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El Imparcial 13 Jun, 2026 18:40

Ante crisis de vivienda y basura, dos mujeres construyeron su propio hogar con botellas desechadas y pusieron en evidencia el vínculo entre crisis ambiental, desigualdad social y acceso a un techo digno

En la isla brasileña de Itamaracá, una madre y su hija transformaron residuos abandonados en una vivienda autosustentable que hoy interpela al modelo de consumo, al acceso a la vivienda y al papel de las mujeres en la construcción.

Una respuesta directa a la basura que deja el turismo

Itamaracá, ubicada en el estado de Pernambuco, es conocida por sus playas y su biodiversidad, pero también por la presión urbanística y el turismo masivo que, temporada tras temporada, deja toneladas de residuos en el entorno natural.

Frente a ese escenario, Edna Dantas, educadora socioambiental de 55 años, y su hija Maria Gabrielly, diseñadora de moda sostenible de 27, decidieron no mirar hacia otro lado: recolectaron más de 8.000 botellas de vidrio abandonadas y las convirtieron en la base de su hogar.

Una herencia de reutilización y resistencia

Edna creció en el empobrecido Agreste brasileño, una región marcada por la escasez de agua y la precariedad. Allí aprendió que reutilizar no era una elección ideológica, sino una forma de sobrevivir.

“Fabricaba mis juguetes con bambú, reciclaba todo lo que podía. No lo llamábamos activismo, era nuestra realidad”, contó al medio Globo.

Esa lógica la heredó Gabrielly. Ambas comparten, además, raíces quilombolas e indígenas, comunidades históricamente ligadas a la defensa del territorio y a una relación espiritual con la naturaleza.

Casa de Sal: una vivienda hecha de desechos

La idea tomó forma durante la pandemia, cuando la acumulación de basura en las playas se volvió más visible. “Quiero construir una casa con botellas de vidrio”, pensó Edna. Así nació Casa de Sal.

En apenas dos años, madre e hija levantaron una vivienda de siete habitaciones, usando madera reciclada, palets reutilizados, botellas ensambladas con precisión y hasta tejas fabricadas con tubos de pasta dental.

El primer espacio, de solo 20 metros cuadrados, funcionó como taller de costura y centro de operaciones mientras avanzaba la obra.

“Durante más de un año no tuvimos baño convencional ni cocina. Lavábamos los platos en una palangana, pero nunca perdimos de vista el objetivo”, recuerda Gabrielly.

Vivienda, residuos y desigualdad

El proyecto expone una pregunta incómoda en Brasil: ¿cómo garantizar el derecho a la vivienda en un país donde millones no tienen techo?

Según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, 5.8 millones de personas viven sin hogar o en condiciones extremas.

Al mismo tiempo, la Casa de Sal pone el foco en otro problema estructural: los residuos que genera el modelo de consumo, especialmente en zonas turísticas.

“Estas botellas no desaparecen. Si no hay políticas que regulen su producción o castiguen su abandono, lo mínimo es pensar cómo reutilizarlas”, advierte Edna.

Construir siendo mujer también es una barrera

Además del desafío técnico, el proceso dejó al descubierto la resistencia que enfrentan las mujeres en espacios dominados por hombres.

“Cuando contratábamos ayuda puntual, siempre querían corregirnos o decirnos cómo hacer las cosas, como si no supiéramos”, explica Gabrielly.

“No fue magia. Esto requiere técnica, gestión y visión. Pero cuando eres mujer, el reconocimiento cuesta el doble”.

Una casa que no es una rareza, sino una advertencia

Vista desde fuera, la Casa de Sal puede parecer una curiosidad arquitectónica. Para quienes la construyeron, es una declaración política y ambiental.

Una vivienda que no oculta su origen, hecha de desechos que otros descartaron, y que demuestra que el futuro también puede construirse con lo que el sistema considera basura.

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