libros de historia al firmar la asombrosa cantidad de 13 goles en un solo torneo. Lo más llamativo de esta colosal hazaña es que se materializó en una edición de la Copa del Mundo que parecía destinada a ser recordada por un libreto completamente diferente. El Mundial de 1958 pasó a la posteridad principalmente como el escenario donde un joven Edson Arantes do Nascimento, Pelé, se presentó ante el planeta futbolístico.
Como lo explicó en un trabajo especial el periodista del diario Sport, Alberto Teruel, la mítica perla de Tres Corações lideró con maestría a la selección de Brasil hacia la conquista de la primera de sus cinco Copas del Mundo. Pero ni siquiera la irrupción en sociedad de uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos pudo eclipsar la actuación de Fontaine. El atacante galo se erigió en el gran protagonista de una de las exhibiciones realizadoras más apabullantes, prolíficas y devastadoras que se recuerdan en la cronología del balompié internacional.
Como sucede con los grandes relatos que perduran en el imaginario colectivo, la epopeya de Fontaine en Suecia brotó de un cúmulo de casualidades. A pesar de certificar un rendimiento sobresaliente en las filas del Stade de Reims, el franco-marroquí no figuraba en los pronósticos para formar parte del once titular de Francia. Los analistas dudaban de su rendimiento debido a una delicada intervención quirúrgica de menisco a la que se había sometido en el año 1957.
Su participación activa en los esquemas iniciales parecía prácticamente descartada por el cuerpo técnico hasta que un giro imprevisto cambió los planes. La inoportuna lesión sufrida por su compañero René Bilard a escasos días de arrancar la competición le abrió de par en par las puertas de la titularidad. No obstante, una vez asumido el rol de principal referencia ofensiva del equipo, la mala fortuna volvió a cruzarse de forma anecdótica en el camino del ariete.
Unas botas prestadas y el mito de los dos espíritus guiaron la mayor producción realizadora de la historia
Teruel recuerda que durante el transcurso de una de las sesiones preparatorias previas al debut en el torneo, el atacante galo rompió sus botas de juego. Esta circunstancia, que hoy en día se resolvería en cuestión de minutos, estuvo cerca de truncar su sueño mundialista en aquella época, ya que había viajado a Escandinavia con un único par de calzado. Por fortuna, el futbolista suplente Stéphane Bruey calzaba el mismo número y, en un enorme gesto de generosidad, le cedió sus zapatillas, dando inicio de forma involuntaria a la leyenda.
Con las botas prestadas de Bruey, Fontaine completó un torneo de fantasía al anotar tres goles frente a Paraguay, dos ante Yugoslavia y uno contra Escocia en la fase de grupos. La racha prosiguió en las rondas eliminatorias con un doblete ante Irlanda del Norte en cuartos de final y un tanto frente a Brasil en semifinales. La apoteosis final llegó en el duelo por la consolación ante Alemania, donde el ariete perforó las mallas rivales en cuatro ocasiones.
Esta descomunal producción de 13 goles en apenas 6 compromisos arrojó una media estratosférica de 2,17 tantos por cada encuentro disputado en suelo sueco. El propio futbolista, incapaz de encontrar una explicación puramente lógica a semejante racha, justificaba su acierto en los metros finales como un fenómeno paranormal. Fontaine atribuía con humor su puntería a la presencia de "dos espíritus en el interior de un mismo zapato" durante su estancia en el país nórdico.
Aquel registro le encumbró de inmediato como el máximo goleador histórico de las Copas del Mundo en ese momento de la historia. Lamentablemente, una fatídica doble lesión sufrida con apenas 28 años de edad apagó de forma prematura la luz de su carrera profesional, impidiéndole acudir a posteriores ediciones. Con el tiempo, artilleros de la talla de Gerd Müller, Ronaldo Nazário o Miroslav Klose consiguieron rebasar la cifra global del galo en los Mundiales, pero ninguno logró acercarse a sus números en un solo torneo.
La lógica del fútbol moderno invita a pensar que las condiciones actuales terminarán por favorecer que algún realizador iguale o supere los 13 goles, especialmente contando con más partidos en el formato actual. En la actualidad, artilleros de la talla de Kylian Mbappé, Harry Kane o Erling Haaland se perfilan como los grandes aspirantes mundiales capaces de amenazar esta cumbre.
Sin embargo, la marca de Just Fontaine ya acumula 68 años de absoluta vigencia en la cumbre del fútbol internacional sin que nadie haya osado desafiarla. Cada vez que al mito francés se le cuestionaba sobre cuándo caería su récord, siempre recurría de forma invariable a una célebre e inventada historia sobre una momia egipcia que, al despertar de su letargo secular, preguntaba de inmediato si alguien había logrado superar su marca. @mundiario