“¿De qué sirve una generación, excepto para reinventar el mundo?”
Julian Barnes
El espectáculo del partido inaugural del Mundial de futbol se dio en dos carriles: el deportivo, donde la selección gana sin mucha dificultad a Sudáfrica, y el que dimos todos los mexicanos, unidos en torno al evento. La emoción en el Estadio Azteca (que siempre llevará ese nombre en nuestra memoria) se desbordó por todo el país, amalgamando nuestra identidad. La pregunta obligada: ¿y si fuéramos así de unidos en todos los ámbitos para empujar a nuestra patria hacia el futuro, cuál sería el resultado en el marcador? Eso nos gustaría preguntar en “la mañanera”.
Cambiando de canal, llega la noticia del premio “Princesa de Asturias de las Letras”, el de mayor prestigio literario en el ámbito hispano. Con gran tino, el jurado escogió a Julian Barnes, un escritor inglés que llega a los 80 años con obras muy atractivas, sobre todo para reflexionar en el último tramo de la vida. En 2011, Barnes había obtenido el premio Booker, también el de mayor prestigio en la lengua inglesa. Un galardón que otorgan a una obra en especial, en este caso, “El sentido de un final”, una reflexión sobre la memoria y la vida, una biografía del alma y sus angustias, desde la juventud hasta el punto en que avistamos el final.
A Barnes se le considera el “más francés” de los escritores ingleses debido a su admiración por Gustave Flaubert y al ejercicio de la memoria interminable de Marcel Proust. Vienen a cuento estas divagaciones porque hace unas semanas tuve la fortuna y el tiempo para disfrutar de dos de sus obras. “Despedidas” (la última obra publicada) y “Niveles de Vida”, de hace algunos años, en la que abre su alma tras perder a su esposa. Nunca había leído una crónica de un escritor que redescubría todo lo que su pareja significaba. Aquí, Barnes usa su talento literario para impregnarlo de una de las vivencias más profundas: la del alma mutilada por la pérdida de la compañera de vida.
“Esto es lo que no alcanzan a comprender quienes no han cruzado el trópico del dolor: el hecho de que alguien está muerto puede significar que no estén vivos, pero no quiere decir que no existan”, dice el escritor. Cierto, quienes no viven no dejan de existir en nosotros, en nuestra memoria. Un gran escritor como Barnes puede encontrar las palabras exactas para describir no sólo el acontecer exterior, sino también la geografía de la intimidad. Sus maestros franceses: Flaubert, por la profunda descripción del deseo de vivir de la joven casada, Madame Bovary, y Proust, por la interminable descripción de los sentimientos humanos en “A la busca del tiempo perdido”.
Son estas reflexiones las de un aficionado y no las de un crítico literario. Confieso que ser coetáneo de Barnes nos coloca en la misma fila del teatro de la vida, con el mismo sentimiento de cercanía al final de la obra. No sé si la buena literatura se disfruta de forma distinta al avanzar los años, pero es cierto que “Romeo y Julieta” es una tragedia de Shakespeare de juventud, con pasión febril, bien distinta de la tragedia familiar del “Rey Lear”.
Barnes cita a Ford Madox Ford, quien dijo: “Te casas para seguir la conversación”. El escritor plantea: “¿Por qué permitir que la muerte la interrumpa?”. Así describe su conversación sostenida con su esposa, Pat Kavanagh, quien murió en 2008, pero que sigue existiendo en un diálogo cotidiano con el hoy ganador del premio Princesa de Asturias de las Letras.