La posibilidad de poner fin a más de tres meses de guerra entre Estados Unidos e Irán parece hoy más real que en cualquier otro momento desde el estallido del conflicto. Washington, Teherán e incluso Pakistán coinciden en que un acuerdo está al alcance de la mano.
Sin embargo, detrás del optimismo diplomático emergen profundas diferencias sobre el contenido del pacto, los compromisos nucleares iraníes, el levantamiento de sanciones y el futuro equilibrio de poder en Oriente Próximo. La aparente cercanía de la paz convive contrasta con el hecho de que cada parte está vendiendo a su opinión pública un acuerdo distinto.
Tras meses de enfrentamientos directos e indirectos, ataques contra infraestructuras estratégicas y una escalada que hizo temer una guerra regional de consecuencias imprevisibles, las señales procedentes de Washington y Teherán apuntan ahora hacia la desescalada. Donald Trump anunció que el memorando de entendimiento entre ambos países está prácticamente cerrado. Poco después, el ministro de Exteriores iraní, Abás Araghchí, aseguró que el acuerdo está “más cerca que nunca”. Incluso el primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif, uno de los mediadores de las conversaciones, llegó a afirmar que la paz ya es una realidad.
Sin embargo, la euforia diplomática esconde una contradicción fundamental, toda vez que estadounidenses e iraníes discrepan sobre aspectos esenciales del documento que supuestamente pondrá fin a la guerra.
La distancia entre ambas versiones refleja las enormes dificultades políticas que afrontan los negociadores ubicados en las antípodas. La Administración Trump presenta el memorando como una victoria estratégica que garantiza tres objetivos fundamentales: impedir definitivamente que Irán acceda a armas nucleares, establecer un régimen de inspecciones internacionales permanente y limitar la capacidad de Teherán para financiar a sus milicias armadas en Oriente Próximo bajo el paraguas del Eje de la Resistencia.
Dos relatos para un mismo acuerdo
Desde Washington se insiste además en que cualquier alivio económico llegará de forma gradual y condicionado al cumplimiento de los compromisos iraníes. Los fondos congelados serían liberados por fases y únicamente tras verificar que Teherán cumple las obligaciones asumidas.
La narrativa iraní es muy distinta. Los borradores difundidos por medios próximos al régimen describen un acuerdo mucho más favorable para la República Islámica. Según esa versión, Irán obtendría acceso inmediato a miles de millones de dólares bloqueados en el extranjero, recibiría un gigantesco programa internacional de reconstrucción y lograría la eliminación progresiva de las sanciones que han estrangulado su economía durante décadas.
Más importante aún para Teherán: el programa de misiles balísticos y el apoyo iraní a grupos aliados en la región quedarían fuera de las negociaciones definitivas. La diferencia entre ambas interpretaciones no es baladí. Se trata, en realidad, de dos visiones opuestas sobre quién ha ganado la guerra y quién está haciendo las concesiones más importantes.
En este escenario, Pakistán emerge como uno de los actores más relevantes y menos visibles de la crisis. Islamabad ha mantenido canales de comunicación abiertos con ambas partes durante todo el conflicto y ha desempeñado un papel de mediación que ahora parece estar dando resultados. La afirmación de Shehbaz Sharif sobre la existencia de un acuerdo de paz refleja hasta qué punto los intermediarios consideran que las negociaciones han alcanzado una fase decisiva. La intervención pakistaní también ilustra un cambio geopolítico significativo.
El programa nuclear y el estrecho de Ormuz
Más allá de las declaraciones públicas, el principal obstáculo continúa siendo el programa nuclear iraní. Para Trump, el objetivo central de la guerra ha sido impedir que Irán pueda convertirse en una potencia nuclear militar. Para los dirigentes iraníes, preservar parte de su capacidad tecnológica constituye una cuestión de soberanía nacional clave de su estrategia de disuasión y guerra asimétrica con Israel, sus vecinos del Golfo Pérsico y Occidente.
El memorando parece aplazar la resolución definitiva de este problema durante sesenta días adicionales de negociaciones. Ese detalle revela una realidad evidente, que la guerra podría estar terminando pero las causas profundas que la provocaron siguen abiertas. Las discusiones sobre el destino del uranio enriquecido, las inspecciones internacionales, las instalaciones nucleares destruidas y las futuras capacidades tecnológicas iraníes serán extraordinariamente complejas. Cualquier desacuerdo en esta fase podría hacer descarrilar el proceso.
Otro elemento que refleja las diferencias entre ambas partes es el futuro del estrecho de Ormuz. Estados Unidos sostiene que el acuerdo garantiza su reapertura inmediata e incondicional al tráfico internacional. Irán afirma que la reapertura será gradual y bajo condiciones fijadas por Teherán.
No se trata únicamente de una cuestión comercial. Por Ormuz transitaba antes de la guerra una quinta parte del petróleo mundial y una proporción significativa del comercio energético global. El control de este corredor marítimo simboliza la disputa por la influencia estratégica en el Golfo Pérsico y constituye una de las principales cartas de presión de Irán frente a Occidente. @mundiario