
Se dice que hay imágenes que valen más que mil palabras. La noche del dos de julio de 2006, Andrés Manuel López Obrador nos regaló una de desconcierto muy reveladora. Por más que se declarara triunfador de la contienda electoral —previo a los resultados oficiales—, con tan solo observar su expresión facial y corporal, se podía saber que, esa noche, el entonces candidato perredista, había perdido la Presidencia de la República. Y así fue, por más que el relato que le diera vida a su movimiento en los años venideros, fuera el de un supuesto fraude electoral.
El cinco de febrero de 2024, el ahora sí presidente López Obrador, puso la cereza en el pastel a su proyecto transformador con 20 propuestas de reformas, entre ellas, la político electoral. Esta es una de las pocas que hoy quedaban por cumplir. Claudia Sheinbaum ha gestionado casi todas, incluida la del Poder Judicial, que ha erosionado la confianza de la sociedad y le ha sumado a su gobierno un problema serio de crecimiento económico.
El sexenio actual va tomando forma y personalidad propia. Poco a poco, Sheinbaum ha podido integrar su administración —con perfiles profesionales— de acuerdo con sus planes e intereses, diseñar sus políticas públicas y crear su propio estilo de gobierno. Sin embargo, prevalecen algunos lastres del pasado que no le permiten avanzar como quisiera.
Uno se pregunta por qué la mandataria ha tomado decisiones que han ido en contra de su propio proyecto. La respuesta está en los compromisos que de forma leal adquirió con su antecesor. No se podría entender de otra manera. El costo, sin embargo, ha sido muy alto.
Hace un par de semanas, en La Mañanera del Pueblo [sic], dijo lo siguiente respecto a su —deliberadamente descafeinada— iniciativa de reforma electoral: Nosotros la vamos a enviar, es un compromiso de la Presidenta con el pueblo. Quien la quiera aprobar bien, quien quiera mantener el privilegio de las listas, pues también. La gente los va a señalar… [No sería un fracaso] al revés, la gente va a decir: la Presidenta cumplió. Nosotros cumplimos con la gente…
Ese día, la imagen manifiesta, fue la de la Presidenta curándose en salud respecto a la iniciativa que presentaría días después. Su selección de palabras y su expresión nos dieron pistas de que, en realidad, no le interesaba que ésta se convirtiera en ley. Ante el momento que vive el país, una reforma electoral —que nadie pidió— se convertiría en un detractor más de su programa de gobierno.
El que no se haya concretado, en cambio, le da tres beneficios: evita que se siga deteriorando la confianza de empresarios e inversionistas; exhibe a sus opositores —y aliados—como grupos que buscan conservar privilegios a costa del pueblo y, por último, y a pesar de no haber sido aprobada, cumple con el que pareciera ser su último acuerdo con el líder del movimiento —y su benefactor político.
Este último acuerdo —con los respectivos costos de un berrinchudo Plan B— representará un cierre con el pasado y el auténtico banderazo de salida para su nuevo gobierno. Ya pasó más de un año desde que Claudia Sheinbaum tomó el poder; es momento de que sea ella, con libertad, y sin sombra alguna, quien lidere el camino que deberá tomar la nación.
@isilop