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Vanguardia 13 Jun, 2026 06:30

NosotrAs: Las mujeres que sostenemos el sistema de salud

A nosotras nunca se nos pregunta qué tan lejos queremos llegar. La pregunta suele ser otra: ¿qué tanto estamos dispuestas a sacrificar para encajar en el molde de lo que una mujer “debe ser”?

Se espera que nuestro tiempo esté destinado al cuidado de otras personas, al trabajo doméstico y a la construcción de una vida que responda a expectativas ajenas. También se espera que no incomodemos, que no cuestionemos y que obedezcamos ciegamente a quienes ocupan posiciones de poder.

Sin embargo, cada vez somos más las mujeres que decidimos construir proyectos propios. Elegimos profesiones, vocaciones y metas que no siempre coinciden con el papel que históricamente se nos ha asignado.

En medicina, esta realidad adquiere formas particularmente visibles. Además de enfrentar las exigencias de una profesión profundamente demandante, muchas mujeres debemos demostrar constantemente que merecemos ocupar el lugar al que hemos llegado. Trabajamos bajo jerarquías rígidas y en espacios donde el acoso y el hostigamiento sexual continúan siendo una realidad para estudiantes y profesionales de la salud.

Aunque hoy vemos a más mujeres alcanzar puestos de liderazgo, el reconocimiento sigue acompañado de sospecha. “¿Qué habrá hecho para conseguirlo?” o “¿Cómo llegó ahí siendo tan joven?” son preguntas que rara vez reconocen el mérito y que, por el contrario, intentan minimizar años de esfuerzo, preparación y trabajo.

La formación médica tampoco está exenta de estas desigualdades. Guardias prolongadas, agotamiento físico y emocional, incertidumbre constante y una cultura que normaliza el desgaste forman parte de una experiencia compartida por muchas mujeres. A ello se suman condiciones laborales precarias, salarios insuficientes y una falta de reconocimiento que contrasta con la responsabilidad que asumimos todos los días.

Existe una contradicción difícil de ignorar: quienes dedican su vida al cuidado de la salud suelen recibir muy poco cuidado a cambio.

No estamos hablando de privilegios. Estamos hablando de derechos: del derecho a trabajar sin violencia, a recibir una remuneración justa, a descansar y a decidir sobre nuestro propio proyecto de vida.

Porque las mujeres no llegamos al sistema de salud para ser el recurso inagotable que sostiene instituciones incapaces de cuidarnos. Llegamos para ejercer una profesión que elegimos y amamos. Merecemos hacerlo en condiciones que reconozcan nuestro trabajo, respeten nuestros derechos y protejan nuestra dignidad.

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