Pordiosear viene del limosneo de los pobres, que invocaban a Dios para que su recuerdo —en una cultura de “cristiandad”— provocara compasión en los viandantes y abrieran la faltriquera. El pobre había gozado de prestigio entre la gente piadosa, hasta que se aburguesó a cuenta de los crecientes hábitos comerciales en las ciudades, donde los recelos suscitaron, incluso en las mentes más humanistas de Luis Vives o Erasmo de Rotterdam, atención indiscriminada a las limosnas y la prohibición de la mendicidad. La cuestión motivó una seria controversia en el siglo XVI entre expertos en teología política como el dominico Domingo de Soto —partidario de seguir ejerciendo la caritativa limosna tradicional— y Juan de Robles, que hablaba de “los falsos pobres” y “extranjeros”, exigiendo regular la mendicidad. La manera tradicional de proteger los derechos individuales chocaba con un secularizado control social, que iría en aumento. En realidad, ya había empezado en la Baja Edad Media, como reflejan los vitrales y altorrelieves góticos, donde la asistencia piadosa —simbolizada en San Martín de Tours partiendo su capa con un mendigo— convivía con el papel subordinado que cumplía el pobre como instrumento piadoso, arrodillado siempre frente a los poderosos de la ciudad.
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Aquel largo debate sobre la pobreza sigue vivo. Entre los siglos XVIII y XIX, su motivo central provenía de las condiciones en que trabajaba el proletariado, una vez que se habían suprimido las leyes protectoras de los pobres allí donde persistían. Sus intentos para reclamar atención sobre las condiciones en que trabajaban provocaron abusos defensivos del “orden social”, y tratar de “asegurarla” era “la cuestión” que acabaría tratando de paliar, casi siempre con lentitud, el “Estado social” mediante leyes e instituciones. Fue entonces cuando León XIII —citado otras veces aquí— trató, en 1891, de recuperar presencia para la Iglesia con “la caridad”. Para entonces, el pordioseo y sus miserias hacía mucho que estaban en crisis, y la forma de solventar las contradicciones del capitalismo industrial con una justicia distributiva que diera igualdad legal a las relaciones laborales fue una pelea larga, muy variable según los países y, en casi todos, dramática para los trabajadores. Tal como noveló el realismo literario del siglo XIX —y, en particular, Víctor Hugo y Zola—, logró alguna satisfacción en la época que, en Francia, se llamó “los treinta gloriosos”. Duró de 1945 a 1973, cuando la crisis del petróleo inició la decadencia del “Estado de bienestar”. En esa fecha, entre recomendaciones de la OCDE, España andaba con un “desarrollo” que no incluía democracia y, en 1978, los más de dos millones de emigrantes que —sin contar los ilegales— habían ido a Europa a causa de la pobreza comprobaron que aquellas políticas sociales llegaban tarde y mediatizadas, sabiendo, además, de qué había ido su “distinción” y “esfuerzo” como mano de obra barata.
Pordioseros de hoy
Ahora que León XIV ha vuelto a Roma, la pobreza ha recuperado protagonismo en “la España que va bien”. En sus mensajes sobre emigración, las alusiones a la “dignidad de la vida humana” —al lado de los variados asuntos de sus 23 discursos desde el día 6 al 12 de junio— incluyen la igualdad de derechos de todos y que, “más allá del asistencialismo”, el amor a los otros es el vehículo pertinente para que la humanidad esté en armonía consigo misma. León XIV, obligado con Bergoglio a reclamar una Iglesia que estuviera en lo que debía estar para ser portadora del Evangelio, ha hablado con sencillez y firmeza de la pobreza y, en particular, de la de cuantos llegan a los puertos canarios engrosando la estadística de los ahogados, justo cuando empezaba a regir el nuevo “sistema de acogida europeo”, más restrictivo y aleatorio. El aviso de León XIV sobre esta y otras pobrezas que amenazan la convivencia humana —incluida la IA— es consciente de su función como líder espiritual de un catolicismo complejo y poco ejemplar en aspectos que, en la jerga interna, podría decirse que “peca”, según los estándares principales del Evangelio.
Entre tanto aplauso satisfactorio por lo bien que —particularmente en la voz del alcalde de Madrid— haya transcurrido el periplo papal, Isabel Ayuso —antes del besamanos ritual— se había referido a los inmigrantes como gentes que “tienen móvil aunque sean extremadamente pobres”, y a la regularización del Gobierno central la había acusado de “importar pobreza masiva” a España. Su discurso sigue la tendencia masiva de españoles —y no españoles— a que se les dore la píldora con su pertenencia a “la clase media”. No quieren recordar el reciente pasado eminentemente rural, ni una economía de pura subsistencia en muchos casos. Incluso quienes hablan de la “España vacía” suelen mostrarla como algo estático y propicio para la melancolía, una perspectiva que crece en sus menciones a las migraciones de la mayoría de aquellas familias a periferias urbanas, donde, sobre todo en Madrid, Barcelona y Bilbao, originaron barriadas de chabolas, muy aptas para el Tiempo de silencio de Martín-Santos en 1962.
Las historias gráficas de Jaime Martín, como Sangre de barrio (1989), películas como El 47 (2024), o las excavaciones de González Ruibal en País en ruinas (2026), han vuelto sobre ese entorno de la pobreza de recursos en esos espacios marginados. En algunos de ellos, sin haberlos dignificado, incluso se les ha querido torcer la memoria colectiva. Si se siguiera el recorrido acontecido en la realidad sociológica, se advertiría que la falsa benevolencia de entonces todavía es visible. Por ejemplo, en casas donde la entrada del “servicio” era una y la de los propietarios en ascenso social otra, salvo el día en que ponían a un pobre a su mesa. Gamoneda recordaba en Un armario de sombra (2020) cómo también en su colegio en León dos puertas diferenciaban a los becarios pobres como poco dignos para el trato que los religiosos daban a los chicos de buena familia, y más de media España ha pasado, además, por lo que Juan Cruz contó en El País el pasado día 11, sintetizando lo que había escrito en Mil doscientos pasos (2022). Muchos no superaron sus dificultades por haber nacido pobres o por no haber tenido ni puesto escolar; él tuvo la “oportunidad” de que una beca le diera acceso a poder contar la chulería de los prepotentes. Pese a ello, el distante rencor social persiste y, en sitios como la Asamblea de Madrid, lo transmite una mayoría absoluta de escaños que jalea las políticas escolares o sanitarias de Isabel Ayuso. Las huelgas docentes —y la miseria en que se mueven para enseñar— no la desvían de su “misión” de hacer brillar su “libertad a la madrileña”. Este faro se apagaría tratando con dignidad a supuestos “pordioseros” y es probable que, sin muestras de “conversión”, haya dificultado su coloquio con León XIV. Está por ver si ha convertido al episcopado. @mundiario