La política peruana ha convertido durante años a Keiko Fujimori en el símbolo de una paradoja electoral. Ningún dirigente acumuló tanto respaldo como para alcanzar repetidamente la segunda vuelta presidencial y, al mismo tiempo, cosechar derrotas tan ajustadas y dolorosas. Desde 2011, la líder de Fuerza Popular parecía condenada a quedarse siempre a las puertas del poder. Sin embargo, las elecciones de 2026 pueden haber alterado definitivamente esa narrativa.
La diferencia esta vez no se encuentra únicamente en la campaña, en la polarización ideológica o en el desgaste de sus adversarios. El factor decisivo parece haber surgido fuera de las fronteras nacionales. Los peruanos residentes en el extranjero, una comunidad que durante décadas fue considerada un actor electoral residual, han pasado a tener el poder de decidir quién será el próximo jefe de Estado. Una candidata que perdió tres segundas vueltas consecutivas podría alcanzar la presidencia gracias a quienes un día abandonaron el país en busca de oportunidades, estabilidad o seguridad.
La importancia del voto exterior no es nueva en Perú, pero rara vez había adquirido una dimensión tan determinante. Mientras el escrutinio nacional reflejaba una competencia extraordinariamente ajustada entre la conservadora Fujimori y el exministro izquierdista Roberto Sánchez, los sufragios procedentes de Estados Unidos, España, Argentina, Chile o Japón comenzaron a inclinar progresivamente la balanza.
Lo llamativo no es únicamente la magnitud del respaldo obtenido por Fujimori entre los emigrantes. También lo es el contexto político que explica esa tendencia. Durante los últimos años, Perú ha experimentado una de las etapas de mayor inestabilidad institucional de su historia reciente. La sucesión de presidentes, las crisis políticas permanentes y la polarización ideológica han alimentado una percepción de incertidumbre que también ha influido en quienes observan el país desde el exterior.
Muchos emigrantes mantienen vínculos familiares, económicos y emocionales con Perú. Las remesas, las inversiones y los proyectos de retorno forman parte de una relación que trasciende la mera residencia física. Por ello, reducir el fenómeno a una simple intervención de ciudadanos alejados de la realidad nacional resulta una simplificación insuficiente.
El debate sobre quién decide el futuro del país
Sin embargo, la relevancia del voto exterior ha abierto una discusión que probablemente continuará mucho después de conocerse el resultado definitivo. Una parte de la sociedad peruana se pregunta hasta qué punto quienes ya no experimentan diariamente los problemas del país deberían influir de manera decisiva en la elección presidencial.
Es un debate que no es exclusivo de Perú. Democracias de todo el mundo han discutido durante años el alcance del sufragio de sus diásporas. Los defensores del sistema recuerdan que la ciudadanía no desaparece con la emigración y que millones de personas mantienen relaciones económicas, familiares y culturales constantes con sus países de origen.
Sus críticos sostienen que las decisiones políticas afectan principalmente a quienes viven dentro del territorio nacional y soportan directamente las consecuencias de las políticas públicas. Las elecciones peruanas han llevado esa discusión al máximo nivel al mostrar que el resultado final podría depender precisamente de esos votantes situados fuera de las fronteras.
Más un voto contra la izquierda que un voto por el fujimorismo
Otro aspecto relevante es que el respaldo exterior a Fujimori parece responder a dinámicas más complejas que la simple adhesión al fujimorismo tradicional. Diversos analistas han señalado que una parte importante de la diáspora ha desarrollado posiciones más conservadoras o liberales tras años de integración en economías occidentales. A ello se suma el impacto que tuvieron los gobiernos de izquierda en la percepción de muchos emigrantes recientes.
El resultado sugiere que una parte significativa del voto exterior ha funcionado como un mecanismo de rechazo hacia determinadas propuestas políticas antes que como una reivindicación explícita del legado de la familia Fujimori. En otras palabras, la elección parece reflejar tanto el respaldo a una candidatura como el temor a la alternativa que representa Roberto Sánchez, quien se reivindicó a sí mismo en la campaña como el heredero de Pedro Castillo, el expresidente encarcelado que fue depuesto en su intento de dar un autogolpe de Estado y de disolver el Congreso para sortear una moción de vacancia en su contra.
Si los resultados terminan confirmándose, Fujimori no solo romperá una secuencia de tres derrotas consecutivas en segunda vuelta. También protagonizará uno de los episodios más singulares de la historia electoral latinoamericana: alcanzar la presidencia gracias al impulso decisivo de una diáspora que durante años permaneció en un segundo plano político.
Una dirigente cuya figura ha dividido profundamente a Perú podría encontrar su mayor respaldo precisamente entre quienes contemplan el país desde miles de kilómetros de distancia. Más allá de las simpatías o rechazos que genera el apellido Fujimori, el fenómeno deja una lección política de largo alcance. En un mundo marcado por las migraciones masivas, las fronteras nacionales ya no delimitan completamente el espacio electoral. @mundiario